Dios te lo Concederá

bendicion

“El arcángel Miguel, cuando -oponiéndose al diablo- disputaba…dijo: “¡Que el Señor te reprenda!” [1]

Tú… cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. [2]

Pero pide con fe, sin vacilar; porque el que vacila es semejante al oleaje del mar, movido por el viento y llevado de una a otra parte. [3]

«Yo os aseguro: si tenéis fe y no vaciláis, no sólo haréis lo de la higuera, sino que si aún decís a este monte: “Quítate y arrójate al mar”, así se hará. Y todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo recibiréis.» [4]

No se fatigarán en vano ni tendrán hijos para sobresalto, pues serán raza bendita de Yahveh ellos y sus retoños con ellos. Antes que me llamen, yo responderé; aún estarán hablando, y yo les escucharé. [5]

Pero aun ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá.» [6]

Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. [7]

Líbrame de mis enemigos, Yahveh en ti me refugio; enséñame a cumplir tu voluntad, porque tú eres mi Dios; tu espíritu que es bueno me guíe por una tierra llana. [8]

Pues yo sé que esto servirá para mi salvación gracias a vuestras oraciones y a la ayuda prestada por el Espíritu de Jesucristo, conforme a lo que aguardo y espero, que en modo alguno seré confundido; antes bien, que con plena seguridad, ahora como siempre, Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte, [9]

«¡Mi refugio y fortaleza, mi Dios, en quien confío!»

Que él te libra de la red del cazador, de la peste funesta; con sus plumas te cubre, y bajo sus alas tienes un refugio: escudo y armadura es su verdad. No temerás el terror de la noche, ni la saeta que de día vuela. [10]

Yahveh, mi roca y mi baluarte, mi liberador, mi Dios; la peña en que me amparo, mi escudo y fuerza de mi salvación, mi ciudadela y mi refugio. [11]

El extiende su mano de lo alto para asirme, para sacarme de las profundas aguas; me libera de un enemigo poderoso, de mis adversarios más fuertes que yo. Me aguardaban el día de mi ruina, más Yahveh fue un apoyo para mí; me sacó a espacio abierto, me salvó porque me amaba. [12]

Cuando se acercan contra mí los malhechores a devorar mi carne, son ellos, mis adversarios y enemigos, los que tropiezan y sucumben.

Aunque acampe contra mí un ejército, mi corazón no teme; aunque estalle una guerra contra mí, estoy seguro en ella. Una cosa he pedido a Yahveh, una cosa estoy buscando: morar en la Casa de Yahveh, todos los días de mi vida, para gustar la dulzura de Yahveh y cuidar de su Templo. [13]

Levanta del polvo al humilde, alza del muladar al indigente para hacerle sentar junto a los nobles, y darle en heredad trono de gloria, pues de Yahveh los pilares de la tierra y sobre ellos ha sentado el universo. Guarda los pasos de sus fieles, y los malos perecen en tinieblas, (pues que no por la fuerza triunfa el hombre). [14]

“Mira que hoy te he convertido en plaza fuerte, en pilar de hierro, en muralla de bronce frente a toda esta tierra, así se trate de los reyes de Judá como de sus jefes, de sus sacerdotes o del pueblo de la tierra. Te harán la guerra, mas no podrán contigo, pues contigo estoy yo – oráculo de Yahveh – para salvarte.” [15]

Los ojos de Yahveh están sobre quienes le temen, sobre los que esperan en su amor, para librar su alma de la muerte, y sostener su vida en la penuria. [16]

(Pero) No os engañéis; de Dios nadie se burla. Pues lo que uno siembre, eso cosechará”.[17]

 

