Promiscuidad una plaga de dimensiones biblicas.

promiscuidad

Antes se era promiscuo por la misma razón que se bebía en exceso -dipsomanía-, una especie de impulso irresistible.

Es interesante observar que el doctor Esquirol disocia las “manías” de lo vicios o pecados al otorgarles una “condición constitucional del impulso mórbido”.

Las adolescentes, tan jóvenes como de 11 años,están ingresando al mundo sexualmente activo azuzadas por las clases de “educación sexual” o “impulso mórbido”, “genero” y “auto exploración”.

Hoy no consideramos a las monomanías “Esquirolianas” como entidades discretas o trastornos mentales, aunque seguimos considerando a la promiscuidad como un rasgo de personalidad no necesariamente patológico, la Ninfomanía se convirtió en una opción Más.

La definición de promiscuidad está relacionada con el número de parejas sexuales que una persona tiene en una determinada unidad de tiempo, para la OMS es “promiscua” cualquier actividad sexual que reúna dos o más parejas cada seis meses.

El “comunismo sexual”, QUE HOY IMPERA consiste en dejar a un lado la moral y la lógica para que los hijos no tengan un referente patriarcal que les permita entender algo tan simple como la oración de Jesús, el Padrenuestro.

Nuestra sociedad actual, sumida en un periodo decadente y crítico, está experimentando una suerte de degeneración y perversion o desconstrucción que llevan a las conductas más primitivas.

Al extremo de adoptar como propios comportamientos de animales inferiores que viven en manadas donde no existe el concepto de padre y las crías simplemente pertenecen a la manada sea como miembros apreciados o como alimento en caso de necesidad.

Esto es la forma de satanismo extremo, que hace de depredadores sexuales, padres sustitutos, inculcando en las nuevas generaciones un odio visceral por como han sido tratados y deshumaniza al individuo educado de esta forma, excluyéndolo de cualquier relación de amor filial o siquiera amor al prójimo.

La mujer, traicionando su íntima esencia femenina, indefectiblemente unida a su condición de potencial madre y al ejercicio de una sexualidad integral y no meramente utilitario-hedonista de carácter básicamente zoológico, esta adoptando patrones de comportamiento sexuales mas próximos a los reptiles que a los mamíferos.

Las mujeres, eran incapaces de disociar los conceptos de sexo y amor para mantener relaciones esporádicas con otras personas a las que apenas conocen, mientras el hombre disocia con mucha mayor facilidad los conceptos de amor y de sexo sobre todo a la hora de mantener relaciones esporádicas.

El mundo de hoy muestra una patología ligada íntimamente al sexo y por lo tanto su control exige prácticas sexuales monogámicas o contactos con una sola pareja. Castidad, lo que Dios estableció en los sacramentos.

Son tantas las enfermedades de transmisión sexual y sus consecuencias son tan graves que continentes enteros ha dejado de ser viables porque sus mujeres ya no pueden tener hijos de forma natural debido a las enfermedades que las han esterilizado y este estado no existe sino por razón de la promiscuidad, esto se generaliza en el mundo desde los años 60’s con la píldora y la revolución sexual y a pesar de no existir estadísticas confiables, podemos inferir por la exigencia de la Oms de vacunar a “todas” las mujeres mayores de 8 años contra el papiloma humano y exigir el uso del condón, que es una situación tan grave de salud publica que no se publica abiertamente la verdad estadística para no crear pánico sobre las consecuencias del pecado.

La relación en infecciones solamente por VPH (Papiloma) en pacientes con esterilidad es del 50%.
http://www.imbiomed.com.mx/1/1/articulos.php?method=showDetail&id_articulo=23054&id_seccion=32&id_ejemplar=2379&id_revista=7

La vacuna contiene borato de sodio (un pesticida), que está relacionado con la infertilidad, convulsiones y parálisis.
Los esfuerzos por obligar a todas las jóvenes norteamericanas a recibir vacunación, obligatoria para las niñas del sexto grado como requisito para acceder a la escuela, despierta curiosidad, así de alto es el indice de promiscuidad femenina que hay que vacunarlas a “todas” para que no queden estériles ya que el papiloma produce esterilidad?
O por el contrario, se vacunan para que queden estériles debido a los componentes de la vacuna y ya que de todos modos son promiscuas no se embaracen?

Hace cuarenta y cinco años se conocía sólo dos enfermedades de transmisión sexual (ETS) que se habían propagado en la población, y estaban limitadas en gran parte a la población de alto riesgo como prostitutas y marineros. Hoy en día, son al menos 26 ETS.

Cada año desde 1996 se presenta un incremento de ETS del 34% entre las mujeres y del 30% entre los varones. También ha subido la incidencia de la enfermedad de Nicolas y Favre (asociada a una bacteria del género clamydia que se transmite por simple contacto venéreo) y de las verrugas genitales. Estas infecciones pueden provocar inflamaciones pélvicas, cáncer cervical y esterilidad, entre otras complicaciones, en un estudio con 9.600 mujeres entre los 16 y 45 años, realizado por la Sociedad Europea de Ginecología, se encontró que el promedio de parejas sexuales de una mujer latina es de 12.Los hombres pasan de 30 parejas promedio en su vida sexual.

