Virgen del Carmen

escapulario

Oración a la Virgen del Carmen
Jesucristo, hijo de la Virgen del Carmen, Virgen purísima que diste a luz al Salvador del mundo, ruega por mí a Dios Nuestro Señor, hermosa azucena más bella que el sol y todas las maravillas juntas, Corona de Los Angeles, de los mártires y serafines, ayúdame, cuídame, fortaléceme, socórreme, fuente de bondad y de gracia; misericordia. Templo y Sagrario de la Santísima Trinidad, ruega por mí, para que sea salvo en esta vida y en la otra. Amén.

Se rezarán Tres Credos a la Santísima Trinidad diciendo así:

Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, por Jesús, María y José líbranos de todo mal. Amén.

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Sorprendente virtud curativa de algunos minerales.

Pectoral Juicio piedras jerusalen celestial

Y vio Dios que todo era bueno.

Sorprendente virtud curativa de algunos minerales.
Santa Hildegarda Von Bingen

JASPE. Aclara la inteligencia. Aleja espíritus malignos, pesadillas. Alivia cólicos biliares. Sordera. Lumbagos, sinusitis etc.

SAFIRO- Lapislázuli- corindón .simboliza el amor a la Sabiduría. Quita la ira, libera posesos. Da prudencia
Junto con la esmeralda, el diamante y el rubí son las piedras más costosas. También curan la gota y los ojos.

CALCEDONIA- protege la salud. Colocada junto a alguna vena del cuerpo mejora la circulación de la sangre. Da mansedumbre. Cura la tartamudez. Es contra la dislexia y los nervios. Protege el Hígado. Da mansedumbre. Controla la presión arterial.

DIAMANTE- Aleja al maligno. Cura la gota, la ictericia -el tabaquismo

SARDONICA-Ónice- ónix sardo o cuarzo negro- Es contra las enfermedades del Aire. Fortalece y protege todos los sentidos corporales. Desaparecen La ira, la estupidez y desorden. Cura los ojos, el bazo, la malaria-fiebres. Depresión, ansiedad. Quita el zumbido de los oídos.

CORNALINA -corta la hemorragia nasal.

CRISOLITO u olivino- Casi tiene la virtud vital. Protege de malos espíritus. Alzheimer, Corazón.

TOPACIO. Ayuda a orar. Cura la leucemia y el glaucoma.

AGATA. Afirma el Saber. Cura la epilepsia y los miedos. Da sensatez.

AMATISTA Cura los ganglios inflamados, quita las manchas del rostro.

ESMERALDA-Cura el Corazón. Estomago Y Cabeza.

RUBI-carbunclo, ópalo, Jacinto, circonio. Diferentes colores. Ahuyenta malos espíritus del Aire. Ayuda a controlar la mente. Sirve para la Esquizofrenia y falta de concentración. Ayuda en el desequilibrio endocrino. Sube defensas.
BERILO-aguamarina. Sedante. Corta alergias y drogodependencias.

CRISTAL DE ROCA- Disminuye el híper e hipotiroidismo, controla nervios, mareos. Circulación, dolores de estómago.

La forma de uso y las demás piedras se las daremos en un segundo segmento.
Aquí vemos como Dios en su sabiduría Divina Hace TODO UTIL para el Rey de la Naturaleza EL HOMBRE.

Jerusalen celestial

A Kempis

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A Kempis

Ha muchos años que busco el yermo,
ha muchos años que vivo triste,
ha muchos años que estoy enfermo,
¡y es por el libro que tú escribiste!

¡Oh Kempis, antes de leerte amaba
la luz, las vegas, el mar Oceano;
mas tú dijiste que todo acaba,
que todo muere, que todo es vano!

Antes, llevado de mis antojos,
besé los labios que al beso invitan,
las rubias trenzas, los grande ojos,
¡sin acordarme que se marchitan!

Mas como afirman doctores graves,
que tú, maestro, citas y nombras,
que el hombre pasa como las naves,
como las nubes, como las sombras…

huyo de todo terreno lazo,
ningún cariño mi mente alegra,
y con tu libro bajo del brazo
voy recorriendo la noche negra…

¡Oh Kempis, Kempis, asceta yermo,
pálido asceta, qué mal me hiciste!
¡Ha muchos años que estoy enfermo,
y es por el libro que tú escribiste!

Amado Nervo

La leyenda negra

Canibales

 

Perdon por los Crimenes?

 

Por Antonio Caponnetto

Introducción

El odio anticatólico alimenta la injuria, ciega a la justicia y obnubila el orden de la razón, y se expanden con fuerza el resentimiento y la mentira.

El despojo de la tierra

Se dice en primer lugar, que España se apropió de las tierras indígenas en un acto típico de rapacidad imperialista.

Llama la atención que, contraviniendo las tesis leninistas, se haga surgir al Imperialismo a fines del siglo XV. Y sorprende asimismo el celo manifestado en la defensa de la propiedad privada individual. Si el marxismo lo que busca es el despojo.

La verdad es que antes de la llegada de los españoles, los indios concretos y singulares no eran dueños de ninguna tierra, sino empleados gratuitos y castigados de un Estado idolatrado y de unos caciques despóticos tenidos por divinidades supremas. Carentes de cualquier legislación que regulase sus derechos laborales, el abuso y la explotación eran la norma, y el saqueo y el despojo las prácticas habituales. Impuestos, cargas, retribuciones forzadas, exacciones virulentas y pesados tributos, fueron moneda corriente en las relaciones indígenas previas a la llegada de los españoles. El más fuerte sometía al más débil y lo atenazaba con escarmientos y represalias. Ni los más indigentes quedaban exceptuados, y solían llevar como estigmas de su triste condición, mutilaciones evidentes y distintivos oprobiosos. Una “justicia” claramente discriminatoria, distinguía entre pudientes y esclavos en desmedro de los últimos y no son éstos, datos entresacados de las crónicas hispanas, sino de las protestas del mismo Carlos Marx en sus estudios sobre “Formaciones Económicas Precapitalistas y Acumulación Originaria del Capital”. Y de comentaristas insospechados de hispanofilia como Eric Hobsbawn, Roberto Oliveros Maqueo o Pierre Chaunu.

La verdad es también, que los principales dueños de la tierra que encontraron los españoles —mayas, incas y aztecas— lo eran a expensas de otros dueños a quienes habían invadido y desplazado. Y que fue ésta la razón por la que una parte considerable de tribus aborígenes —carios, tlaxaltecas, cempoaltecas, zapotecas, otomíes, cañarís, huancas, etcétera— se aliaron naturalmente con los conquistadores, procurando su protección y el consecuente resarcimiento. Y la verdad, al fin, es que sólo a partir de la Conquista, los indios conocieron el sentido personal de la propiedad privada y la defensa jurídica de sus obligaciones y derechos.

