Actas Martires

LOS MÁRTIRES DE LA IGLESIA


1. Premisa: los mártires, testigos y maestros de la fe

2. Las Actas de los Mártires

3. La fuente principal de las Actas de los Mártires: Eusebio de Cesarea

3.1 Los mártires de Alejandría de Egipto
3.2 Los mártires de la Tebaida
3.3 Los mártires de Tiro de Fenicia
3.4 Los mártires del Ponto
3.5 Martirio de santa Sinforosa y sus siete hijos
3.6 Martirio de los santos Tolomeo, Lucio y otro
3.7 Martirio de san Máximo
3.8 Martirio de los santos escilitanos
3.9 Martirio de los cristianos de Alejandría
3.10 Martirio de san Marino centurión
3.11 Martirio de san Euplio diácono
3.12 Los cuarenta mártires de Sebastia
3.13 Martirio de san Simeón
3.14 Martirio de san Policarpo
3.15 Martirio de los santos Carpo, Papilo y Agatonice
3.16 Martirio de san Apolonio
3.17 Martirio de san Pionio
3.18 Mártires sin fin
3.19 Martirio de san Conón
3.20 Martirio de los santos Samonas y Gurias

4. ¿Cuántos fueron los mártires?

5. La memoria de los mártires, perenne testimonio del amor a Cristo y a la Iglesia

6. Los mártires, testigos radicales


1. Premisa: los mártires, testigos y maestros de la fe


    Para vivir en nuestros días hace falta mucho coraje. Hay tantos motivos de preocupación y tantas angustias, aun cuando, después de todo, es también lindo vivir en este tiempo tan cargado de esperanzas para un mañana más sereno y más humano.
Muchos arriesgan incluso la vida para defender sus ideas y su libertad, y no faltan ejemplos luminosos de heroísmo.
También el cristiano está obligado a arriesgar para permanecer tal. ¿No es acaso verdad que en algunas partes de la humanidad hay todavía opresión y persecución que obligan a quien quiere permanecer fiel a Cristo a vivir oculto, como en tiempos de persecución? Y a menudo, una vez descubierto, paga cara semejante fidelidad.
También donde no se llega a esos extremos, hay siempre una persecución escondida: te boicotean, te obstaculizan de mil maneras, se mofan de ti, sólo porque quieres ser cristiano en serio.
Esta persecución, sin embargo, no es una novedad. Desde que Cristo fue colgado en la cruz, empezó una historia que dura ya dos mil años: la de los mártires cristianos que no conocerá nunca la palabra “fin”. Lo dijo él mismo: “Me han perseguido a mí, los perseguirán también a ustedes”. Es una nota característica y perenne de la Iglesia de Cristo: es Iglesia de Mártires.
Pero hay páginas en esta historia que merecen gran atención, y son las que se refieren a los mártires de los primeros siglos de la Iglesia cristiana, cuando la sangre fue derramada en mayor abundancia.
Es muy útil, o más bien necesario, volver a esta historia (adviértase: es historia verdadera, no leyenda; historia documentable, no fábulas o mitos), porque es una historia que se vuelve escuela: en ella aprenderemos a ser nosotros también, intrépidos en profesar la fe y valientes en superar las pruebas de nuestro martirio, sea cual sea.

2. Las Actas de los Mártires


    Las Actas de los Mártires son los documentos oficiales y más antiguos de la Iglesia de las persecuciones, porque son relaciones contemporáneas de los sucesos narrados. Son las actas de los procesos contra los cristianos, llamadas “Actas proconsulares”, porque el magistrado era de ordinario un procónsul; son las narraciones de los testigos oculares; son las “pasiones epistolares”, es decir, las cartas circulares sobre los mártires enviadas por una Iglesia a las otras comunidades cristianas, y las “pasiones narrativas” dictadas en parte por los mismos mártires.
Las Actas de los Mártires han sido referidas en máxima parte por Eusebio de Cesarea (siglos III-IV) en su “Historia Eclesiástica” y en la obra “Los Mártires de Palestina”; por Lactancio (s. III-IV) en “De mortibus persecutorum”; en las Cartas y en el tratado “De Lapsis” de san Cipriano (s. III); en las Apologías de los escritores griegos y latinos y en los Panegíricos pronunciados por los grandes oradores cristianos, como Ambrosio, Agustín, Máximo de Turín, Pedro Crisólogo en Occidente, y Basilio, Gregorio de Nisa y Juan Crisólogo en Oriente.
Las Actas de los Mártires eran leídas en el día de su fiesta, durante la celebración eucarística. En efecto, la memoria o recuerdo del mártir se funda en el memorial de Cristo, porque la pasión del mártir renueva la única pasión del Señor, su muerte y resurrección.