[1] Judas 1,9

[2] Mateo 6,6

[3] Santiago 1,6

[4] Mateo 21

[5] Isaías 65,23-24

[6] Juan 11,22

[7] Mateo 5,44-45

[8] Salmos 143,9-10

[9] Filipenses 1,19-20

[10] Salmos 91,2-5

[11] Salmos 18,3

[12] Salmos 18,17-20

[13] Salmos 27,2-4

[14] I Samuel 2,8-9

[15] Jeremías 1,18-19

[16] Salmos 33,18-19

[17] Gálatas 6,7

MÍSTICA DE LA PASIÓN DE JESÚS

muerte

MÍSTICA DE LA PASIÓN DE JESÚS

La Cruz que acompaña al Salvador desde Belén al Calvario sintetiza todo el misterio de Jesús “misterio del abandono”, Cristo entregado, Cristo abandonado en las manos de los hombres, que vive el abandono del Padre.
Aquí, pues, aparece toda la línea mística de la desolación interior, es decir, todas esas experiencias que los hombres que aman a Dios tienen a veces larga y amargamente, experiencias de un aparente abandono de Dios.
Quien pasa por estas experiencias dolorosísimas, purificadoras, terribles, dice que en el mundo no hay sufrimientos que se les puedan comparar: esto es, el sufrimiento de quien, habiendo puesto en Dios toda su esperanza, todo su amor, sufre momentos de oscuridad, de abandono, de soledad, de aridez.

«Señor mío Jesucristo, dos gracias te pido me concedas antes de mi muerte: la primera, que yo experimente en vida, en el alma y en el cuerpo, aquel dolor que tú, dulce Jesús, soportaste en la hora de tu acerbísima pasión; la segunda, que yo experimente en mi corazón, en la medida posible, aquel amor sin medida en que tú, Hijo de Dios, ardías cuando te ofreciste a sufrir tantos padecimientos por nosotros pecadores». Florecillas de san francisco.

En cuanto a mí ¡Dios me libre gloriarme si nos es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo! (Gál 6,14).

«Si eres incapaz de especular y contemplar los más profundos misterios, descansa en la Pasión de Jesús y mora de buen grado en sus sacrosantas llagas»

El tiempo de la gran prueba se acerca para “aquellos de entendimiento” ¿Y quiénes son los que van a ser probados? Son los justos, aquellos que son útiles al Señor, que caminan con Dios, ¡y tienen la sabiduría de Cristo!

“…mas el pueblo que conoce a su Dios se esforzará y actuará. …y en su caída serán ayudados de pequeño socorro. También algunos de los sabios caerán para ser depurados y limpiados para ser emblanquecidos hasta el tiempo determinado; porque aún para esto hay plazo.” (Daniel 11:32-35).

Cada uno tiene que pedir lo que cree poder hacer, nadie debe pedir lo que es superior a sus fuerzas.

«¡Oh, Señor! -exclamaba San Bernardo-, ¿en dónde podrá mi alma hallar consuelo después de haberte visto a Ti suspendido de una cruz?». «Fuera de Jesús -continuaba diciendo-, no hay cosa que me interese; sin Él, la vida carece de sentido. Mi mirada le busca en todas partes, y en todas las cosas le descubre. Y qué, ¿podría por ventura suceder de otra manera?». Y ya antes había dicho San Agustín: «Que Aquel que por vosotros fue clavado en una cruz, permanezca siempre fijo en vuestros corazones».

“Pedir lo que quiero: será aquí pedir dolor, aflicción y vergüenza porque el Señor va a la Pasión por mis pecados”. “La oscuridad del alma, su turbación, la inclinación a las cosas bajas y terrenas, la inquietud causada por varios tipos de agitaciones y tentaciones, cuando el alma está desanimada, sin esperanza, sin amor, y se encuentra perezosa, tibia, triste y como separada de su Creador y Señor” he aquí la cruz, misterio del abandono de Cristo, que está en el centro de la Pasión. San Ignacio de Loyola

«Nuestro Señor Jesucristo, cuyas huellas debemos seguir, llamó amigo a quien lo traicionaba y se ofreció espontáneamente a quienes lo crucificaron. Por lo tanto, son amigos nuestros todos aquellos que injustamente nos acarrean tribulaciones y angustias, afrentas e injurias, dolores y tormentos, martirio y muerte; a los cuales debemos amar mucho, porque, por lo que nos acarrean, tenemos la vida eterna» (1 Regla franciscana 22).

La cruz de la pobreza «porque Jesús se hizo pobre por nosotros en este mundo», (2 R 6,3). «Cuando sea necesario, vayan por limosna. Y no se avergüencen, sino más bien recuerden que nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios vivo omnipotente, puso su faz como roca durísima (Is 50,7), y no se avergonzó. Y fue pobre y huésped y vivió de limosna él y la bienaventurada Virgen y sus discípulos» (1 R 9).