Es España la que funda la posesión territorial en las más altos razones de bien común y de concordia social, la que insiste una y otra vez en la protección que se le debe a los nativos en tanto súbditos, la que garantiza y promueve un reparto equitativo de precios, la que atiende sobre abusos y querellas, la que no dudó en sancionar duramente a sus mismos funcionarios descarriados, y la que distinguió entre posesión como hecho y propiedad como derecho, porque sabía que era cosa muy distinta fundar una ciudad en el desierto y hacerla propia, que entrar a saco a un granero particular.
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Por eso, sólo hubo repartimientos en tierras despobladas y encomiendas “en las heredades de los indios”. Porque pese a tantas fábulas indoctas, la encomienda fue la gran institución para la custodia de la propiedad y de los derechos de los nativos. Bien lo ha demostrado hace ya tiempo Silvio Zavala, en un estudio exhaustivo, que no encargó ninguna “internacional reaccionaria”, sino la Fundación Judía Guggenheim, con sede en Nueva York. Y bien queda probado en infinidad de documentos que sólo son desconocidos para los artífices de las leyendas negras.
Por la encomienda, el indio poseía tierras particulares y colectivas sin que pudieran arrebatárselas impunemente. Por la encomienda organizaba su propio gobierno local y regional, bajo un régimen de tributos que distinguía ingresos y condiciones, y que no llegaban al Rey —que renunciaba a ellos— sino a los Conquistadores. A quienes no les significó ningún enriquecimiento descontrolado y si en cambio, bastantes dolores de cabeza, como surgen de los testimonios de Antonio de Mendoza o de Cristóbal Alvarez de Carvajal y de innumerables jueces de audiencias.

Como bien ha notado el mismo Ramón Carande en “Carlos V y sus banqueros”, eran tan férrea la protección a los indios y tan grande la incertidumbre económica para los encomenderos, que América no fue una colonia de repoblación para que todos vinieran a enriquecerse fácilmente. Pues una empresa difícil y esforzada, con luces y sombras, con probos y pícaros, pero con un testimonio que hasta hoy no han podido tumbar las monsergas indigenistas: el de la gratitud de los naturales. Gratitud que quien tenga la honestidad de constatar y de seguir en sus expresiones artísticas, religiosas y culturales, no podrá dejar de reconocer objetivamente.

No es España la que despoja a los indios de sus tierras. Es España la que les inculca el derecho de propiedad, la que les restituye sus heredades asaltadas por los poderosos y sanguinarios estados tribales, la que los guarda bajo una justicia humana y divina, la que los pone en paridad de condiciones con sus propios hijos, e incluso en mejores condiciones que muchos campesinos y proletarios europeos Y esto también ha sido reconocido por historiógrafos no hispanistas… las administraciones liberales y masónicas que traicionaron el sentido misional de aquella gesta gloriosa, fueron las que despojaron. No se encontrará robando a los Reyes Católicos, ni a Carlos V, ni a Felipe II. Ni a los conquistadores, ni a los encomenderos, ni a los adelantados, ni a los frailes. Sino a los enmandilados borbones iluministas y a sus epígonos, que vienen desarraigando a América y reduciéndola a la colonia que no fue nunca en tiempos del Imperio Hispánico.

La sed de Oro

Se dice, en segundo lugar, que la llegada y la presencia hispánica no tuvo otro fin superior al fin económico; concretamente, al propósito de quedarse con Ios metales preciosos americanos. Y aquí el marxismo vuelve a brindarnos otra aporía. Porque sí nosotros plantamos la existencia de móviles superiores, somos acusados de angelistas, pero si ellos ven sólo ángeles caídos adoradores de Mammon se escandalizan con rubor de querubines. Si la economía determina a la historia y la lucha de clases y de intereses es su motor interno; si los hombres no son más que elaboraciones químicas transmutadas, puestos para el disfrute terreno, sin premios ni castigos ulteriores, ¿a qué viene esta nueva apelación a la filantropía y a la caridad entre naciones.

Únicamente la conciencia cristiana puede reprobar coherentemente -y reprueba- semejantes tropelías. Pero la queja no cabe en nombre del materialismo dialéctico. La admitimos con fuerza mirando el tiempo sub specie aeternitatis. Carece de sentido en el historicismo sub lumine oppresiones. Es reproche y protesta si sabemos al hombre “portador de valores eternos”, como decía José Antonio, u homo viator, como decían los Padres. Es fría e irreprochable lógica si no cesamos de concebirlo como homo aeconomicus.

Pero aclaremos un poco mejor las cosas.

Digamos ante todo que no hay razón para ocultar los propósitos económicos de la conquista española. No sólo porque existieron sino porque fueron lícitos. El fin de la ganancia en una empresa en la que se ha invertido y arriesgado y trabajado incansablemente, no está reñido con la moral cristiana ni con el orden natural de las operaciones. Lo malo es, justamente, cuando apartadas del sentido cristiano, las personas y las naciones anteponen las razones financieras a cualquier otra, las exacerban en desmedro de los bienes honestos y proceden con métodos viles para obtener riquezas materiales.

Pero éstas son, nada menos, las enseñanzas y las prevenciones continuas de la Iglesia Católica en España. Por eso se repudiaban y se amonestaban las prácticas agiotistas y usureras, el préstamo a interés, la “cría del dinero”, las ganancias malhabidas. Por eso, se instaba a compensaciones y reparaciones postreras —que tuvieron lugar en infinidad de casos—; y por eso, sobre todo, se discriminaban las actividades bursátiles y financieras como sospechosas de anticatolicismo.

No somos nosotros quienes lo notamos. Son los historiógrafos materialistas quienes han lanzado esta formidable y certera “acusación” ni España ni los países católicos fueron capaces de fomentar el capitalismo por sus prejuicios antiprotestantes y antirabínicos. La ética calvinista y judaica, en cambio, habría conducido como en tantas partes, a la prosperidad y al desarrollo, si Austrias y Ausburgos hubiesen dejado de lado sus hábitos medievales y ultramontanos. De lo que viene a resultar una nueva contradicción. España sería muy mala porque llamándose católica buscaba el oro y la plata. Pero seria después más mala por causa de su catolicismo que la inhabilitó para volverse próspera y la condujo a una decadencia irremisible.

Tal es, en síntesis, lo que vino a decirnos Hamilton —pese a sí mismo hacia 1926, con su tesis sobre “Tesoro Americano y el florecimiento del Capitalismo”. Y después de él, corroborándolo o rectificándolo parcialmente, autores como Vilar, Simiand, Braudel, Nef, Hobsbawn, Mouesnier o el citado Carande. El oro y la plata salidos de América (nunca se dice que en pago a mercancías, productos y materiales que llegaban de la Península) no sirvieron para enriquecer a España, sino para integrar el circuito capitalista europeo, usufructuado principalmente por Gran Bretaña.