3. La fuente principal de las Actas de los Mártires es Eusebio de Cesarea


    Nacido en Cesarea de Palestina alrededor del año 265 y educado en la escuela del docto Pánfilo, recibió una sólida formación intelectual, sobre todo histórica. Fue elegido obispo de su ciudad y llegó a ser el hombre más erudito de su tiempo. Escribió muchas obras de teología, de exégesis, de apologética, pero su obra más importante fue la “Historia Eclesiástica“, en 10 libros, que son el fruto de 25 años de continua y apasionada investigación histórica.
En los primeros 7 libros narra la historia de la Iglesia de los orígenes hasta el año 303. Los libros 8° y 9° se refieren a la persecución iniciada por Diocleciano en el 303 y terminada en Occidente en el 306 y continuada en Oriente por Galerio hasta el Edicto de tolerancia del 311 y la muerte de Maximino (313). El libro 10° describe la recuperación de la Iglesia hasta la victoria de Constantino sobre Licinio y la unificación del imperio (323).
Antes todavía de esta obra, Eusebio había recogido y transcrito una vasta documentación (actas de los procesos de los mártires, “pasiones”, apologías, testigos de particulares y de las comunidades) también respecto de los mártires anteriores a la persecución de Diocleciano, en la obra “Colección de los antiguos Mártires“, que se perdió, pero que él había en parte incorporado en su “Historia eclesiástica”.
Salido indemne de la persecución de Diocleciano (303-311), Eusebio fue de la misma un testigo de excepcional importancia, porque asistió personalmente a destrucción de iglesias, quema de libros sagrados y escenas salvajes de martirio en Palestina, en Fenicia y hasta en la lejana Tebaida en Egipto y de eso dejó una conmovedora memoria de gran valor histórico.
A pesar de lagunas y errores, la “Historia eclesiástica” sigue siendo “la obra histórica más conocida y digna de fe y a menudo la única fuente de información que nos queda” (Angelo Penna, en la “Enciclopedia Cattolica”, Città del Vaticano, 1950, vol. V, p. 842-854).

    Presentamos aquí, en fiel traducción, una pequeña antología de los autores nombrados acerca de los antiguos mártires. Conoceremos así cómo nuestros primeros hermanos en la fe sabían sufrir y afrontar por Cristo la tortura y la muerte.

El martirio es una constante en la Iglesia de los orígenes.
Los mártires recordados en esta breve reseña, pertenecen a siglos diversos, a diferentes categorías de personas, extracción social y nacionalidad; representan a toda la Iglesia. Son hombres y mujeres; ricos y pobres; ancianos (Simeón tiene 120 años) y jóvenes (los 7 “hijos” de Sinforosa); eclesiásticos (Simeón, Policarpo, Acacio, Carpo, Sagaris, obispos; Pionio, sacerdote; Euplio y Papilo, diáconos) y laicos: Apolonio, senador; Máximo, comerciante; Conón, jardinero; los cuarenta mártires de Sebaste, legionarios; Marino, centurión; Sinforosa y Agatonice, madres de familia; nobles (como Apolonio) y gente común del pueblo (como Conón y a veces cristianos desconocidos).
Todos han testimoniado con el sacrificio cruento de la vida su fidelidad a Cristo.
Las Actas de los Mártires narran la historia más verdadera de la Iglesia de los orígenes.

3.1. Los mártires de Alejandría de Egipto


” de una carta de Filea a los habitantes de Tmuis”

Filea, obispo de la Iglesia de Tmuis, ciudad al este de Alejandría, era famoso por los cargos civiles desempeñados en patria, por los servicios prestados y además por la cultura filosófica. Joven, noble, riquísimo; tenía mujer e hijos, quienes parece cierto que eran paganos. Desde la cárcel escribió una carta en la que describe los estragos de cristianos a los que había asistido personalmente, y ensalza el valor y la fe de los mártires. Sufrió el martirio por decapitación en el 306.