Pues nadie abandona perfectamente el siglo mientras en el fondo de su corazón se reserva para sí la bolsa de los propios afectos» (LM 7,2).

David a menudo hablaba de que estaba siendo probado y juzgado: “yo sé Dios mío, que tu escudriñas los corazones y que la rectitud te agrada.” (1 Crónicas 29:17). “Tu has probado mi corazón, me has visitado de noche; me has puesto a prueba, y nada inicuo hallaste; he resuelto que mi boca no haga transgresión.” (Salmo 17:5).

 

La Pasión:

“El Clavo cuadrangular termina en una superficie redonda y plana del diámetro de diez céntimos de los tiempos pasados,(el verdugo) mira si el agujero ya practicado en la madera coincide con la juntura del radio y el cúbito en la muñeca. Coincide. El verdugo pone la punta del clavo en la muñeca, alza el martillo y da el primer golpe. Jesús, que tenía los ojos cerrados, al sentir el agudo dolor grita y se contrae, y abre al máximo los ojos, que nadan entre lágrimas. Debe sentir un dolor atroz… el clavo penetra rompiendo músculos, venas, nervios, penetra quebrantando huesos…

María responde, con un gemido que casi lo es de cordero degollado, al grito de su Criatura torturada; y se pliega, como quebrantada Ella, sujetándose la cabeza entre las manos. Jesús, para no torturarla, ya no grita. Pero siguen los golpes, metódicos, ásperos, de hierro contra hierro… y uno piensa que, debajo, es un miembro vivo el que los recibe.

La mano derecha ya está clavada. Se pasa a la izquierda. El agujero no coincide con el carpo. Entonces agarran una cuerda, atan la muñeca izquierda y tiran hasta dislocar la juntura, hasta arrancar tendones y músculos, además de lacerar la piel ya aserrada por las cuerdas de la captura. También la otra mano debe sufrir porque está estirada por reflejo y en torno a su clavo se va agrandando el agujero. Ahora a duras penas se llega al principio del metacarpo, junto a la muñeca. Se resignan y clavan donde pueden, o sea, entre el pulgar y los otros dedos, justo en el centro del metacarpo. Aquí el clavo entra más fácilmente, pero con mayor espasmo porque debe cortar nervios importantes (tanto que los dedos se quedan inertes, mientras los de la derecha experimentan contracciones y temblores que ponen de manifiesto su vitalidad). Pero Jesús ya no grita, sólo emite un ronco quejido tras sus labios fuertemente cerrados, y lágrimas de dolor caen al suelo después de haber caído en la madera” …”Ahora arrastran la cruz hasta el agujero. La cruz rebota sobre el suelo desnivelado y zarandea al pobre Crucificado. Izan la cruz, que dos veces se va de las manos de los que la levantan (una vez, de plano; la otra, golpeando el brazo derecho de la cruz) y ello procura un acerbo tormento a Jesús, porque la sacudida que recibe remueve las extremidades heridas.

Y cuando, luego, dejan caer la cruz en su agujero, oscilando además ésta en todas las direcciones antes de quedar asegurada con piedras y tierra, e imprimiendo continuos cambios de posición al pobre Cuerpo, suspendido de tres clavos, el sufrimiento debe ser atroz. Todo el peso del cuerpo se echa hacia delante y cae hacia abajo, y los agujeros se ensanchan, especialmente el de la mano izquierda; y se ensancha el agujero practicado en los pies. La sangre brota con más fuerza. La de los pies gotea por los dedos y cae al suelo, o desciende por el madero de la cruz; la de las manos recorre los antebrazos, porque las muñecas están más altas que las axilas, debido a la postura; y surca también las costillas bajando desde las axilas hacia la cintura. La corona, cuando la cruz se cimbrea antes de ser fijada, se mueve, porque la cabeza se echa bruscamente hacia atrás, de manera que hinca en la nuca el grueso nudo de espinas en que termina la punzante corona, y luego vuelve a acoplarse en la frente y araña, araña sin piedad”..