Los fabricantes de leyendas negras, que vuelven y revuelven constantemente sobre la sed de oro como fin determinante de la Conquista, deberían explicar, también, por qué España llega, permanece y se instala no solo en zonas de explotación minera, sino en territorios inhóspitos y agrestes. Porque no se abandonó rápidamente la empresa si recién en la segunda mitad del siglo XVI se descubren las minas más ricas, como las de Potosí, Zacatecas o Guanajuato. Por qué la condición de los indígenas americanos era notablemente superior a la del proletariado europeo esclavizado por el capitalismo, como lo han reconocido observadores nada hispanistas como Humboldt o Dobb, o Chaunu, o el mercader inglés Nehry Hawks, condenado al destierro por la Inquisición en 1751 y reacio por cierto a las loas españolistas. Por qué pudo decir Bravo Duarte que toda América fue beneficiada por la Minería, y no así la Corona Española. Por qué, en síntesis —y no vemos argumento de mayor sentido común y por ende de mayor robustez metafísica—, si sólo contaba el oro, no es únicamente un mercado negrero o una enorme plaza financiera lo que ha quedado como testimonio de la acción de España en América, sino un conglomerado de naciones ricas en Fe y en Espíritu.

El efecto contiene y muestra la causa: éste es el argumento decisivo. Por eso, no escribimos estas líneas desde una Cartago sudamericana amparada en Moloch y Baal, sino desde la Ciudad nombrada de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires, por las voces egregias de sus héroes fundadores.

El genocidio indígena

Se dice, finalmente, en consonancia con lo anterior, que la Conquista —caracterizada por el saqueo y el robo— produjo un genocidio aborigen, condenable en nombre de las sempiternas leyes de la humanidad que rigen los destinos de las naciones civilizadas.

Pero tales leyes, al parecer, no cuentan en dos casos a la hora de evaluar los crímenes masivos cometidos por los indios dominantes sobre los dominados, antes de la llegada de los españoles; ni a la hora de evaluar las purgas stalinistas o las iniciativas malthussianas de las potencias liberales. De ambos casos, el primero es realmente curioso. Porque es tan inocultable la evidencia, que los mismos autores indigenistas no pueden callarla. Sólo en un día del año 1487 se sacrificaron 2.000 jóvenes inaugurando el gran templo azteca del que da cuenta el códice indio Telleriano-Remensis. 250.000 víctimas anuales es el número que trae para el siglo XV Jan Gehorsam en su artículo “Hambre divina de los aztecas”. Veinte mil, en sólo dos años de construcción de la gran pirámide de Huitzilopochtli, apunta Von Hagen, incontables los tragados por las llamadas guerras floridas y el canibalismo, según cuenta Halcro Ferguson, y hasta el mismísimo Jacques Soustelle reconoce que la hecatombe demográfica era tal que si no hubiesen llegado los españoles el holocausto hubiese sido inevitable.

Pero, ¿qué dicen estos constatadores inevitables de estadísticas mortuorias prehispánicas? Algo muy sencillo: se trataba de espíritus trascendentes que cumplían así con sus liturgias y ritos arcaicos. Son sacrificios de “una belleza bárbara” nos consolará Vaillant. “No debemos tratar de explicar esta actitud en términos morales”, nos tranquiliza Von Hagen y el teólogo Enrique Dussel hará su lectura liberacionista y cósmica para que todos nos aggiornemos. Está claro: si matan los españoles son verdugos insaciables cebados en las Cruzadas y en la lucha contra el moro, si matan los indios, son dulces y sencillas ovejas lascasianas que expresaban la belleza bárbara de sus ritos telúricos. Si mata España es genocidio; si matan los indios se llama “amenaza de desequilibrio demográfico”.

La verdad es que España no planeó ni ejecutó ningún plan genocida; el derrumbe de la población indígena —y que nadie niega— no está ligado a los enfrentamientos bélicos con los conquistadores, sino a una variedad de causas, entre las que sobresale la del contagio microbiano. La verdad es que la acusación homicida como causal de despoblación, no resiste las investigaciones serias de autores como Nicolás Sánchez Albornoz, José Luís Moreno, Angel Rosemblat o Rolando Mellafé, que no pertenecen precisamente a escuelas hispanófilas.

La verdad es que “los indios de América”, dice Pierre Chaunu, “no sucumbieron bajo los golpes de las espadas de acero de Toledo, sino bajo el choque microbiano y viral”, la verdad —¡cuántas veces habrá que reiterarlo en estos tiempos!— es que se manejan cifras con una ligereza frívola, sin los análisis cualitativos básicos, ni los recaudos elementales de las disciplinas estadísticas ligadas a la historia.

La verdad incluso —para decirlo todo— es que hasta las mitas, los repartimientos y las encomiendas, lejos de ser causa de despoblación, son antídotos que se aplican para evitarla. Porque aquí no estamos negando que la demografía indígena padeció circunstancialmente una baja. Estamos negando, sí, y enfáticamente, que tal merma haya sido producida por un plan genocida.
Es más si se compara con la América anglosajona, donde los pocos indios que quedan no proceden de las zonas por ellos colonizados -¿donde están los indios de Nueva Inglaterra?- sino los habitantes de los territorios comprados a España o usurpados a Méjico. Ni despojo de territorios, ni sed de oro, ni matanzas en masa. Un encuentro providencial de dos mundos, aunque no con simetr´ñia axiológica. Encuentro en el que, al margen de todos los aspectos traumáticos que gusten recalcarse, uno de esos mundos, el Viejo, gloriosamente encarnado por la Hispanidad, tuvo el enorme mérito de traerle al otro nociones que no conocía sobre la dignidad de la criatura hecha a imagen y semejanza del Creador. Esas nociones, patrimonio de la Cristiandad difundidas por sabios eminentes, no fueron letra muerta ni objeto de violación constante. Fueron el verdadero programa de vida, el genuino plan salvífico por el que la Hispanidad luchó en tres siglos largos de descubrimiento, evangelización y civilización abnegados.

Y si la espada, como quería Peguy, tuvo que ser muchas veces la que midió con sangre el espacio sobre el cual el arado pudiese después abrir el surco; y si la guerra justa tuvo que ser el preludio del canto de la paz, y el paso implacable de los guerreros de Cristo el doloroso medio necesario para esparcir el Agua del Bautismo, no se hacia otra cosa más que ratificar lo que anunciaba el apóstol: sin efusión de sangre no hay redención ninguna.