Resistir en este ambiente paganizado, cuya acción ideológica nos penetra hasta por ósmosis y como que por la piel, es obra de alta y ardua virtud. Y por eso los primitivos cristianos no fueron más admirables enfrentando las fieras del Coliseo, que manteniendo íntegro su espíritu católico, aunque viviesen en el seno de una sociedad pagana.

Así, la cultura y la civilización son fuertísimos medios para actuar sobre las almas.

Actuar para su ruina, cuando la cultura y la civilización son paganas; para su edificación y su salvación, cuando son católicas.

¿Cómo, pues, puede la Iglesia desinteresarse de producir una cultura y una civilización contentándose en actuar sobre cada alma a título meramente individual?

Como te haces llamar Católico si admites el paganismo en tu casa?

La luz de la verdad

Beato de Liebana

Al águila parecía amenazarla un dragón rampante, sobre
cuya ala se asentaban gentes a caballo.
“Son los cuatro jinetes de la Bestia.”

Y vi claramente que entre los siete ángeles de Dios y
los cuatro jinetes de la Bestia iba a entablarse una batalla
tan larga como los tiempos y tan devastadora como la
muerte.

Frente a mí, el mar. Sereno y luminoso, con un velero
navegando hacia Oriente, y un horizonte iluminado
por siete lenguas de fuego.
“Es la barca de la Iglesia, orientada por los Siete Espíritus
del Cordero.”

A mi derecha, los doce apóstoles del Enviado. Recibiendo
el fuego de Pentecostés, y observados por la Doncella de las doce estrellas.

Más abajo, los doce apóstoles se desperdigaban en todas las direcciones, para viajar al Norte y al Sur, al Este y al Oeste, para predicar la
Buena Nueva del Cordero.

“y al punto se sintió un gran terremoto, y el sol se puso negro como un saco de cilicio, o de cerda, y la luna se volvió toda roja como sangre. Y las estrellas cayeron del cielo sobre la tierra, a la manera que una higuera, sacudida de un recio viento, deja caer sus brevas…

El sol, la luna y las estrellas son la Iglesia, que administra
la luz de la verdad: porque así como llamamos tinieblas
a la ignorancia, así también llamamos luz al conocimiento.
Vemos que se dan en la única Iglesia estas dos realidades,
la luz y las tinieblas.
Por la luz entendemos a los sabios, que conocen rectamente, creen rectamente y
rectamente obran.
Por tinieblas entendemos a los ignorantes,
es decir, a los herejes, a los hipócritas y a los cismáticos.
Y parece que son como estrellas, porque simulan
santidad y no la tienen. Y en estos dos órdenes, es
decir, de luz y tinieblas, está el día y la noche.

El día es la Iglesia, y la noche la ignorancia. Cuando dice que el
sol se puso como del color del cilicio, quiere decir que
para los incrédulos se oscurecerá el brillo de la doctrina.
Lo que es el sol, esto es la luna, y esto las estrellas,
es decir, la Iglesia. Pues la parte se entiende por el todo.
Se dice todo, porque en todo el mundo habrá un último
terremoto cuando venga el Anticristo.

“porque tus mercaderes eran los magnates de la tierra”;
es decir, porque recibiste bienes en tu vida.
Porque con tus hechicerías se extraviaron todas
las naciones.
En ella fue hallada la sangre de los profetas
y de los santos y de todos los degollados sobre la tierra.
¿Acaso es la misma ciudad la que mató a los
Apóstoles, y a los profetas y a todos? Pero ésta es la ciudad
en la que Caín derramó la sangre de su hermano, y
la llamó por el nombre de su hijo Enoc, es decir, de todos
los de su linaje (Gén 4,17).

Pero ¿por qué se reprueba la oblación de Caín de los frutos de la tierra? ¿Por qué es aceptada la oblación de Abel, de ovejas y de la grasa
de los mismos?

Dios aparta sus ojos de la oblación de
Caín, porque no hubo caridad en Caín; y si no hubiera
habido caridad en Abel, Dios no habría aceptado su
oblación. Nadie piense que Dios desprecia los frutos de
la tierra y ama los frutos de las ovejas. Dios no dirige sus
ojos a la ofrenda, sino que observa el corazón; y al que
ve que lo ofrece con caridad, mira con agrado su sacrificio;
pero al que ve que ofrece con envidia, retira sus
ojos de su sacrificio.

Al ofrecer ambos el sacrificio, descendió
el fuego sobre la ofrenda de Abel, y no bajó sobre
la ofrenda de Caín. Estas son las dos ciudades: una
la de Dios, y otra la del diablo.