“Fieles a todos estos ejemplos, sentencias y enseñanzas que Dios nos dirige en las divinas y sagradas Escrituras, los bienaventurados mártires que vivieron con nosotros, sin sombra de incertidumbre fijaron la mirada del alma en el Dios del universo con pureza de corazón y, aceptando en el espíritu la muerte por la fe, respondieron firmemente a la llamada divina, encontrando a nuestro Señor Jesucristo, que se hizo hombre por amor nuestro, a fin de cortar el pecado en las raíces y proveernos el viático para el viaje hacia la vida eterna. El Hijo de Dios, en efecto, si bien poseía naturaleza divina, no pensó en valerse de su igualdad con Dios, sino que prefirió aniquilarse a sí mismo, tomando la naturaleza de esclavo, hecho semejante a los hombres, y como hombre se humilló hasta la muerte y muerte de cruz (Flp 2, 6-8).
Por lo tanto, los mártires portadores de Cristo, aspirando a los más grandes carismas, afrontaron todo sufrimiento y todo género de torturas concebidas contra ellos, y no una sola vez, sino también una segunda vez; y ante las amenazas que los soldados a porfía arrojaban contra ellos con las palabras y con los hechos, no revocaron su convicción, porque ‘el amor perfecto elimina el temor’ (1 Jn 4, 18). ¿Qué discurso alcanzaría a narrar su virtud y su coraje ante cada prueba?
Entre los paganos, cualquiera que lo quisiese podía insultar a los mártires y entonces algunos los golpeaban con bastones de madera, otros con varas, otros con látigos, otros con correas de cuero, otros más con sogas. El espectáculo de los tormentos era sumamente variado y en extremo cruel.
Algunos con las manos atadas, eran colgados de una viga, mientras aparatos mecánicos tironeaban en todos los sentidos sus miembros; entonces los verdugos, tras orden del juez aplicaban sobre el cuerpo los instrumentos de tortura; y no solo sobre el costado, como se acostumbraba con los asesinos, sino también sobre el vientre, sobre las piernas, sobre las mejillas. Otros, colgados fuera del pórtico desde una sola mano, por la tensión de las articulaciones y de los miembros sufrían el más atroz de los dolores.
Otros eran atados a las columnas con el rostro dirigido el uno hacia el otro, sin que los pies tocaran el suelo, pero, por el peso del cuerpo las junturas forzosamente se estiraban en la tracción.
Soportaban todo esto, no solo mientras el gobernador se entretenía hablando con ellos en el interrogatorio, sino casi durante toda la jornada. Cuando, en efecto, el gobernador pasaba a examinar a otros, ordenaba a sus dependientes que espiaran atentamente por si acaso alguno, vencido por los tormentos, aludía a ceder; e imponía hostigarlos inexorablemente también con cadenas y cuando, después de esto, estuvieran muertos, tirarlos abajo y arrastrarlos por el suelo.
Esta, en efecto, fue la segunda tortura, concebida contra nosotros por los adversarios: no tener ni siquiera una sombra de consideración hacia nosotros, sino pensar y obrar como si nosotros ya no existiéramos. Hubo también quienes, después de sufrir otras violencias, fueron colocados sobre el cepo con los pies abiertos hasta el cuarto agujero, de manera que necesariamente quedaban supinos sobre el cepo, porque no podían estar erguidos a causa de las profundas heridas recibidas en todo el cuerpo con los golpes.
Otros más, tirados al suelo, yacían vencidos por el peso de las torturas, ofreciendo a los espectadores de manera mucho más cruel la vista de la violencia ejercida contra ellos, porque mostraban en todo el cuerpo las señales de las torturas.
En esta situación, algunos morían entre los tormentos, cubriendo de vergüenza al adversario con su constancia; otros, medio muertos, eran encerrados en la cárcel donde expiraban pocos días después sucumbiendo a los dolores; los restantes, finalmente, recuperada la salud gracias a los cuidados médicos, con el tiempo y el contacto con los compañeros de prisión cobraban un coraje renovado.
Así pues, cuando el edicto imperial había concedido la facultad de elegir: o acercarse a los impíos sacrificios y no ser molestados, obteniendo de las autoridades del mundo una libertad perversa, o no sacrificar y aceptar la pena capital, sin alguna vacilación los cristianos corrían alegres hacia la muerte.
Sabían, en efecto, lo que nos ha sido predestinado y anunciado por las sagradas Escrituras: ‘Quien sacrifica -dice el Señor- a los dioses extranjeros será exterminado’ (Ex 22, 19) y ‘No tendrás a otro Dios fuera de mí’ (Ex 20, 3) “.

Concluye san Eusebio: “Tales son las palabras que el mártir, verdaderamente sabio y amigo de Dios, escribía desde la cárcel a los fieles de su Iglesia antes de la sentencia capital, describiendo la situación en que se hallaba y exhortándolos a permanecer firmes en la fe en Cristo también después de su muerte, que era próxima” (Historia Eclesiástica, VIII, 10).

3.2. Los mártires de la Tebaida (Egipto)

“No hay palabras que alcancen a decir las torturas y los dolores que sufrieron los mártires de la Tebaida, lacerados en todo el cuerpo con cascos en vez de garfios, hasta que expiraban, y las mujeres que, atadas en alto por un pie y tironeadas hacia abajo por la cabeza mediante poleas, con el cuerpo enteramente desnudo, ofrecían a las miradas de todos el más humillante, cruel, deshumano de los espectáculos.
Otros morían encadenados a los troncos de los árboles. Per medio de aparatos, en efecto, los verdugos doblaban, reuniéndolas, las más duras ramas y ataban a cada una de ellas las piernas de los mártires: dejaban luego que las ramas volvieran a su posición natural, produciendo por lo tanto un total descuartizamiento de los hombres contra quienes concebían tales suplicios.
Todas estas cosas no ocurrieron durante unos pocos días o por breve tiempo, sino que duraron por un largo período de años; cada día eran muertas alguna vez más de diez personas, otra vez más de veinte, otras veces no menos de treinta, o hasta alrededor de sesenta. En un solo día fueron hechos morir cien hombres, seguramente con sus hijitos y esposas, ajusticiados a través de una secuencia de refinadas torturas.
Nosotros mismos, presentes en el lugar de la ejecución, constatamos que en un solo día eran muertos en masa grupos de sujetos, en parte decapitados, en parte quemados vivos, tan numerosos que hacían perder vigor a la hoja del hierro que los mataba e incluso la rompían, mientras los verdugos mismos, cansados, se veían obligados a turnarse.
Contemplamos entonces el brío maravilloso, la fuerza verdaderamente divina y el celo de los creyentes en Cristo, Hijo de Dios. Apenas, en efecto, era pronunciada la sentencia contra los primeros condenados, otros desde varios lugares acudían corriendo al tribunal del juez declarándose cristianos, prontos a someterse sin sombra de vacilación a las penas terribles y a los múltiples géneros de tortura que se preparaban contra ellos.
Valientes e intrépidos en defender la religión del Dios del universo, recibían la sentencia de muerte con actitud de alegría y risa de júbilo, hasta el punto que entonaban himnos y cantos y dirigían expresiones de agradecimiento al Dios del universo, hasta el momento en que exhalaban el último aliento.
Maravillosos, en verdad, estos cristianos, pero aun más maravillosos aquellos que, gozando en el siglo de una brillante posición, por la riqueza, la nobleza, los cargos públicos, la elocuencia, la cultura filosófica, pospusieron todo esto a la verdadera religión y a la fe en el Salvador y Señor nuestro, Cristo Jesús” (Eusebio, Historia Eclesiástica,VII, 9).