La Hispanidad de Isabel y de Fernando, la del yugo y las flechas prefiguradas desde entonces para ser emblema de Cruzada, no llegó a estas tierras con el morbo del crimen y el sadismo del atropello. No se llegó para hacer víctimas, sino para ofrecernos, en medio de las peores idolatrías, a la Víctima Inmolada, que desde el trono de la Cruz reina sobre los pueblos de este lado y del otro del océano temible.

San Benito

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Roma estaba habitada por una mezcla de cristianos fervorosos, relajados, paganos, ateos, bárbaros y toda clase de gentes de diversas y variadas creencias, el ambiente, especialmente el de la juventud, era espantosamente relajado.

Benito se dio cuenta de que si permanecía allá en medio de esa sociedad tan dañada, iba a llegar a ser un tremendo corrompido. Y sabía muy bien que en la lucha contra el pecado y la corrupción resultan vencedores los que en apariencia son “cobardes”, o sea, los que huyen de las ocasiones y se alejan de las personas malvadas. Por eso huyó de la ciudad y se fue a un pueblecito alejado, a rezar, meditar y hacer penitencia.

Otros hombres, cansados de la corrupción de la ciudad, se fueron a estos sitios deshabitados a rezar y a hacer penitencia, y al darse cuenta de la gran santidad de Benito, aunque él era más joven que los otros, le rogaron que se hiciera superior de todos ellos.

San Benito impuso un sistema de vida que buscaba alejarse del mundo y ser útil en el estudio y el trabajo, esta es parte de su filosofía:
La primera virtud que necesita un religioso (después de la caridad) es la humildad.
La casa de Dios es para rezar y no para charlar.
Todo superior debe esforzarse por ser amable como un padre bondadoso.
El ecónomo o el que administra el dinero no debe humillar a nadie.
Nuestro lema debe ser: Trabajar y rezar.
Cada uno debe esforzarse por ser exquisito y agradable en su trato.
Cada comunidad debe ser como una buena familia donde todos se aman.
Evite cada individuo todo lo que sea rústico y vulgar. Recuerde lo que decía San Ambrosio: “Portarse con nobleza es una gran virtud”.

Se levantaban a las dos de la madrugada a rezar los salmos. Pasaban horas y horas rezando y meditando. Jamás comían carne. Dedicaban bastantes horas al trabajo manual, para que sus seguidores se convencieran de que el trabajo no es un rebajarse, sino un ser útil para la sociedad y un modo de imitar a Jesucristo que fue un gran trabajador, y hasta un método muy bueno para alejar tentaciones.

Benito era exigente y no permitía “vivir prendiéndole un vela a Dios y otra al diablo”, no permitía vivir en esa vida de retiro tan viciosamente como si se viviera en el mundo, estas reglas de austeridad les parecían muy duras, así que decidieron matarlo, echaron un fuerte veneno en la copa de vino que él se iba a tomar, el santo que bendecía siempre los alimentos y a las personas, bendijo la copa, esta se rompió y el veneno salió visiblemente de la copa.

Dedicó su vida al trabajo y al estudio, alejado del mundo y sus vicios, es el patrono de todas las ordenes monasticas, patrono de Europa, patrono de la iglesia, patron de la buena muerte, etc.

El 21 de marzo del año 543, estaba el santo en la Ceremonia del Jueves Santo, cuando se sintió morir. Se apoyó en los brazos de dos de sus discípulos, y elevando sus ojos hacia el cielo dijo: “Hay que tener un deseo inmenso de ir al cielo”, y murió.

1.000 años después en un proceso por brujería unas brujas confesaron que nunca habían podido hacer el mal en contra del convento fundado por san Benito, así que los clérigos se dedicaron a buscar y encontraron la medalla grabada en las paredes, como lo único inusual del lugar.
Esta medalla se convirtió de uso obligatorio para los religiosos por ser exorcista.

En 1880 la iglesia permitió que los laicos usaran la medalla debido a lo desatado que esta el mal en el mundo.

Opio del Pueblo?

 

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Por primera vez en la historia asistimos a una lucha fríamente calculada y cuidadosamente preparada contra todo lo que es divino (cf. 2 Tes 2, 4). Porque el comunismo es por su misma naturaleza totalmente antirreligioso y considera la religión como el “opio del pueblo”, ya que los principios religiosos, que hablan de la vida ultraterrena, desvían al proletariado del esfuerzo por realizar aquel paraíso comunista que debe alcanzarse en la tierra. (Pío XI. Encíclica Divini Redemptoris, n. 22, 19 de marzo de 1937)

Richard Wurmbrand – Era Karl Marx um Satanista?

COMUNISMO

Marx y satan

‘No hay ecología sin una adecuada antropología’

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Monseñor Reig Pla publica una carta pastoral explicando la encíclica del Papa Francisco «Laudato Si», explica en su Carta Pastoral que la llamada “Carta de la Tierra”, citada por el Papa, no puede ser aceptada por los católicos; “La Carta de la Tierra contiene en la literalidad de su redacción elementos radicalmente incompatibles con la Fe Católica”

Queridos hermanos:

El pasado 18 de junio fue presentada la segunda Carta encíclica de nuestro querido Papa Francisco, titulada “Laudato Si’ sobre el cuidado de la casa común” (LS). Las siguientes reflexiones son una invitación a descubrir los cimientos y poner de manifiesto los pilares de esta encíclica.

Una encíclica que profundiza en el Magisterio de la Iglesia Católica

La Carta encíclica Laudato Si’ del papa Francisco hay que leerla a la luz de las Sagradas Escrituras, la Tradición y el resto del Magisterio de la Iglesia, es decir, desde la hermenéutica de la continuidad. Las referencias en el cuerpo del texto y las 172 notas a pie de página son una fuente esencial para la comprensión no reduccionista de este texto del Papa. En lo referido a las Sagradas Escrituras, son muchos los textos de la Biblia que iluminan, con claridad y belleza, todo lo referido a la creación, al pecado y a la redención: el primero de ellos el libro del Génesis, y entre otros, el Libro de los Salmos, el Libro del profeta Daniel, el Libro de la Sabiduría, el Libro del Eclesiástico y, por su puesto, los santos Evangelios y el Apocalipsis. El Concilio Vaticano II, particularmente en la constitución pastoral Gaudium et spes, trata muchos aspectos relacionados con los contenidos de la encíclica. Por su parte, el Catecismo de la Iglesia Católicaaborda, al tratar del séptimo mandamiento (“no robarás”), la necesidad, y por tanto el mandato, de respetar la integridad de la creación (cf. C.E.C. nn. 2401-2463); en los números 279-421 se explica el Magisterio sobre la creación y el pecado original; y en los números 598-623 y 1987-2029 lo referido a la redención, la gracia y la justificación. Muy útil es, asimismo, la lectura del Catecismo Romano, sobre todo cuando, al tratar también el séptimo mandamiento, habla del robo, el fraude y la rapiña. Son también de obligada lectura para el caso que nos ocupa: la encíclica Pacem in terris del papa San Juan XXIII, la encíclica Populorum progressio y la carta apostólica Octogesima adveniens del papa Beato Pablo VI, lasCatequesis sobre el amor humano y las encíclicas Redemptor hominis, Centesimus annus, Sollicitudo rei socialis yLaborem exercens del papa San Juan Pablo II, la encíclica Caritas in veritate del papa Benedicto XVI, la encíclicaLumen fidei y la exhortación apostólica Evangelii gaudium, del papa Francisco. Por su parte, el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia nos ofrece una magnífica síntesis del Magisterio sobre la materia, especialmente en su capítulo décimo (nn. 451-487). Por último debo informar que, para ayudar a nuestros lectores, en la página web de la diócesis de Alcalá de Henares hemos preparado un portal en la que se pueden encontrar buena parte de los documentos de la Iglesia sobre la materia: www.obispadoalcala.org/ecologia.html