Esta es la ciudad que se construye con sangre, según está escrito: ¡Ay de
los que edifican la ciudad con sangre, y que preparan la
ciudad con injusticia! ¿Acaso suceden estas cosas en
conformidad con Dios? Y cuál es esta ciudad, lo prueba
el mismo Señor, diciendo: escuchad, pues, esto, doctores
de Jacob y los notables de la casa de Israel, que abomináis
el juicio y torcéis toda rectitud. Que edificáis a Sión
con sangre y a Jerusalén con injusticias, cuyos príncipes
sois (Miq 3,10).

Añadiendo el motivo por el cual será condenada: porque en ella, dijo,
fue hallada la sangre de los profetas y de los santos y de
todos los degollados sobre la tierra.

Reliquias tres reyes Magos Colonia

Ana Catalina Emmerick, visionaria y beata, relata la visita de los Reyes Sabios.

Al tiempo del Nacimiento de Jesucristo, vi una maravillosa aparición que se presentó a los Reyes Magos en su país. Estos Sabios eran observadores de los astros y tenían sobre una montaña una torre en forma de pirámide, donde siempre se encontraba uno de ellos con los sacerdotes observando el curso de los astros y las estrellas. Escribían sus observaciones y se las comunicaban unos a otros. Esta noche creo haber visto a dos de los Reyes Magos sobre la torre piramidal. El tercero, que habitaba al Este del Mar Caspio, no estaba allí. Observaban una determinada constelación en la cual veían de cuando en cuando variantes, con diversas apariciones. Esta noche vi la imagen que se les presentaba. No la vieron en una estrella, sino en una figura compuesta de varias de ellas, entre las cuales parecía efectuarse un movimiento.



Vieron un hermoso arco iris sobre la media luna y sobre el arco iris sentada a la Virgen. Tenía la rodilla izquierda ligeramente levantada y la pierna derecha más alargada, descansando el pie sobre la media luna. A la izquierda de la Virgen, encima del arco iris, apareció una cepa de vid y a la derecha, un haz de espigas de trigo. Delante de la Virgen vi elevarse como un cáliz semejante al de la Última Cena. Del cáliz vi salir al Niño y por encima de Él, un disco luminoso parecido a una custodia vacía, de la que partían rayos semejantes a espigas. Por eso pensé en el Santísimo Sacramento. Del costado derecho del Niño salió una rama, en cuya extremidad apareció, a semejanza de una flor, una iglesia octogonal con una gran puerta dorada y dos pequeñas laterales. La Virgen hizo entrar al cáliz, al Niño y a la Hostia en la Iglesia, cuyo interior pude ver, y que en aquel momento me pareció muy grande. En el fondo había una manifestación de la Santísima Trinidad. La iglesia se transformó luego en una ciudad brillante, que me pareció la Jerusalén celestial.

En este cuadro vi muchas cosas que se sucedían y parecían nacer unas de otras, mientras yo miraba el interior de la iglesia. Ya no puedo recordar en qué forma se fueron sucediendo. Tampoco recuerdo de qué manera supieron los Reyes Magos que Jesús había nacido en Judea. El tercero de los Reyes, que vivía muy distante, vio la aparición al mismo tiempo que los otros. Los días que precedieron al Nacimiento de Jesús, los veía sobre su observatorio donde tuvieron varias visiones. Los Reyes sintieron una alegría muy grande, juntaron sus dones y regalos y se dispusieron para el viaje. Se encontraron al cabo de varios días de camino.

 Vi el nacimiento de Jesucristo anunciado a los Reyes Magos. He visto a Mensor y a Sair: estaban en el país del primero y observaban los astros, después de haber hecho los preparativos del viaje. Observaban la estrella de Jacob desde lo alto de una torre piramidal. Esta estrella tenía una cola que se dilató ante sus ojos, y vieron a una Virgen brillante, delante de la cual, en medio del aire, se veía un Niño luminoso. Al lado derecho del Niño brotó una rama, en cuya extremidad apareció, como una flor, una pequeña torre con varias entradas que acabó por transformarse en ciudad. Inmediatamente después de esta aparición los dos Reyes se pusieron en marcha. Teokeno, el tercero de los Reyes, que vivía más hacia el oriente, a dos días de viaje, tuvo igual aparición, a la misma hora, y partió en seguida aceleradamente para reunirse con sus dos amigos, a los que encontró en el camino.

La estrella que los guiaba era como un globo redondo y la luz salía como de una boca. Parecía que el globo estuviera suspendido de un rayo luminoso dirigido por una mano. Durante el día yo veía delante de ellos un cuerpo luminoso cuya claridad sobrepasaba la luz del sol. Me asombra la rapidez con que hicieron el viaje, considerando la gran distancia que los separaba de Belén. Los animales tenían un paso tan rápido y uniforme que su marcha parecía tan ordenada, veloz e igual como el vuelo de una bandada de aves de paso. Las comarcas donde habitaban los tres Reyes Magos formaban en conjunto un triángulo.