“Luego… adviene el último espasmo de Jesús. Una convulsión atroz, que parece quisiera arrancar del madero el cuerpo clavado con los tres clavos, sube tres veces de los pies a la cabeza recorriendo todos los pobres nervios torturados; levanta tres veces el abdomen de una forma anormal, para dejarlo luego, tras haberlo dilatado como por una convulsión de las vísceras; y baja de nuevo y se hunde como si hubiera sido vaciado; alza, hincha y contrae el tórax tan fuertemente, que la piel se introduce entre las costillas, que divergen y aparecen bajo la epidermis y abren otra vez las heridas de los azotes; una convulsión atroz que hace torcerse violentamente hacia atrás, una, dos, tres veces, la cabeza, que golpea contra la madera, duramente; una convulsión que contrae en un único espasmo todos los músculos de la cara y acentúa la desviación de la boca hacia la derecha, y hace abrir desmesuradamente y dilatarse los párpados, bajo los cuales se ven girar los globos oculares y aparecer la esclerótica. Todo el cuerpo se pone rígido. En la última de las tres contracciones, es un arco tenso, vibrante, verlo es tremendo. Luego, un grito potente, inimaginable en ese cuerpo exhausto, estalla, rasga el aire; es el “gran grito” de que hablan los Evangelios y que es la primera parte de la palabra “Mamá”… Y ya nada más…

La cabeza cae sobre el pecho, el cuerpo hacia delante, el temblor cesa, cesa la respiración. Ha expirado”.

Maria Valtorta

 

LOS ÁNGELES Y EL DEMONIO

janmot-louis-le-poeme-de-l-ame-3-l-ange-et-la-mere

Los_Angeles_y_el_Demonio_del_Mediodia

Fr. Armando Díaz, O. P

Hoy reina la modalatría, el imperio de lo efímero, de lo pasajero y perecedero. En este tema de los ángeles, como en cualquier otro, no se debe buscar lo “novedoso”, sino lo eternamente nuevo, lo permanente. “Pero si nosotros mismos o un ángel del cielo os anuncia un evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema”. (Gal. 1, 8), o aquello de: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mat. 24, 35; cfr. Jn. 6, 68-69).

La curiosidad, es querer saber, no por amor a la verdad, sino por un deseo desordenado.

 

EL DEMONIO DEL MEDIODÍA Y LA ACEDIA

“¿No es milicia la vida del hombre sobre la tierra?” (Job, 7-1).

La existencia de todo hombre se presenta en una cierta exigencia de superación. Quien no se vence a sí mismo es un ser muerto, esclavo de las creaturas. En esto observamos que “las cosas muertas pueden ser arrastradas por la corriente; en cambio, sólo algo vivo puede ir contra la corriente” .

Dios crea al hombre para los bienes superiores, para realizar los grandes combates espirituales. Esta exigencia comienza desde el momento del nacimiento. “La aventura suprema es nacer. Nos encontramos de repente en una trampa espléndida y estremecedora. Ahí vemos de verdad algo que jamás habíamos soñado antes. Nuestro padre y nuestra madre están al acecho, esperándonos, y saltan sobre nosotros como si fueran bandoleros detrás de un matorral”. “La aventura suprema de nacer” dice orden y relación a la aventura suprema de conquistar el Cielo y a las luchas espirituales que todo cristiano debe realizar.

Es necesario combatir no solamente contra sí mismo, contra la carne, sino también contra el demonio, el gran tentador. El buen cristiano debe vestirse con las armaduras espirituales. “Vestíos de toda armadura de Dios para que podáis resistir a las insidias del diablo; que no es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires. Tomad, pues, la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo y vencido todo, os mantengáis firmes. Estad, pues, alerta, ceñidos vuestros lomos con la verdad, revestida la coraza de la justicia y calzados los pies, prontos para anunciar el evangelio de la paz. Embrazad en todo momento el escudo de la fe, con que podáis apagar los encendidos dardos del maligno. Tomad el yelmo de la salvación y la espada del espíritu, que es la Palabra de Dios” (Ef. 6, 11-17).