Los “cuatro niveles” de la encíclica

En poco tiempo, se ha escrito mucho sobre esta encíclica dedicada “al cuidado de la casa común”, es decir, a la “ecología integral”. En todo caso, para evitar malos entendidos, lo primero que hay que afirmar con el papa Francisco es que “la Iglesia no pretende definir las cuestiones científicas” (LS, 188). Aclarado esto, la presentación de la encíclica podría dividirse en, al menos, cuatro niveles:

a) Lo más subrayado en los medios de comunicación tiene que ver con todo lo referido a la contaminación, el cambio climático, la agresión al medio ambiente por parte del hombre, los riesgos de la manipulación genética, la necesidad de lo que ha venido en llamarse “desarrollo humano, sostenible e integral”, el llamamiento a “labrar y cuidar” el jardín del mundo, Sin duda, todo ello cuestiones de vital importancia para el presente y el futuro de la humanidad y de cada persona humana, varón o mujer.

b) Otros medios dan un paso más y destacan también la importancia en la encíclica de otros aspectos como por ejemplo: el concepto de “bien común”, el destino universal de los bienes, el principio de subsidiariedad, el “amor civil y político”, la solidaridad, la importancia del trabajo y del descanso, así como de la sanidad, la educación y la vivienda; la problemática de las migraciones, la grave “deuda social” con los pobres, el interesantísimo concepto de “deuda ecológica” particularmente entre el Norte y el Sur; la “cultura del descarte” (que incluye a la “cultura de la muerte”), las consecuencias de la divinización del paradigma tecnoeconómico-tecnocrático y su vinculación con la matanza de millones de personas producidas por parte del nazismo, el comunismo y otros regímenes totalitarios como los “estados-dictaduras de género” al servicio del dinero, del Nuevo Orden Mundial; la inseparabilidad de “la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior”, etc.

c) Pocos medios se hacen eco también de otros aspectos que enfatiza la encíclica como por ejemplo: la existencia de Dios-Padre que crea por amor; la verdad, el bien y la belleza de la que participa toda la creación y que tiene su origen en la Santísima Trinidad. Del mismo modo se llama la atención sobre el riesgo de divinizar-idolatrar la tierra y el resto de la creación, sobre “la obsesión por negar toda preeminencia a la persona humana” igualando a todos los seres vivos,

d) Sin embargo, lo que se pretende con las presentes reflexiones es una presentación de los distintos aspectos de la encíclica papal, contextualizando, en el marco más amplio de la adecuada antropología propuesta por el mismo Papa, todas las importantísimas cuestiones que se plantean en la encíclica. Para ello es necesario recopilar los textos más representativos de la encíclica del Santo Padre Francisco que apoyan su afirmación de que “no hay ecología sin una adecuada antropología” (LS, n. 79). Por su parte, el Concilio Vaticano II nos recordaba que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (Gaudium et spes, 22); por ello, es necesario poner de relieve que una antropología adecuada exige – como también nos recuerda el Papa Francisco – una cristología adecuada, una teología de la cruz – que es gloriosa – (cf. 2 Co 5, 14-21) y sin la cual la realidad creada se hace incomprensible; así dice el Papa Francisco: “una Persona de la Trinidad [Jesucristo] se insertó en el cosmos creado, corriendo su suerte con él hasta la cruz. Desde el inicio del mundo, pero de modo peculiar a partir de la encarnación, el misterio de Cristo opera de manera oculta en el conjunto de la realidad natural, sin por ello afectar su autonomía” (LS, n. 99).

Todo y por su orden: las claves de la encíclica

a) La justa jerarquización para poder comprender la realidad: cristología adecuada, antropología adecuada y tras ello todo lo demás

Sin duda, todas las cuestiones abordadas en la encíclica son importantes, pero, como nos recuerda el mismo papa Francisco, hay un orden que es esencial no perder de vista para poder entender el universo y cuidarlo; hay que empezar por los cimientos. Cristo es el centro de la fe cristiana, de la historia y del cosmos, pero también es el centro de la unidad de la Iglesia, de la predicación y del testimonio cristiano, de ahí la importancia esencial de una cristología adecuada; así lo explica el papa Francisco: “El fin de la marcha del universo está en la plenitud de Dios, que ya ha sido alcanzada por Cristo resucitado” (LS, n. 83), esta es la columna sobre la que se sustenta el cosmos. A continuación en el número 79 de la encíclica, el papa Francisco sigue jerarquizando: “la acción de la Iglesia no sólo intenta recordar el deber de cuidar la naturaleza, sino que al mismo tiempo «debe proteger sobre todo al hombre contra la destrucción de sí mismo»” ¿Proteger sobre todo al hombre contra la destrucción de sí mismo?: naturalmente, si nos destruimos a nosotros mismos – el pecado es la mayor destrucción – nos alejamos de Cristo y de todo lo que fue creado por Él y para Él (cf. Col 1,16); por eso el Papa insiste: “no hay ecología sin una adecuada antropología” (LS, n. 118). Estas son las claves de la encíclica, y de ellas se derivan los conceptos de ecología integral y ecología humana, por cierto, prácticamente intercambiables entre sí, pues la ecología si es integral es humana y si es verdaderamente humana es integral.

b) La antropología adecuada: creación, pecado, redención, gracia y conversión

La creación

El universo y cada varón y mujer no son fruto del azar. “Cuando la persona humana es considerada sólo un ser más entre otros, que procede de los juegos del azar o de un determinismo físico, «se corre el riesgo de que disminuya en las personas la conciencia de la responsabilidad»” (LS, n. 118). “¡Qué maravillosa certeza es que la vida de cada persona no se pierde en un desesperante caos, en un mundo regido por la pura casualidad o por ciclos que se repiten sin sentido!”(LS, n. 65). Dios crea por amor, un mundo bueno, ordenado y con un fin: “el destino de toda la creación pasa por el misterio de Cristo, que está presente desde el origen de todas las cosas: «Todo fue creado por él y para él» (Col 1,16)” (LS, n. 99).