La estrella que los guiaba no era un cometa, sino un meteoro brillante, conducido por un ángel. Estas visiones fueron causa de que partieran con la esperanza de hallar grandes cosas, quedando después muy sorprendidos al no encontrar nada de lo que pensaban. Se admiraron de la recepción de Herodes y de que todo el mundo ignorase el acontecimiento. Al llegar a Belén y al ver una pobre gruta en lugar del palacio que habían contemplado en la estrella, estuvieron tentados por muchas dudas; no obstante, conservaron su fe, y ya ante el Niño Jesús, reconocieron que lo que habían visto en la estrella se estaba realizando.

Los tres Reyes se dirigieron a la colina, hasta la puerta de la gruta. Mensor la abrió, y vio su interior lleno de luz celestial, y a la Virgen, en el fondo, sentada, teniendo al Niño tal como él y sus compañeros la habían contemplado en sus visiones. Volvió para contar a sus compañeros lo que había visto. En esto José salió de la gruta acompañado de un pastor anciano y fue a su encuentro. Los tres Reyes le dijeron con simplicidad que habían venido para adorar al Rey de los Judíos recién Nacido, cuya estrella habían observado, y querían ofrecerle sus presentes. José los recibió con mucho afecto. El pastor anciano los acompañó hasta donde estaban los demás y les ayudó en los preparativos, juntamente con otros pastores allí presentes.

Los Reyes se dispusieron para una ceremonia solemne. Les vi revestirse de mantos muy amplios y blancos, con una cola que tocaba el suelo. Brillaban con reflejos, como si fueran de seda natural; eran muy hermosos y flotaban en torno de sus personas. Eran las vestiduras para las ceremonias religiosas. En la cintura llevaban bolsas y cajas de oro colgadas de cadenillas, y cubríanlo todo con sus grandes mantos. Cada uno de los Reyes iba seguido por cuatro personas de su familia, además, de algunos criados de Mensor que llevaban una pequeña mesa, una carpeta con flecos y otros objetos.

Los Reyes siguieron a José, y al llegar bajo el alero, delante de la gruta, cubrieron la mesa con la carpeta y cada uno de ellos ponía sobre ella las cajitas de oro y los recipientes que desprendían de su cintura. Así ofrecieron los presentes comunes a los tres. Mensor y los demás se quitaron las sandalias y José abrió la puerta de la gruta. Dos jóvenes del séquito de Mensor, que le precedían, tendieron una alfombra sobre el piso de la gruta, retirándose después hacia atrás, siguiéndoles otros dos con la mesita donde estaban colocados los presentes. Cuando estuvo delante de la Santísima Virgen, el rey Mensor depositó estos presentes a sus pies, con todo respeto, poniendo una rodilla en tierra. Detrás de Mensor estaban los cuatro de su familia, que se inclinaban con toda humildad y respeto.

Mientras tanto Sair y Teokeno aguardaban atrás, cerca de la entrada de la gruta. Se adelantaron a su vez llenos de alegría y de emoción, envueltos en la gran luz que llenaba la gruta, a pesar de no haber allí otra luz que el que es Luz del mundo. María se hallaba como recostada sobre la alfombra, apoyada sobre un brazo, a la izquierda del Niño Jesús, el cual estaba acostado dentro de la gamella, cubierta con un lienzo y colocada sobre una tarima en el sitio donde había nacido.

Cuando entraron los Reyes la Virgen se puso el velo, tomó al Niño en sus brazos, cubriéndolo con un velo amplio. El rey Mensor se arrodilló y ofreciendo los dones pronunció tiernas palabras, cruzó las manos sobre el pecho, y con la cabeza descubierta e inclinada, rindió homenaje al Niño. Entre tanto María había descubierto un poco la parte superior del Niño, quien miraba con semblante amable desde el centro del velo que lo envolvía. María sostenía su cabecita con un brazo y lo rodeaba con el otro. El Niño tenía sus manecitas juntas sobre el pecho y las tendía graciosamente a su alrededor. ¡Oh, qué felices se sentían aquellos hombres venidos del Oriente para adorar al Niño Rey!

Viendo esto decía entre mí: “Sus corazones son puros y sin mancha; están llenos de ternura y de inocencia como los corazones de los niños inocentes y piadosos. No se ve en ellos nada de violento, a pesar de estar llenos del fuego del amor”. Yo pensaba: “Estoy muerta; no soy más que un espíritu: de otro modo no podría ver estas cosas que ya no existen, y que, sin embargo, existen en este momento. Pero esto no existe en el tiempo, porque en Dios no hay tiempo: en Dios todo es presente. Yo debo estar muerta; no debo ser más que un espíritu”. Mientras pensaba estas cosas, oí una voz que me dijo: “¿Qué puede importarte todo esto que piensas?… Contempla y alaba a Dios, que es Eterno, y en Quien todo es eterno”.