3.3. Los mártires de Tiro de Fenicia

“Admirables fueron también aquellos que testimoniaron su fe en su propia tierra, donde por millares, hombres, mujeres y niños, despreciando la vida presente, afrontaron varios géneros de muerte por la enseñanza de nuestro Salvador.
Algunos fueron quemados vivos, después de haber sido sometidos a raspaduras, garfios, latigazos y miles de otras refinadas torturas, terribles ya solo al escucharlas.
Otros fueron arrojados al mar, otros ofrecieron valientemente la cabeza a los verdugos, otros murieron entre las mismas torturas o extenuados por el hambre.
Otros más fueron crucificados: algunos en la forma que se acostumbraba en caso de ladrones, otros de un modo aun más cruel, es decir, clavados con la cabeza hacia abajo y vigilados hasta tanto vivieran, es decir, hasta que murieran de hambre en los mismos patíbulos” (Eusebio: Historia Eclesiástica,VIII, 8)

3.4. Los mártires del Ponto (Asia menor)


“En las ciudades del Ponto los mártires sufrieron padecimientos terribles: a algunos con cañas puntiagudas les fueron traspasados los dedos desde la extremidad de las uñas; para otros se hacía licuar el plomo y, cuando la materia ardía y hervía, era derramada sobre las espaldas de la víctima, y las partes vitales del cuerpo eran quemadas.
Otros más, en sus miembros más íntimos y en las entrañas sufrieron torturas repugnantes, crueles, intolerables aun solo al escucharlas, que los ilustres jueces, custodios de la ley, concebían llenos de celo, desenfundando toda su perversidad, como si hubiera sido una sabiduría especial, y rivalizando el uno con el otro para superarse en inventos crueles, como quien se disputa los premios de una competición.
El colmo de las calamidades se abatió sobre los cristianos cuando las autoridades paganas, cansadas del exceso de los estragos y muertes, hartas de la sangre derramada, asumieron una actitud que, según ellos, era de mansedumbre y benignidad, de suerte que parecía que no habrían concebido ningún otro castigo terrible contra nosotros.
En efecto, no era justo -decían- manchar con la sangre de los ciudadanos enteras ciudades, ni obrar de manera que se culpara de crueldad a la suprema autoridad de los soberanos, benévola y suave con todos; por el contrario, había que extender a todos el beneficio del humano poder imperial, no condenando más a nadie a la pena capital: por la indulgencia de los emperadores, en efecto, fue abolida esta pena con respecto a nosotros.
Se ordenó entonces arrancarles los ojos a nuestros hermanos y estropearles una pierna, porque esto, según los paganos, era un acto de humanidad y la más leve de las penas que podían sernos infligidas.
A consecuencia de tal ‘generosidad’ de los impíos soberanos, no era posible enumerar la multitud de personas a las que con la espada les habían cortado y luego cauterizado el ojo derecho. A otros con hierros candentes les estropeaban el pie izquierdo justamente bajo la articulación y después los asignaban a las minas de cobre de cada provincia, no tanto para que pudieran producir una utilidad, sino para aumentar la miseria y desventura de su situación. Además de los martirizados de esta manera, había otros sometidos a otras pruebas que ni siquiera es posible nombrar, porque las ‘proezas’ cumplidas contra nosotros superan toda descripción.
Habiéndose distinguido en estas pruebas en toda la tierra, los nobles mártires de Cristo impresionaron vivamente a todos aquellos que fueron testigos de su valor, y a través de su conducta ofrecieron pruebas evidentes de la secreta y verdaderamente divina fuerza de nuestro Salvador. Sería demasiado largo, por no decir imposible, recordar el nombre de cada uno” (Eusebio, Historia Eclesiástica,VIII, 12)

3.5. Martirio de santa Sinforosa y sus siete hijos


La construcción de la villa Adriana en Tívoli estaba terminada alrededor del año 135 y por lo tanto a ese tiempo puede remontarse el martirio de santa Sinforosa, inmolada como víctima propiciatoria en los “acostumbrados infames ritos paganos” de la consagración de la morada imperial.
El trozo que habla de su martirio muestra a un emperador Adriano mal dispuesto hacia el cristianismo (habían pasado los tiempos de las mansas instrucciones al procónsul Minucio Fundano) y propenso a creer en las calumnias de los sacerdotes paganos.
El mismo emperador, no un funcionario suyo, llama a la mujer, trata de inducirla a renegar de su fe y hace otro tanto con los hijos. 