El verdadero discípulo, si ama coherentemente al Señor, debe esperar ser probado por El. Estamos en un valle de lágrimas, en un ámbito de pruebas, que se convertirá por el tiempo en el vino nuevo en el que se embriagarán los que triunfan en el Señor. El cristiano, al unirse a Cristo en la cruz, es un agónico. Lo agónico no hay que tomarlo simplemente como alguien que sufre, sino que es algo más. Agonía, del griego: agón, es lucha, combate. Agonistés es el combatiente, el luchador.

El cristiano es este ser agónico, es el que lucha, combate; el combate está en la naturaleza misma de su condición; sea que actúe, entonces es protagónico, o que enfrente y es antagónico. No debe quedarse a la orilla del camino como un espectador frío y calculador, sino entrar en el campo de batalla, sea que participe como protagonista o sea como antagonista combatiendo el error y haciendo crecer el bien.

En el escenario de la lucha, que es el mundo y también la propia alma, se encuentran los verdaderos aliados y, por otro lado, los enemigos. El auxilio principal, más excelso y poderoso, es Nuestro Señor Jesucristo.

Casiano, por ejemplo, imagina al Señor presidiendo los combates del asceta como juez y árbitro (cfr. Col. 7, 20). S. Jerónimo presenta a Cristo como general, rey y emperador que anima al que lucha, que está con él y que lucha por él. Y en otro lugar le dice a los monjes de Belén: “Jesús mismo, nuestro jefe, tiene una espada y siempre avanza delante de nosotros, y lucha por nosotros, y vence a los adversarios”.

En realidad, su triunfo es nuestro triunfo: Victoria Domini triumphus servorum est: La Victoria del Señor es el triunfo de sus siervos. El mismo que en la guerra es nuestro escudo protector, será luego nuestra corona: quasi scutum protegit, quasi Deus coronat: ipse est scutum nostrum, ipse est corona nostra.

San Antonio abad, en medio de sus luchas y combates, le preguntaba al Señor: “¿Dónde estabas? ¿Por qué no te has aparecido desde el principio para hacer cesar mis dolores?”. Y una voz le responde: “Estaba allí, Antonio. Esperaba para verte combatir” . Y junto a la ayuda de nuestro Señor, de la Virgen María -Reina de los combatientes en el Señor- se encuentran los ángeles. “El aire está lleno de santos ángeles que luchan por nosotros”, escribe Evagrio.

En la Biblia, y muy particularmente en el Apocalipsis, vemos a los espíritus celestiales combatir contra Satán y sus huestes en auxilio de los fieles (cfr. Ap. 12, 7 y ss).

Y ahora pasemos al enemigo del alma: el demonio.

Es importante conocer algo acerca de él para vencerlo.

EL DIABLO

Antes de entrar al tema del demonio del mediodía, es fundamental explicar ¿quién es el demonio? y ¿cómo actúa? La respuesta tiene sentido. El demonio, ángel caído, rebelde y enemigo de Dios, ejercita un cierto influjo en todas las almas, tentándolas y buscando hacerlas caer en el pecado. Es causa extrínseca del mal; ataca desde afuera, insinuando y sugiriendo cosas malas. Aunque es necesario recordar el principio teológico que nos ha de orientar en estos problemas: la acción del demonio se limita a la parte sensitiva de nuestra alma, y no puede obrar directamente sobre nuestra inteligencia ni sobre nuestra voluntad.

Santo Tomás dice en sustancia: “Así como todo agente obra por un fin que le es proporcionado, del mismo modo el orden o la subordinación de los agentes corresponde al orden de los fines; ahora bien, Dios sólo pudo ordenar nuestra inteligencia y voluntad a la verdad y al bien universal y en último término a El mismo, que es el soberano Bien; por consiguiente, sólo El puede obrar inmediatamente sobre nuestra inteligencia y voluntad según su natural inclinación, que viene de El y El la conserva” (Suma Teológica. I, 105, 4; I-II, 109, 6) Solus Deus illabitur in anima.

Mas, cuando Dios lo permite, puede el demonio embestirnos, actuando sobre nuestra imaginación, sobre nuestra sensibilidad, sobre los objetos externos y sobre nuestro cuerpo, para inclinarnos al mal (cfr. S. Teol. I-II, 80). Limítase de ordinario a la tentación, mediante sugestiones y movimientos más o menos impetuosos; pero su acción llega algunas veces hasta la obsesión y en ciertos casos hasta la posesión. Y además, por su maldad, ejercita una cierta capitalidad con los que obran el mal. Es el rex superborum: rey de los soberbios.