Vi que el rey Mensor sacaba de una bolsa, colgada de la cintura, un puñado de barritas compactas del tamaño de un dedo, pesadas, afiladas en la extremidad, que brillaban como oro. Era su obsequio. Lo colocó humildemente sobre las rodillas de María, al lado del Niño Jesús. María tomó el regalo con un agradecimiento lleno de sencillez y de gracia, y lo cubrió con el extremo de su manto. Mensor ofrecía las pequeñas barras de oro virgen, porque era sincero y caritativo, buscando la verdad con ardor constante e inquebrantable.

Después se retiró, retrocediendo, con sus cuatro acompañantes; mientras Sair, el rey cetrino, se adelantaba con los suyos y se arrodillaba con profunda humildad, ofreciendo su presente con expresiones muy conmovedoras. Era un recipiente de incienso, lleno de pequeños granos resinosos, de color verde, que puso sobre la mesa, delante del Niño Jesús. Sair ofreció incienso porque era un hombre que se conformaba respetuosamente con la Voluntad de Dios, de todo corazón y seguía esta voluntad con amor. Se quedó largo rato arrodillado, con gran fervor.

Se retiró y se adelantó Teokeno, el mayor de los tres, ya de mucha edad. Sus miembros algo endurecidos no le permitían arrodillarse: permaneció de pie, profundamente inclinado, y puso sobre la mesa un vaso de oro que tenía una hermosa planta verde. Era un arbusto precioso, de tallo recto, con pequeñas ramitas crespas coronadas de hermosas flores blancas: la planta de la mirra. Ofreció la mirra por ser el símbolo de la mortificación y de la victoria sobre las pasiones, pues este excelente hombre había sostenido lucha constante contra la idolatría, la poligamia y las costumbres estragadas de sus compatriotas. Lleno de emoción estuvo largo tiempo con sus cuatro acompañantes ante el Niño Jesús.

Yo tenía lástima por los demás que estaban fuera de la gruta esperando turno para ver al Niño. Las frases que decían los Reyes y sus acompañantes estaban llenas de simplicidad y fervor. En el momento de hincarse y ofrecer sus dones decían más o menos lo siguiente: “Hemos visto su estrella; sabemos que Él es el Rey de los Reyes; venimos a adorarle, a ofrecerle nuestros homenajes y nuestros regalos”. Estaban como fuera de sí, y en sus simples e inocentes plegarias encomendaban al Niño Jesús sus propias personas, sus familias, el país, los bienes y todo lo que tenía para ellos algún valor sobre la tierra. Le ofrecían sus corazones, sus almas, sus pensamientos y todas sus acciones. Pedían inteligencia clara, virtud, felicidad, paz y amor. Se mostraban llenos de amor y derramaban lágrimas de alegría, que caían sobre sus mejillas y sus barbas. Se sentían plenamente felices. Habían llegado hasta aquella estrella, hacia la cual desde miles de años sus antepasados habían dirigido sus miradas y sus ansias, con un deseo tan constante. Había en ellos toda la alegría de la Promesa realizada después de tan largos siglos de espera.

María aceptó los presentes con actitud de humilde acción de gracias. Al principio no decía nada: sólo expresaba su reconocimiento con un simple movimiento de cabeza, bajo el velo. El cuerpecito del Niño brillaba bajo los pliegues del manto de María. Después la Virgen dijo palabras humildes y llenas de gracia a cada uno de los Reyes, y echó su velo un tanto hacia atrás.

Autorrealización o Codicia

No era suficiente?

El pecado original lo constituyeron la insatisfacción y el consiguiente deseo desordenado. Lo teníamos “casi” todo pero no era suficiente, queríamos lo que faltaba.
La psicología, “enseña” que la raíz de toda la falta de libertad está en la sistemática represión del deseo, que es propia de la moral cristiana, así pues, la negación del deseo es “enemiga” de la vida y un riesgo desde el punto de vista antropológico, porque lo que se prohíbe es algo irrenunciable, y a lo que se “renuncia” es a la mismísima vida.
“Os aseguro, que todas cuantas cosas pidiereis en la oración, tened fe de conseguirlas, y se os concederán.” Mc 11, 24 ;” Y ésta es la confianza que tenemos en Él, que cualquier cosa que le pidiéremos conforme a su divina voluntad, nos la otorga” 1 Jn 5, 14.
El décimo mandamiento es el único que nos obliga a vigilar nuestra mente, todos los demás son contra las acciones que podemos ejercer, como adorar falsos dioses, jurar en vano o idolatrar el perro o el carro, tanto como robar y matar, pero en el décimo mandamiento se encierra el detonante que te hará cometer esos pecados de acción, por eso es importante vigilar nuestra mente, porque no solo se peca por acción sino por la omisión de voluntad, para dirigir nuestros pensamientos hacia el bien.