“El emperador Adriano se había hecho fabricar un palacio y quería consagrarlo con los acostumbrados nefandos ritos paganos. Empezó pidiendo con sacrificios oráculos a los ídolos y demonios que habitan en ellos y esta fue la respuesta: ‘La viuda Sinforosa, con sus siete hijos, nos lastima todos los días invocando a su Dios. Por lo tanto, si ella, con sus siete hijos, va a sacrificar según nuestro rito, les prometemos a ustedes concederles todo lo que pidan’.
Adriano entonces la hizo encarcelar con los hijos y de una manera insinuante trataba de exhortarlos a sacrificar a los dioses. Pero Sinforosa le dijo: ‘Mi esposo Getulio y su hermano Amacio, mientras militaban en tu ejército como tribunos, afrontaron tantos géneros de torturas por no avenirse a sacrificar a los ídolos y, semejantes a atletas valientes, con su muerte vencieron a los demonios. Prefirieron, en efecto, hacerse decapitar antes que dejarse vencer, sufriendo la muerte que, aceptada por el nombre de Cristo, les causó ignominia en el mundo de los hombres apegados a los intereses terrenales, pero en la asamblea de los ángeles les dio honor y gloria eterna. Se pasean ahora entre los ángeles y, levantando los trofeos de su pasión, gozan en el cielo de la vida eterna con el eterno rey’.

Así le respondió el emperador a santa Sinforosa: ‘O sacrificas con tus hijos a los dioses omnipotentes, o te hará inmolar a ti misma con tus hijos’.
Replicó santa Sinforosa: ‘¿De dónde me viene semejante gracia: merecer ser ofrecida como víctima a Dios juntamente con mis hijos?’ Repuso el emperador: ‘Yo te haré sacrificar a mis dioses’.
La bienaventurada Sinforosa respondió: ‘Tus dioses no pueden aceptarme en sacrificio, pero si voy a ser inmolada en nombre de Cristo mi Dios, tendré el poder de incinerar a tus demonios’.
Dijo entonces el emperador: ‘Elige una de estas dos propuestas: o sacrificas a mis dioses, o vas a morir de muerte trágica’.
Le respondió Sinforosa: ‘Tú crees que mi propósito puede cambiar por algún temor, mientras que mi más vivo deseo es reposar en paz junto a mi esposo Getulio, a quien tú hiciste morir por el nombre de Cristo’.
El emperador Adriano la hizo entonces conducir al templo de Hércules y ahí primero la hizo abofetear, y después colgar de los cabellos. Viendo, sin embargo, que de ninguna manera y con ningua amenaza lograba hacerla desviar de su propósito , le hizo atar una piedra al cuello y la hizo ahogar en el río.
El hermano Eugenio, quien desempeñaba un cargo en la curia de Tívoli, recogió su cuerpo y lo hizo sepultar en la periferia de esa ciudad.
El día después, el emperador Adriano hizo llamar a su presencia, contemporáneamente, a todos los siete hijos de ella. Cuando vio que de ninguna manera, ni con halagos ni con amenazas, lograba inducirlos a sacrificar a los dioses, hizo plantar siete palos alrededor del templo de Hércules y, con la ayuda de máquinas, hizo fijar ahí a los jóvenes. Después los hizo matar: Creciente, traspasado en la garganta; Juliano en el pecho, Nemesio en el corazón; Primitivo en el ombligo; Justino en las espaldas; Estracteo en el costado; Eugenio desgarrado de pies a cabeza.
El emperador Adriano, habiendo ido el día siguiente al templo de Hércules, hizo sacar de ahí sus cuerpos y los hizo sepultar en una profunda fosa, en una localidad que los pontífices llamaron ‘A los siete ajusticiados’.
Después de esto hubo en la persecución una tregua de un año y seis meses: en ese tiempo se dio honrada sepultura a los cuerpos de los mártires y se levantaron tumbas para aquellos cuyos nombres están escritos en el libro de la vida.
El dies natalis (= día del nacimiento al cielo) de los santos mártires cristianos Sinforosa y sus siete hijos se celebra quince días antes de las calendas de agosto (= 17 de julio). Sus cuerpos reposan sobre la vía Tiburtina, a unas ocho millas de Roma, bajo el reinado de nuestro Señor Jesucristo, a quien se debe honor y gloria en los siglos de los siglos. Amén” (F. Cardulo, Acta Symphorosae et sociorum, Roma, 1588).