El pecado

También el varón y la mujer fueron creados por Cristo y para Cristo. “El Creador puede decir a cada uno de nosotros: «Antes que te formaras en el seno de tu madre, yo te conocía» (Jr 1,5). Fuimos concebidos en el corazón de Dios, y por eso «cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario»” (LS, n. 65); por todo ello «la existencia humana se basa en tres relaciones fundamentales estrechamente conectadas: la relación con Dios, con el prójimo y con la tierra. Según la Biblia, las tres relaciones vitales se han roto, no sólo externamente, sino también dentro de nosotros. Esta ruptura es el pecado. La armonía entre el Creador, la humanidad y todo lo creado fue destruida por haber pretendido ocupar el lugar de Dios» (LS, n. 66). «La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes» (LS, n. 2); es decir, muchos problemas ecológicos tienen su origen en el pecado, del que es imposible salir por nuestras propias fuerzas.

La redención

Gracias a su “señorío universal” (LS, n. 100), Cristo nos rescata del pecado y de la muerte. Por eso el Papa nos recuerda: “«Dios quiso que en él [Cristo] residiera toda la Plenitud. Por él quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz» (Col 1,19-20). Esto nos proyecta al final de los tiempos, cuando el Hijo entregue al Padre todas las cosas y «Dios sea todo en todos» (1 Co 15, 28)” (LS, n. 100).

Lo verdaderamente extraordinario, la buena noticia que desea todo corazón humano es que lo que despuntará en la gloria final ya se nos da como prenda en la Eucaristía que es el cielo en la tierra. Como nos enseña el papa Francisco: “La Eucaristía une el cielo y la tierra, abraza y penetra todo lo creado. El mundo que salió de las manos de Dios vuelve a él en feliz y plena adoración. En el Pan eucarístico, «la creación está orientada hacia la divinización, hacia las santas bodas, hacia la unificación con el Creador mismo»” (LS, 236).

La necesidad de conversión

Naturalmente ser uno con Cristo exige, como explica el papa Francisco, “la conversión íntegra de la persona. Esto implica también reconocer los propios errores, pecados, vicios o negligencias, y arrepentirse de corazón, cambiar desde adentro” (LS, n. 218), pero ¿cómo puede ser posible esto si somos tan débiles?

La gracia

La gracia es la respuesta: “Dios (…) nos ofrece las fuerzas y la luz que necesitamos para salir adelante. En el corazón de este mundo sigue presente el Señor de la vida que nos ama tanto. Él no nos abandona, no nos deja solos” (LS, n. 245). Por Cristo fuimos creados y por Cristo hemos sido redimidos, todo lo demás que sea verdadero, bueno y bello encuentra aquí su origen.

c) Los conceptos de conversión ecológica, ecología integral y ecología humana

Conversión ecológica

En la exhortación apostólica Evangelii gaudium, el papa Francisco nos llamaba a una conversión pastoral que implica un “estado permanente de misión”, “una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual”. Ahora, el Papa nos propone una “conversión ecológica” (LS, nn. 5, 216-221), concepto que ha tomado del papa San Juan Pablo II, el cual explicaba que «no está en juego sólo una ecología “física”, atenta a tutelar el hábitat de los diversos seres vivos, sino también una ecología “humana”» (Catequesis, 17 enero 2001), lo que exige, a su vez, según el Santo Padre Francisco “la conversión íntegra de la persona” (LS, n. 218); más aún, según el Papa, “la conversión ecológica que se requiere para crear un dinamismo de cambio duradero es también una conversión comunitaria” (LS, n. 219), idea que nos remite al concepto de “estructura de pecado” con todas sus implicaciones (cf. San Juan Pablo II, Encíclicas Sollicitudo rei socialis, 36-37).

Ecología integral

Es la encarnación del Hijo de Dios (verdadero Dios y verdadero hombre) – su entrada corporal en la historia- , su pasión, su muerte en la cruz y su resurrección, lo que permite deducir el concepto de ecología integral; sin la comprensión global de la realidad – visible e invisible – esto sería imposible, ya que, como explica el papa Francisco, la “ecología integralrequiere apertura hacia categorías que trascienden el lenguaje de las matemáticas o de la biología y nos conectan con la esencia de lo humano” (LS, n. 11). Como lo exige la catolicidad, ningún aspecto de la realidad queda excluido del concepto de “ecología integral” que nos enseña el papa Francisco: la “ecología ambiental, económica y social” (LS, nn. 138-142), la “ecología cultural” (LS, nn. 143-146), la “ecología de la vida cotidiana”(LS, nn.147-154), y como hemos visto, sobre todo – hasta el punto de identificarse con el concepto de “ecología integral” – la “ecología humana” (LS, nn. 5, 155-162), inseparable, por cierto, de la importantísima noción de “bien común” (cf. LS, nn. 156-158). En todo caso, debe quedar claro que la “ecología integral” no es “ecologismo”, pues éste absolutiza la naturaleza y contesta al hombre – varón y mujer – como hecho a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 26).

Ecología humana

También la expresión ecología humana ha sido tomada de los textos del papa San Juan Pablo II. Para el papa Francisco resulta claro que el concepto de ecología integral carece de contenido sin el concepto de ecología humana, confirmando, a su vez, que la primera estructura fundamental a favor de la “ecología humana” es la familia: “se entiende aquí la familia fundada en el matrimonio, en el que el don recíproco de sí por parte del hombre y de la mujer crea un ambiente de vida en el cual el niño puede nacer y desarrollar sus potencialidades, hacerse consciente de su dignidad y prepararse a afrontar su destino único e irrepetible” (San Juan Pablo II, Centesimus annus, n. 39). Así lo explica el Papa Francisco, evocando a su predecesor: La familia “«es el ámbito donde la vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida de manera adecuada contra los múltiples ataques a que está expuesta, y puede desarrollarse según las exigencias de un auténtico crecimiento humano. Contra la llamada cultura de la muerte, la familia constituye la sede de la cultura de la vida». En la familia se cultivan los primeros hábitos de amor y cuidado de la vida. (…) La familia es el lugar de la formación integral, donde se desenvuelven los distintos aspectos, íntimamente relacionados entre sí, de la maduración personal” (LS, n. 213).