« No codiciarás la casa de tu prójimo; ni desearás su mujer, ni esclavo, ni esclava, ni buey, ni asno, ni cosa alguna de las que le pertenecen.» (Ex. 20, 17).

10) No codiciarás los Bienes ajenos

El décimo mandamiento prohíbe hasta los sentimientos codiciosos de poseer los bienes ajenos por medios injustos e ilegales. Se extiende a contener nuestros inagotables deseos de poseer los bienes terrenos y caducos, para que los dirijamos a poseer los celestiales y eternos. Nos mandan practicar la virtud de la justicia y también apartar nuestra avarienta afición de lo que no nos pertenece por derecho y por justicia (Pbro. D. Eulogio Horcajo Monte de Oria, «El Cristiano Instruido en su Ley», Madrid, 1891, pp. 217-218).
El cristiano puede estar contento aún en el estado de pobreza, si considera que la mayor felicidad es la conciencia pura y tranquila, que nuestra verdadera patria es el Cielo, que Jesucristo se hizo pobre por nuestro amor y ha prometido un premio especial a los que sufren con resignación la pobreza (Catecismo Mayor de San Pío X, Ed. Magisterio Español, Vitoria, 1973, p. 64).

El mundo impele al individuo hacia una autorrealización cada vez más intensa. No permite conformarse con los límites establecidos por una situación dada de Matrimonio, Familia, Posición social, Género, etc. Se inculca que se pueden y deben forzar los límites, a fin de que puedan “explorarse” otros aspectos.

Jesús indica que no son principalmente las malas acciones las que pervierten al hombre sino que Previamente se dan los ocultos deseos desordenados: “Porque del interior del corazón del hombre es de donde proceden los malos pensamientos”. Mar 7,21.

“Porque raíz de todos los males es la avaricia, de la cual arrastrados algunos, se desviaron de la fe, y se sujetaron ellos mismos a muchas penas y aflicciones”. 1Ti 6:10
” Pero tú, ¡oh varón de Dios!, huye de estas cosas, y sigue en todo la justicia, la piedad, la fe, la caridad, la paciencia, la mansedumbre.
Pelea valerosamente por la fe, y victorioso arrebata y asegura bien la vida eterna, para la cual fuiste llamado, y diste un buen testimonio, confesando la fe delante de muchos testigos”. 1Ti 6:12

¡Ayúdanos a aspirar con santo anhelo a alcanzar lo que se halla allí donde tú habitas, ¡oh Dios, Señor y Salvador!!!!!!

SAN BASILIO

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BENEDICTO XVI PRESENTA A SAN BASILIO, CUYA CATEDRAL EN MOSCÚ, ES UNA DE LAS MAS BELLAS DEL MUNDO

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy queremos recordar a uno de los grandes padres de la Iglesia, san Basilio, definido por los textos litúrgicos bizantinos como una «lumbrera de la Iglesia» Fue un gran obispo del siglo IV, por el que siente admiración tanto la Iglesia de Oriente como la de Occidente por su santidad de vida, por la excelencia de su doctrina y por la síntesis armoniosa de capacidades especulativas y prácticas.

Nació alrededor del año 330 en una familia de santos, «verdadera Iglesia doméstica», que vivía en un clima de profunda fe. Estudió con los mejores maestros de Atenas y Constantinopla. Insatisfecho por los éxitos mundanos, al darse cuenta de que había perdido mucho tiempo en vanidades, él mismo confiesa: «Un día, como despertando de un sueño profundo, me dirigí a la admirable luz de la verdad del Evangelio…, y lloré sobre mi miserable vida» (Cf. Carta 223: PG 32,824a).

Atraído por Cristo, comenzó a tener ojos sólo para él y a escucharle solo a él (Cf. «Moralia» 80,1: PG 31,860bc). Con determinación se dedicó a la vida monástica en la oración, en la meditación de las Sagradas Escrituras y de los escritos de los Padres de la Iglesia y en el ejercicio de la caridad (Cf. Cartas. 2 y 22), siguiendo también el ejemplo de su hermana, santa Macrina, quien ya vivía el ascetismo monacal. Después fue ordenado sacerdote y, por último, en el año 370, consagrado obispo de Cesarea de Capadocia, en la actual Turquía.

Con la predicación y los escritos desarrolló una intensa actividad pastoral, teológica y literaria. Con sabio equilibrio supo unir al mismo tiempo el servicio a las almas y la entrega a la oración y a la meditación en la soledad. Sirviéndose de su experiencia personal, favoreció la fundación de muchas «fraternidades» o comunidades de cristianos consagrados a Dios, a las que visitaba con frecuencia (Cf. Gregorio Nacianceno, «Oratio 43,29 in laudem Basilii»: PG 36,536b). Con la palabra y los escritos, muchos de los cuales todavía hoy se conservan (Cf. «Regulae brevius tractatae», Proemio: PG 31,1080ab), les exhortaba a vivir y a avanzar en la perfección. De esos escritos se valieron después no pocos legisladores de la vida monástica, entre ellos, muy especialmente, San Benito, que considera a Basilio como su maestro (Cf «Regula» 73, 5).