3.6. Martirio de los santos Tolomeo, Lucio y otro


El trozo siguiente está sacado de la segunda Apología de Justino que le fue inspirada por el proceso contra tres cristianos que tuvo lugar en Roma en el 162 o 163, siendo prefecto Urbino. Poco posterior al episodio, la narración procede apretada, sin divagaciones o adornos retóricos, pero de la trama descarnada de los hechos emerge una calurosa defensa del cristianismo.
¿Por qué condenar a personas cuya fe se traduce en una austera regla de vida y en el rechazo de toda culpa contra la naturaleza? Este es el sentido de las palabras del mártir Lucio, y este el espíritu de Justino, quien pocos años después confirmaría él también su fe con la sangre.

“Vivía una mujer, esposa de un hombre licencioso, licenciosa primeramente también ella. Pero, cuando llegó a conocer las enseñanzas de Cristo, no solo empezó a llevar una vida más pura, sino que intentó también convencer al marido a que se convirtiera, hablándole de la nueva doctrina y anunciándole el castigo del fuego eterno para todos aquellos que llevan una vida impura y sin rectos principios.
El marido, en cambio, persistiendo en su desenfreno, se enajenó con su mala conducta el ánimo de la mujer, de manera que ella, considerando inmoral vivir el resto de sus días al lado de un hombre que trataba de sacar placer de las relaciones conyugales contra las leyes de la naturaleza y contra la justicia, decidió separarse de él.
La disuadieron sus parientes, quienes le aconsejaban tener paciencia todavía, en la esperanza de que el marido cambiara de vida: ella, por lo tanto, se dio ánimo y quedó a su lado.
Posteriormente se le refirió que el marido, quien había viajado a Alejandría, cometía culpas aun más graves que en el pasado; la mujer entonces no quiso volverse cómplice de sus desvergüenzas e impiedades quedando a su lado como esposa y compartiendo con él el lecho y la mesa: le dio, pues, lo que ustedes llaman ‘el libelo de repudio’ y se divorció.
Esa flor de marido, en lugar de alegrarse del hecho de que la mujer, que antes en las orgías de la borrachera se entregaba a los criados y mercenarios, había dejado estas culpables costumbres e incluso quería inducirlo a él a que hiciera otro tanto, despechado por el divorcio que ella había obtenido sin su consentimiento, la denunció ante el tribunal como cristiana.
La mujer entonces te presentó a ti, señor, un memorial, en el que pedía ante todo que le fuera concedido administrar sus propios bienes y, sucesivamente, defenderse de la acusación, después de arreglar sabiamente sus cosas, y tú se lo concediste.
El marido, no pudiendo más obrar contra la mujer, dirigió su acusación contra cierto Tolomeo, maestro de ella en la doctrina cristiana. Esta fue su táctica: persuadió a un centurión amigo suyo, quien había metido en la cárcel a Tolomeo, a que lo tomara de sorpresa y le dirigiera esta simple pregunta: ‘¿Eres tú cristiano?’
Tolomeo, sincero y ajeno a todo subterfugio, admitió serlo y en consecuencia el centurión lo hizo encadenar y torturar en la cárcel por largo tiempo. Finalmente, cuando el hombre fue conducido ante Urbico, se le dirigió la misma pregunta, es decir, si era cristiano: nuevamente Tolomeo, consciente del bien que le provenía a él de la enseñanza de Cristo, confesó ser maestro de la divina virtud.
En efecto, quien niega cualquier verdad, o la niega porque la desprecia o rehúsa reconocerla porque se considera indigno y lejos de los deberes que ella implica, pero ninguna de estas dos actitudes condice con un cristiano sincero.
Cuando Urbico ordenó que Tolomeo fuera conducido al suplicio, cierto Lucio, cristiano él también, viendo la locura de un proceso realizado de esa manera, le gritó a Urbico: ‘¿Por qué motivo has condenado a muerte a este hombre, no culpable de adulterio, ni de fornicación, ni de asesinato, ni de robo, ni de rapiña, ni de cualquier otro crimen, sino tan solo de haberse confesado cristiano? Tu modo de juzgar, Urbico, ¡es indigno del emperador Antonino Pío, indigno del hijo de César, que es amigo de la sabiduría, indigno, en fin, del santo senado!’
Sin pronunciar respuesta, Urbico dijo a Lucio: ‘Me parece que tú también eres cristiano’. Porque Lucio asintió calurosamente, Urbico lo hizo conducir al suplicio. El mártir declaró que era una gracia para él, porque sabía que dejaba el mundo de los malvados por la morada del Padre celestial.
Y un tercero que llegó de improviso a declararse cristiano fue igualmente condenado a muerte” (San Justino, Apología de la religión cristiana, I, 2).

3.7. Martirio de san Máximo durante el imperio de Decio (249-251)


Máximo era un cristiano de Asia Menor. Lo conocemos tan solo por el documento de su martirio. El se había voluntariamente denunciado como cristiano, con una actitud que la Iglesia no aprobaba del todo, pero fue valiente y superó la prueba.