Sto. Tomás se pregunta, en este sentido, si el demonio es cabeza de los malos y da la siguiente respuesta: “Ya se vio que la cabeza no sólo ejerce una influencia interna en los miembros, sino que también los gobierna externamente, dirigiendo sus actos a un fin. Así, pues, puede darse a uno el título de cabeza de una multitud, bien según ambos aspectos, o sea el influjo interior y el gobierno exterior (y así ocurre con Cristo cuando decimos que es cabeza de la Iglesia); bien según el gobierno exterior tan sólo (y así cualquier príncipe o prelado es cabeza de la multitud sometida a él). En este último sentido se dice que el demonio es cabeza de todos los malos, pues, al decir Job, es “el rey de los hijos de la soberbia”. Ahora bien, es propio del gobernarte conducir a su propio fin a todos aquellos que gobierna.

El fin del demonio es apartar de Dios a la criatura racional; por eso desde el principio buscó separar al hombre de la obediencia a Dios. Este apartamiento de Dios tiene razón de fin cuando se lo desea como una liberación, según dice Jeremías: “Rompiste el yugo y las cadenas, y dijiste: No serviré”. Cuando, pues, los hombres pecando se dirigen a ese fin, caen de lleno bajo el régimen y el gobierno del demonio. Y por esto se le llama cabeza de ellos.”(S. Teol. III, 8, 7).

La única manera de romper la capitalidad diabólica es no pecando y sometiéndose a Dios en todo; por ello debemos recordar que nuestra lucha principal no es “contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades…” (Ef. 6-12). Una lucha sin tregua. Y, ahora, para mejor ordenar las cosas, vamos a exponer algunos puntos acerca de este tema.

EL DEMONIO ¿QUIÉN ES?

El posee distintos nombres. Aparece como Satanás o Satán (Job, 1, 6), que significa el Adversario o el Acusador (Ip. 12, 12). Es la serpiente que tienta a nuestros primeros padres, haciéndolos caer (Gén. 3, 1); y a Nuestro Señor, (S. Mt. 4, 1-11; Mc.1, 12-13; Lc. 4, 1-13), por quien sale derrotado. El Apocalipsis lo hace sinónimo del Dragón, del diablo, (Ap. 12, 9; 20, 2). Es el seductor del mundo entero, arrojado a la tierra con sus ángeles.

Lucha contra S. Miguel, el ángel del Señor; es lo contrario a este santo ángel, pues Miguel significa: ¿Quién como Dios?; lo contrario al grito del demonio, que es, Non serviam: no serviré (Jer. 2, 20). El demonio es denominado por Cristo “el príncipe de este mundo” (cfr. Jn. 12, 31; 14, 30; 16, 11). Es el Maligno, bajo cuyo poder yace el mundo entero (Jn. 5, 19). Los demonios son espíritus caídos. Fueron creados por Dios como ángeles buenos, pero se levantaron contra El. Quisieron prescindir de Dios, no someterse a El.

El profeta Isaías describe la caída de este lucero brillante. “¿Cómo caíste del cielo, lucero brillante, hijo de la aurora, echado por tierra el dominador de las naciones? Y tú decías en tu corazón: subiré a los cielos, en lo alto, sobre las estrellas del cielo, elevaré mi trono y me sentaré en el monte de la asamblea, en las profundidades de Aquilón. Subiré sobre las cumbres de las nubes, y seré igual al Altísimo. Pues bien, al seol has bajado, a las profundidades del abismo” (Is. 14, 12-15); leemos en la carta de San Judas: “A los ángeles que no guardaron su principado y abandonaron su propio domicilio los reservó con vínculos eternos bajo tinieblas para el juicio del gran día”.

San Pedro habla de los “ángeles que pecaron” (II Pedro 2, 4), y que “Dios no perdonó -observa San Juan- sino que, precipitándonos en el Tártaro, los entregó a las cavernas tenebrosas, reservándolos para el juicio” (I Jn. 3, 8). Pero los demonios, antes de pecar y condenarse, de elegir en contra Dios, eran buenos. La Iglesia, en el Concilio Lateranense IV (1215) enseña que el diablo (o Satanás), y los otros demonios fueron “creados buenos por Dios, pero se han hecho malos por su propia voluntad”. Se condenaron porque quisieron.