En realidad, san Basilio creó un monaquismo muy particular: no estaba cerrado a la comunidad de la Iglesia local, sino abierto a ella. Sus monjes formaban parte de la Iglesia local, eran su núcleo animador que, precediendo a los demás fieles en el seguimiento de Cristo y no sólo de la fe, mostraba su firme adhesión a él, el amor por él, sobre todo en las obras de caridad.

Estos monjes, que tenían escuelas y hospitales, estaban al servicio de los pobres y de este modo mostraron la vida cristiana de una manera completa. El siervo de Dios Juan Pablo II, hablando del monaquismo, escribió: «muchos opinan que esa institución tan importante en toda la Iglesia como es la vida monástica quedó establecida, para todos los siglos, principalmente por san Basilio o que, al menos, la naturaleza de la misma no habría quedado tan propiamente definida sin su decisiva aportación» (carta apostólica «Patres Ecclesiae» 2).

Como obispo y pastor de su extendida diócesis, Basilio se preocupó constantemente por las difíciles condiciones materiales en las que vivían los fieles; denunció con firmeza el mal; se comprometió con los pobres y los marginados; intervino ante los gobernantes para aliviar los sufrimientos de la población, sobre todo en momentos de calamidad; veló por la libertad de la Iglesia, enfrentándose a los potentes para defender el derecho de profesar la verdadera fe (Cf. Gregorio Nacianceno, «Oratio 43,48-51 in laudem Basilii»: PG 36,557c-561c). Dio testimonio de Dios, que es amor y caridad, con la construcción de varios hospicios para necesitados (Cf. Basilio, Carta 94: PG 32,488bc), una especie de ciudad de la misericordia, que tomó su nombre «Basiliade» (Cf. Sozomeno, «Historia Eclesiástica». 6,34: PG 67,1397a). En ella hunden sus raíces las los modernos hospitales para la atención de los enfermos.

Consciente de que «la liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza» («Sacrosanctum Concilium» 10), Basilio, si bien se preocupaba por vivir la caridad, que es la característica de la fe, fue también un sabio «reformador litúrgico» (Cf. Gregorio Nacianceno, «Oratio 43,34 in laudem Basilii»: PG 36,541c). Nos dejó una gran oración eucarística [o anáfora] que toma su nombre y que ha dado un orden fundamental a la oración y a la salmodia: gracias a él, el pueblo amó y conoció los Salmos e iba a rezarlos incluso de noche (Cf. Basilio, «In Psalmum» 1,1-2: PG 29,212a-213c). De este modo, podemos ver cómo liturgia, adoración, oración están unidas a la caridad, se condicionan recíprocamente.

Con celo y valentía, Basilio supo oponerse a los herejes, quienes negaban que Jesucristo fuera Dios como el Padre (Cf. Basilio, Carta 9,3: PG 32,272a; Carta 52,1-3: PG 32,392b-396a; «Adversus Eunomium» 1,20: PG 29,556c). Del mismo modo, contra quienes no aceptaban la divinidad del Espíritu Santo, afirmó que también el Espíritu Santo es Dios y «tiene que ser colocado y glorificado junto al Padre y el Hijo» (Cf. «De Spiritu Sancto»: SC 17bis, 348). Por este motivo, Basilio es uno de los grandes padres que formularon la doctrina sobre la Trinidad: el único Dios, dado que es Amor, es un Dios en tres Personas, que forman la unidad más profunda que existe, la unidad divina.

En su amor por Cristo y su Evangelio, el gran capadocio se comprometió también por sanar las divisiones dentro de la Iglesia (Cf. Carta 70 y 243), tratando siempre de que todos se convirtieran a Cristo y a su Palabra (Cf. «De iudicio» 4: PG 31,660b-661a), fuerza unificadora, a la que todos los creyentes tienen que obedecer (Cf. ibídem 1-3: PG 31,653a-656c).

Concluyendo, Basilio se entregó totalmente al fiel servicio a la Iglesia en el multiforme servicio del ministerio episcopal. Según el programa que él mismo trazó, se convirtió en «apóstol y ministro de Cristo, dispensador de los misterios de Dios, heraldo del reino, modelo y regla de piedad, ojo del cuerpo de la Iglesia, pastor de las ovejas de Cristo, médico piadoso, padre y nodriza, cooperador de Dios, agricultor d Dios, constructor del templo de Dios» (Cf. «Moralia» 80,11-20: PG 31,864b-868b).

Este es el programa que el santo obispo entrega a los heraldos de la Palabra, tanto ayer como hoy, un programa que él mismo se comprometió generosamente por vivir.