“El emperador Decio, queriendo expulsar y abatir la ley de los cristianos, emanó edictos en todo el orbe, en los que intimaba a todos los cristianos abandonar al Dio vivo y verdadero y sacrificar a los demonios; quien no hubiera querido obedecer, debía someterse a los suplicios.
En ese tiempo Máximo, varón santo y fiel al Señor, espontáneamente se declaró cristiano: era un plebeyo y ejercía el comercio. Arrestado, fue conducido ante el procónsul Optimo, en Asia.
El procónsul le preguntó: ‘¿Cómo te llamas?’
El respondió: ‘Me llamo Máximo’.
Preguntó el procónsul: ‘¿Cuál es tu condición?’
Respondió Máximo: ‘Soy plebeyo y vivo de mi comercio’.
Dijo el procónsul: ‘¿Eres cristiano?’
Respondió Máximo: ‘Por más que sea pecador, soy cristiano’.
Dijo el procónsul: ‘¿No conoces los decretos de los muy insignes soberanos que han sido promulgados recientemente?’
Preguntó Máximo: ‘¿Qué decretos?’
Explicó el procónsul: ‘Los que ordenan que todos los cristianos, abandonada su vana superstición, reconozcan al verdadero soberano al que todo está sometido, y adoren a sus dioses’.
Repuso Máximo: ‘He llegado a conocer el inicuo decreto emanado por el soberano de este mundo y justamente por esto me he declarado públicamente cristiano’.
Le ordenó el procónsul: ‘Sacrifica a los dioses’.
Replicó Máximo: ‘Yo no sacrifico sino al solo Dios a quien me glorío de haber sacrificado ya desde mi niñez’.
Insistió el procónsul: ‘Sacrifica, para que estés salvo. Si te rehúsas, te hago morir entre torturas de todo género’.
Repuso Máximo: ‘Es precisamente lo que siempre he deseado: justamente por esto, en efecto, me he declarado cristiano, para obtener la vida eterna, una vez liberado de esta infeliz existencia temporal’.
Entonces el procónsul lo hizo golpear con varas y, mientras era golpeado, le decía: ‘Sacrifica, Máximo, para librarte de estos tormentos’.
Replicó Máximo: ‘No son tormentos, sino unciones, estos que me son inferidos por el amor a nuestro Señor Jesucristo. Si, en efecto, me alejara de los preceptos de mi Señor, en los cuales he sido instruido por medio de su evangelio, me aguardarían los verdaderos y perpetuos tormentos de la eternidad’.
El procónsul entonces lo hizo poner sobre el caballete y, mientras era torturado, le decía insistentemente: ‘¡Enmiéndate de tu necedad, miserable, y sacrifica, para salvar tu vida!’
Máximo respondió: ‘Tan solo si no sacrifico, salvo mi vida; si sacrifico, en cambio, seguramente la pierdo. Ni las varas, ni los garfios, ni el fuego me procurarán dolor, porque vive en mí la gracia de Dios, que me salvará para siempre con las oraciones de todos los santos quienes, luchando en este género de combate, han superado la locura de ustedes y nos han dejado nobles ejemplos de valor’.
Después de estas altivas palabras, el procónsul pronunció la sentencia contra él, diciendo: ‘La divina clemencia ha dado la orden de que, para infundir temor a los otros cristianos, sea apedreado el hombre que no ha querido dar su asentimiento a las sagradas leyes, que le imponían sacrificar a la gran diosa Diana’.
Así el atleta de Cristo fue arrastrado afuera por los ministros del diablo, mientras daba gracias a Dios Padre por Jesucristo Hijo suyo, que lo había juzgado digno de superar al demonio en la lucha.
Sacado fuera de las murallas, aplastado por las piedras, exhaló su espíritu.
El siervo de Dios Máximo padeció el martirio en la provincia de Asia dos días antes de los idus de mayo, durante el imperio de Decio y el proconsulado de Optimo, reinando nuestro Señor Jesucristo, a quien se le tributa gloria en los siglos de los siglos. Amén” (de la Passio del mártir, en BHL -Bibliotheca Hagiographica Latina- , II, p. 852)

3.8. Martirio de los santos escilitanos (en Numidia, Africa septentrional)


El proceso contra los cristianos de Escilio tuvo lugar en el verano del 180 d. de J. C., cuando desde hacía pocos meses era emperador Cómodo, y se puede considerar una secuela de las persecuciones estalladas bajo el predecesor Marco Aurelio. La fe cristiana probablemente se había difundido ya desde hacía unos cincuenta años en el Africa proconsular y había llegado incluso a los pequeños centros: Escilio era justamente una aldea de Numidia.
El texto latino del que se reproduce aquí la traducción es contemporáneo de los hechos; quizás es el acta misma del proceso, a la que el transcriptor añadió tan solo la última parte. Es el primer testimonio sobre el tributo de sangre que los cristianos de Africa entregaron a la Iglesia y es el documento más antiguo que se conozca en la literatura cristiana latina.