Algunos atentados contra la ecología humana. Papa Francisco: “Se pone poco empeño para «salvaguardar las condiciones morales de una auténtica ecología humana»” (LS, n. 5)

“Recordó [Benedicto XVI] que el mundo no puede ser analizado sólo aislando uno de sus aspectos, porque «el libro de la naturaleza es uno e indivisible», e incluye el ambiente, la vida, la sexualidad, la familia, las relaciones sociales, etc. Por consiguiente, «la degradación de la naturaleza está estrechamente unida a la cultura que modela la convivencia humana». El Papa Benedicto nos propuso reconocer que el ambiente natural está lleno de heridas producidas por nuestro comportamiento irresponsable. También el ambiente social tiene sus heridas. Pero todas ellas se deben en el fondo al mismo mal, es decir, a la idea de que no existen verdades indiscutibles que guíen nuestras vidas, por lo cual la libertad humana no tiene límites. Se olvida que «el hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza»” (LS, n. 6). “Se pone poco empeño para «salvaguardar las condiciones morales de una auténtica ecología humana»” (LS, n. 5). Con este convencimiento, el papa Francisco nos advierte:

a) Sobre el relativismo

“La cultura del relativismo es la misma patología que empuja a una persona a aprovecharse de otra y a tratarla como mero objeto, obligándola a trabajos forzados, o convirtiéndola en esclava a causa de una deuda. Es la misma lógica que lleva a la explotación sexual de los niños, o al abandono de los ancianos que no sirven para los propios intereses. Es también la lógica interna de quien dice: «Dejemos que las fuerzas invisibles del mercado regulen la economía, porque sus impactos sobre la sociedad y sobre la naturaleza son daños inevitables». Si no hay verdades objetivas ni principios sólidos, fuera de la satisfacción de los propios proyectos y de las necesidades inmediatas, ¿qué límites pueden tener la trata de seres humanos, la criminalidad organizada, el narcotráfico, el comercio de diamantes ensangrentados y de pieles de animales en vías de extinción? ¿No es la misma lógica relativista la que justifica la compra de órganos a los pobres con el fin de venderlos o de utilizarlos para experimentación, o el descarte de niños porque no responden al deseo de sus padres? Es la misma lógica del «usa y tira», que genera tantos residuos sólo por el deseo desordenado de consumir más de lo que realmente se necesita. Entonces no podemos pensar que los proyectos políticos o la fuerza de la ley serán suficientes para evitar los comportamientos que afectan al ambiente, porque, cuando es la cultura la que se corrompe y ya no se reconoce alguna verdad objetiva o unos principios universalmente válidos, las leyes sólo se entenderán como imposiciones arbitrarias y como obstáculos a evitar” (LS, n. 123).

b) Sobre la llamada salud reproductiva o cómo acabar con la pobreza eliminando a los pobres: anticoncepción, esterilización y aborto

“En lugar de resolver los problemas de los pobres y de pensar en un mundo diferente, algunos atinan sólo a proponer una reducción de la natalidad. No faltan presiones internacionales a los países en desarrollo, condicionando ayudas económicas a ciertas políticas de «salud reproductiva». Pero, «si bien es cierto que la desigual distribución de la población y de los recursos disponibles crean obstáculos al desarrollo y al uso sostenible del ambiente, debe reconocerse que el crecimiento demográfico es plenamente compatible con un desarrollo integral y solidario». Culpar al aumento de la población y no al consumismo extremo y selectivo de algunos es un modo de no enfrentar los problemas” (LS, n. 50).

c) Sobre el aborto y la manipulación-destrucción de embriones

“Dado que todo está relacionado, tampoco es compatible la defensa de la naturaleza con la justificación del aborto. No parece factible un camino educativo para acoger a los seres débiles que nos rodean, que a veces son molestos o inoportunos, si no se protege a un embrión humano aunque su llegada sea causa de molestias y dificultades: «Si se pierde la sensibilidad personal y social para acoger una nueva vida, también se marchitan otras formas de acogida provechosas para la vida social»” (LS, n. 120).

“Cuando no se reconoce en la realidad misma el valor de un pobre, de un embrión humano, de una persona con discapacidad –por poner sólo algunos ejemplos–, difícilmente se escucharán los gritos de la misma naturaleza. Todo está conectado. Si el ser humano se declara autónomo de la realidad y se constituye en dominador absoluto, la misma base de su existencia se desmorona, porque, «en vez de desempeñar su papel de colaborador de Dios en la obra de la creación, el hombre suplanta a Dios y con ello provoca la rebelión de la naturaleza»” (LS, n. 117).

“Es preocupante que cuando algunos movimientos ecologistas defienden la integridad del ambiente, y con razón reclaman ciertos límites a la investigación científica, a veces no aplican estos mismos principios a la vida humana. Se suele justificar que se traspasen todos los límites cuando se experimenta con embriones humanos vivos. Se olvida que el valor inalienable de un ser humano va más allá del grado de su desarrollo. De ese modo, cuando la técnica desconoce los grandes principios éticos, termina considerando legítima cualquier práctica. Como vimos en este capítulo, la técnica separada de la ética difícilmente será capaz de autolimitar su poder” (LS, n. 136).

d) Papa Francisco: “No es sana una actitud que pretenda «cancelar la diferencia sexual»” (LS, 155): sobre la ideología de género, teorías queer, etc.

Enseña el papa Francisco: “La ecología humana implica también algo muy hondo: la necesaria relación de la vida del ser humano con la ley moral escrita en su propia naturaleza, necesaria para poder crear un ambiente más digno. Decía Benedicto XVI que existe una «ecología del hombre» porque «también el hombre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo». En esta línea, cabe reconocer que nuestro propio cuerpo nos sitúa en una relación directa con el ambiente y con los demás seres vivientes. La aceptación del propio cuerpo como don de Dios es necesaria para acoger y aceptar el mundo entero como regalo del Padre y casa común, mientras una lógica de dominio sobre el propio cuerpo se transforma en una lógica a veces sutil de dominio sobre la creación. Aprender a recibir el propio cuerpo, a cuidarlo y a respetar sus significados, es esencial para una verdadera ecología humana. También la valoración del propio cuerpo en su femineidad o masculinidad es necesaria para reconocerse a sí mismo en el encuentro con el diferente. De este modo es posible aceptar gozosamente el don específico del otro o de la otra, obra del Dios creador, y enriquecerse recíprocamente. Por lo tanto, no es sana una actitud que pretenda «cancelar la diferencia sexual porque ya no sabe confrontarse con la misma»” (LS, n. 155).

“Si el ser humano no redescubre su verdadero lugar, se entiende mal a sí mismo y termina contradiciendo su propia realidad: «No sólo la tierra ha sido dada por Dios al hombre, el cual debe usarla respetando la intención originaria de que es un bien, según la cual le ha sido dada; incluso el hombre es para sí mismo un don de Dios y, por tanto, debe respetar la estructura natural y moral de la que ha sido dotado»” (LS, n. 115).