En el año 379, Basilio, sin haber cumplido los cincuenta años, agotado por el cansancio y la ascesis, regresó a Dios, «con la esperanza de la vida eterna, a través de Jesucristo, nuestro Señor» («De Bautismo» 1, 2, 9). Fue un hombre que vivió verdaderamente con la mirada puesta en Cristo, un hombre del amor por el prójimo. Lleno de la esperanza y de la alegría de la fe, Basilio nos muestra cómo ser realmente cristianos.

San Basilio Magno

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San Basilio (hacia 330-379), monje y obispo de Cesarea de Capadocia, doctor de la Iglesia Católica.

Homilía 6 contra la riqueza; PG 31, 275-278

+«Dichoso el que se apiada y presta,… reparte limosna a los pobres; su recuerdo será perpetuo» –

¿Qué vas a responder al juez soberano, tú que revistes tus muros y no vistes a tu semejante? ¿Tú que arreglas tus caballos y ni tan sólo tienes una mirada para tu hermano desgraciado… que escondes tu oro y no te dignas ayudar al oprimido?…
Dime ¿qué es lo que te pertenece? ¿De quién has recibido todo lo que usas a lo largo de esta vida?… ¿Es que no has salido desnudo del seno de tu madre? ¿Y no volverás a la tierra también desnudo? (Jb 1,21). Los bienes de ahora ¿de quién te han venido? Si respondes: del azar, eres un impío que rechazas conocer a tu creador y agradecerle todo lo que ha hecho por ti. Si estás de acuerdo en que es de Dios, dime por qué razón los has recibido.
¿Acaso Dios sería injusto repartiendo de manera desigual los bienes necesarios para la vida? ¿Por qué nadas tú en la abundancia y aquel en la miseria? ¿No es para que llegue el día, por tu bondad y tu gestión desinteresada, recibas la recompensa mientras el pobre recibirá la corona prometida a la paciencia?… El pan que tú guardas pertenece al hambriento; al hombre desnudo la capa que tú escondes en tus arcas… Así pues, cometes tantas injusticias cuantas son las gentes a quien tú podrías ayudar.

+ El mandamiento del amor al prójimo

¿Quién no sabe que el hombre fue creado para la comunidad y no para ser un salvaje o solitario? No existe cosa que mejor pueda corresponder a nuestra naturaleza, que la vida en común, y nuestra ayuda y amor a la gente.

Cuando Dios primero nos dio la semilla, entonces juntamente deseó que diera los frutos, diciendo: “Entretanto un nuevo mandamiento os doy, y es: Que os améis unos a otros; y que del modo que yo os he amado a vosotros, así también os améis recíprocamente.” (Jn. 13:34). Deseando exhortarnos al cumplimiento de este mandamiento, como testimonio de sus discípulos, no pidió milagros o señales extraordinarias (aunque y para esto el Espíritu Santo nos da la fuerza), sino la que nos dice: “Por el amor que se tengan los unos con los otros reconocerán todos que son discípulos míos” (Jn. 13:35). Y así todos los renglones de estos mandamientos resumió en aquel que las buenas obras hechas al prójimo, se comunican sobre el mismo, y finalmente agrega: “Les aseguro que cuando dejaron de hacerlo con uno de estos pequeños, dejaron de hacerlo conmigo” (Mt 25:45). Así pues con el primer mandamiento se puede observar el segundo, y por el segundo volver al primero. Con el amor al Señor, amar al prójimo: “El que me ama, se mantendrá fiel a mis Palabra. Mi Padre lo amará y mi Padre y yo vendremos a él y viviremos en él” (Jn. 14:23). y otra vez dice el Señor: “Mi mandamiento es este: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado” (Jn. 15:12). Entonces quien ama al prójimo, cumple con el amor a Dios, cuando El acepta ese amor para sí.

+Proclamar la Palabra de Dios

El signo del amor al Señor es: con gran amor, con toda atención y en todo preocuparse de aquello que El enseña; y si es necesario, perseverar hasta la muerte, pública y privadamente en la predicación. “Yo soy el buen pastor, el buen pastor da la vida por sus ovejas” (Jn. 10:11). La palabra, la enseñanza no tendrá que ser utilizada para gloria personal, ni para su fama, ni para utilidad para complacer a los oyentes y poniendo atención a la satisfacción, sino tendría que ser la palabra como ante Dios, para su gloria. “Pero ciertamente no somos nosotros como muchísimos que adulteran la palabra de Dios, sino que la predicamos con sinceridad, como de parte de Dios, en la presencia de Dios, y según el espíritu de Cristo.” (2 Co. 2:17).

El maestro de la enseñanza tendría que ser misericordioso y benigno sobre todo ante aquellos que están mal intencionados en el alma: Luego, tomó a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: “El que recibe a un niño como a éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, no es a mí a quien recibe, sino al que me ha enviado” (Mc. 9:36-37).

http://www.conocereisdeverdad.org/website/index.php?id=1352

http://www.fatheralexander.org/booklets/spanish/tesoro_san_basilio.htm