La S. Escritura dice que “el diablo desde el principio peca” (I Jn. 3, 8), y es “homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad, porque la verdad no estaba en él” (Jn. 8, 44). El demonio, que es un ser perverso y pervertidor, recibe distintos nombres, según las Sagradas Escrituras.

El Papa Juan Pablo II dice en sus Catequesis: “Encontramos muchos otros nombres que describen sus nefastas relaciones con el hombre: “Belcebú” o “Belial”, “espíritu inmundo”, “tentador”, “maligno” y finalmente  “anticristo”.

Se le compara a un “león”, a un “dragón” y una “serpiente”. Muy frecuentemente para nombrarlo se ha usado el nombre “diablo” del griego diabollein (del cual “diabolos”), que quiere decir: causar la destrucción, dividir, calumniar, engañar. Y a decir verdad todo esto sucede desde el comienzo por obra del espíritu maligno que es presentado en la Sagrada Escritura como una persona, aunque se afirma que no está solo: “somos muchos”, gritaban los diablos a Jesús en la reunión de los gerasenos; “el diablo y sus ángeles”, dice Jesús en la descripción del juicio futuro.” …

Ascetica

ascetica

Se denomina ascetismo o ascética a la doctrina religiosa que busca purificar el espíritu por medio de la negación de los placeres materiales o abstinencia.

Indica el ejercicio -físico, intelectual y moral- realizado con un cierto método en orden a un progreso: esfuerzo y método.

El ascetismo sirvió a los llamados padres del desierto para alcanzar una unión más perfecta con Dios, “Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas” (GS 13).

El progreso espiritual no depende directamente del esfuerzo ascético, ni es directamente proporcional al mismo; Dios es el que infunde el aumento de la fe, de la esperanza y de la caridad.

La vía purgativa Consiste en la purgación de la memoria, entendida como potencia del alma, para limpiarla de los apegos sensitivos que provienen del cuerpo.

“Hay que perder el gusto por el apetito de las cosas”. San Juan de la Cruz

La vía iluminativa El alma se halla ya limpia. El demonio tienta entonces y el alma debe soportar todo tipo de tentaciones.

La vía unitiva Es el éxtasis místico: Dios se une a su criatura y le revela un conocimiento y un placer sin límites. Puede manifestarse con los llamados estigmas.

En los comienzos de la vida espiritual hay que proceder a una purificación y a una rectificación de modos de sentir y de juzgar.

Se trata de la conversión, fijada en el Evangelio: buscar primero el reino de Dios y su justicia y esforzarse con este fin en vivir el programa definido por las bienaventuranzas.

En lo que se refiere a la formación de la oración, hay que tener modos de proceder más o menos metódicos, cuya finalidad es conducir a la concentración espiritual y encaminarse al descubrimiento de la palabra de Dios, podemos decir que todos los esfuerzos del hombre deben apuntar a  disponerlo para que se beneficie de la acción santificante de Dios, para habituar al alma a buscar y encontrar a Dios y, una vez habituado a esta disposición de alma, pueda hacerlo con frecuencia.

“En general, al hombre no le gusta rezar. Es fácil que sienta al rezar una sensación de aburrimiento, un embarazo, una repugnancia, incluso una hostilidad. Cualquier otra cosa le parece más atractiva y más importante. Dice que no tiene tiempo, que tiene otras obligaciones urgentes; pero apenas se ha desentendido de rezar se entrega a hacer las cosas más inútiles. El hombre debe dejar de engañar a Dios y a sí mismo. Es mucho mejor decir abiertamente: `no quiero rezar’ a usar semejantes argucias. Es mucho mejor no atrincherarse tras justificaciones como la de estar demasiado cansado, y decir clara y abiertamente: `no tengo ganas’. La impresión que se obtiene no es demasiado buena y revela toda la mezquindad del hombre; pero es verdad, y partiendo de la verdad se avanza mucho más fácilmente que partiendo del disimulo”‘. Romano Guardini