Algunas aclaraciones

a) Sobre “La Carta de la Tierra”

El papa Francisco cita en el número 207 de la encíclica unas líneas del último apartado de un documento llamado “La Carta de la Tierra” (CdT); dicho documento contiene elementos que un católico puede asumir sin problemas, como por ejemplo: «actuar con moderación y eficiencia al utilizar energía» (CdT, n. 7-b), o, y sin ir más lejos, la cita que el Santo Padre reproduce en su encíclica. Sin embargo, que el Papa cite unas frases aceptables, como expresión de diálogo, no quiere decir, en absoluto, que esté “canonizando” el documento.

El proyecto de La Carta de la Tierra comenzó como una iniciativa de las Naciones Unidas, pero se desarrolló y finalizó como una iniciativa “privada” con “apoyo” gubernamental. Tras un periodo de “consultas”, las recomendaciones y comentarios fueron enviados a un comité redactor creado por la Comisión de la Carta de la Tierra en diciembre de 1996. El profesor Steven C. Rockefeller fue nombrado por la Comisión para que dirigiera este comité. En tres ocasiones el comité redactor sostuvo reuniones estratégicas especiales de redacción con el propósito de revisar todos los comentarios para el proceso de consulta y preparó una serie de recomendaciones para la elaboración de un nuevo borrador. Estas tres reuniones fueron llevadas a cabo en el Centro de Conferencias Pocántico del Rockefeller Brothers Fund en las afueras de la Ciudad de Nueva York en 1997, 1999 y enero de 2000. En el año 2000, se concluyó el documento y la Comisión de la Carta de la Tierra la dio a conocer públicamente como una carta de los pueblos, durante una ceremonia el 29 de junio en el Palacio de Paz, en la Haya, Holanda. Creo que también es revelador conocer que una copia de la Carta de la Tierraescrita a mano en papiro está guardada en la llamada “Arca de la Esperanza” [sin comentarios] y que los cheques para financiar La Carta de la Tierra deben ser enviados, según la organización, a: “Rockefeller Philanthropy Advisors ATTN The Earth Charter Fund”. Toda esta información ha sido tomada de: www.earthcharterinaction.org.

Conocidos estos datos, debe quedar meridianamente claro que, además de todo lo que podríamos decir sobre su “inspiración”, “iconografía” y “propósitos”, La Carta de la Tierra contiene en la literalidad de su redacción elementos radicalmente incompatibles con la Fe Católica; a modo de ejemplo traigo aquí la definición panteísta (tipo New Age-Next Age) que dicho documento hace de la paz. La Carta de la Tierra afirma: «la paz es la integridad creada por relaciones correctas con uno mismo, otras personas, otras culturas, otras formas de vida, la Tierra y con el todo más grande, del cual somos parte» (CdT, n. 16-f). Además, La Carta de la Tierra asume y promueve explícitamente la ideología de género(CdT, nn. 11 y 12) y la llamada salud reproductiva (CdT, n. 7-e), que como todos sabemos, más allá de los eufemismos, incluye anticoncepción, esterilización y aborto.

b) Sobre el concepto de “desarrollo sostenible”

El concepto de “desarrollo sostenible” se plasmó oficialmente en un documento, allá en los años ochenta del siglo XX, en el seno de la Comisión Mundial para el Medio Ambiente y el Desarrollo; se le definió como aquel crecimiento económico que satisface las necesidades del presente sin comprometer las posibilidades de las generaciones futuras para satisfacer a sus necesidades propias. Esta es la razón por la que la encíclica del papa Francisco hace suyo dicho concepto tal y como viene haciendo el Magisterio de la Iglesia desde hace años, pues, en su literalidad bien entendida, la definición no plantea ningún problema. Sin embargo, pronto se comprobó que muchas instituciones escondían detrás de las nobles palabras “desarrollo sostenible” aspectos radicalmente inmorales como la anticoncepción, la esterilización o el aborto. Saber esto es importante, pues, hoy por hoy, – en prácticamente todos los casos – los organismos internacionales, gubernamentales y muchas ONG atribuyen un contenido al concepto «desarrollo sostenible»que no coincide con el de la Iglesia Católica. Esta es la razón por la que la Santa Sede por boca de su Delegado en la Conferencia Internacional sobre la Población y el Desarrollo de El Cairo de 1994 en la que se trató el tema del “desarrollo sostenible”, aclaró: “Nada de lo que la Santa Sede ha hecho para llegar a este consenso ha de entenderse o interpretarse como una aprobación de conceptos que no puede apoyar por razones morales. En especial, no ha de entenderse que la Santa Sede acepta el aborto o que ha cambiado, de algún modo, su posición moral sobre el aborto, los anticonceptivos y la esterilización, o sobre el uso de preservativos en los programas de prevención contra el VIH o el SIDA”. Últimamente, la Santa Sede, en los organismos internacionales, prefiere utilizar la expresión “desarrollo humano sostenible” para resaltar de un modo más incisivo su propuesta específica sobre la materia (cf.Intervención del Jefe Delegación de la Santa Sede en la 39 Sesión de la Conferencia de la FAO, Roma, 10 de junio de 2015). El papa Francisco matiza todavía más la expresión en la encíclica hablando de “desarrollo humano, sostenible e integral” (LS, n. 18). Para evitar confusiones invito a todos a usar esta misma expresión del Papa:“desarrollo humano, sostenible e integral”.

Conclusión

Debemos dar gracias a la Santísima Trinidad por el don del universo y de nuestra tierra, y muy particularmente por la creación de cada varón y de cada mujer que, respectivamente, en su masculinidad y femineidad, en la unidad sustancial cuerpo-espíritu, son imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 26). También debemos dar gracias a Dios por el papa Francisco que pedagógicamente quiere acercarnos a Cristo, simultáneamente Buen Samaritano y Maestro. A todos invito, de nuevo, a leer detenidamente la carta encíclica del Papa, rezando por él y por sus intenciones. Obedecer en todo a Cristo, cuyo Vicario en la tierra es el Papa, será nuestra salvación.

Que la Santísima Virgen María – Madre y Reina de todo lo creado -, su esposo San José – justo, generoso, trabajador, fuerte y tierno -, y San Francisco de Asís – celestial Patrono de los cultivadores de la ecología -, intercedan por todos, para que algún día podamos compartir en presencia de Dios “un cielo nuevo y una tierra nueva donde habitará la justicia” (2 P3, 13).

Con mi bendición y afecto,

+ Juan Antonio Reig Pla

Obispo Complutense