“Siendo cónsules Presente, por segunda vez, y Claudiano, dieciséis días antes de las calendas de agosto (= el 17 de julio), fueron convocados a la presencia de la autoridad judiciaria Esperato, Nartzalo, Citino, Donata, Segunda y Vestia.
El procónsul Saturnino les dijo: ‘Pueden merecer la indulgencia de nuestro soberano, si vuelven a pensamientos de rectitud’.
Esperato respondió: ‘No hemos hecho nada malo, no hemos cometido ninguna iniquidad, ni hablado mal de nadie, por el contrario hemos siempre devuelto bien por mal; obedecemos, pues, a nuestro emperador’.
Dijo todavía el procónsul Saturnino: ‘También nosotros somos religiosos y sencilla es nuestra religión. Juramos por el genio de nuestro soberano y dirigimos a los dioses súplicas por la salvación de él , cosa que también ustedes han de hacer’.
Respondió Esperato: ‘Si me prestas atención con calma, te explicaré el misterio de la sencillez’.
Replicó Saturnino: ‘No te voy a escuchar en esta iniciación en la que ofendes nuestros ritos; juren más bien por el genio de nuestro soberano’.
Respondió Esperato: ‘Yo no conozco el poder del siglo, sino que estoy sujeto a ese Dios al que ningún hombre vio jamás ni puede ver con sus ojos. No cometí nunca un robo, sino que cada vez que concluyo un negocio pago siempre el tributo, porque obedezco a mi soberano y emperador de los reyes de todos los siglos’.
El procónsul Saturnino dijo a los otros: ‘Desistan de tal convicción’.
Repuso Esperato: ‘Es un mal sistema amenazar con matar si no se jura en falso’.
Dijo también el procónsul Saturnino: ‘No adhieran a esta locura’.
Dijo Citino: ‘No hemos de temer a nadie sino a nuestro Señor que está en los cielos’.
Añadió Donata: ‘Honor a César como soberano, pero temor, a Dios solamente’.
Prosiguió Vestia: ‘Soy cristiana’.
Dijo Segunda: ‘Lo que soy, yo quiero ser’.
El procónsul Saturnino le preguntó a Esperato: ‘¿Persistes en declararte cristiano?’
Respondió Esperato: ‘Soy cristiano’ y todos asintieron a sus palabras.
Preguntó también el procónsul Saturnino: ‘¿Quieren un poco de tiempo para decidir?’
Respondió Esperato: ‘En una cuestión tan claramente justa, la decisión ya está tomada’.
Preguntó después el procónsul Saturnino: ‘¿Qué tienen en esa cajita?’
Respondió Esperato: ‘Libros y las cartas de san Pablo, varón justo’.
Dijo el procónsul: ‘Tienen una prórroga de treinta días para reflexionar’.
Esperato repitió: ‘Soy cristiano’, y todos estuvieron de acuerdo con él.
El procónsul Saturnino leyó el decreto de lo actuado: ‘Se decreta que sean decapitados Esperato, Nartzalo, Citino, Donata, Vestia, Segunda y todos los demás que han declarado vivir según la religión cristiana, porque, a pesar de serles dada facultad de tornar a las tradiciones romanas, lo han rehusado obstinadamente’.
Esperato dijo: ‘Demos gracias a Dios’. Nartzalo añadió: ‘Hoy seremos mártires en el cielo. ¡Sean dadas las gracias al Señor!’
El procónsul Saturnino hizo proclamar la sentencia por el pregonero: ‘Esperato, Nartzalo, Citino, Veturio, Félix, Aquilino, Letancio, Genara, Generosa, Vestia, Donata, Segunda han sido condenados a la pena capital’.
Dijeron todos: ‘¡Sean dadas las gracias a Dios!’ y en seguida fueron degollados por el nombre de Cristo” (de las Actas de los mártires escilitanos, publicadas por primera vez por C. Baronio en los Annales Ecclesiastici, 1588-1607).


3.9. Los mártires de Alejandría durante la persecución de Decio (249-251)


(Carta de san Dionisio a Fabio, obispo de Antioquía)

“Entre nosotros la persecución no tuvo comienzo con el edicto imperial, sino que, por el contrario, fue retardada de un año entero, hasta cuando llegó a esta ciudad cierto adivino y tejedor de embustes, que agitó y excitó contra nosotros a la multitud de los gentiles, atizando su superstición congénita.
Excitados por él e impulsados a sacar de su desenfrenado libertinaje todo género de impiedad, consideraban único acto de devoción y culto hacia sus dioses el asesinarnos a nosotros.
La primera víctima fue un anciano, de nombre Metra, al que apresaron y trataron de obligar a blasfemar; puesto que no se rindió a sus imposiciones, lo golpearon y le traspasaron el rostro y los ojos con cañas puntiagudas, después lo condujeron a un suburbio de la ciudad y lo lapidaron.
Una mujer, llamada Quinta, fue conducida ante el altar de los ídolos, donde los paganos intentaron obligarla a un acto de adoración, pero apenas ella apartó la cabeza con una profunda sensación de disgusto, la ataron y la arrastraron por los pies a través de la entera ciudad, tirándola contra las gruesas piedras del duro adoquinado. Y después de conducirla a la misma localidad suburbana, la lapidaron.
Después de esto, los paganos se lanzaron todos juntos a las casas de los cristianos e irrumpiendo en las moradas que cada uno sabía que pertenecían a los propios vecinos, cumplieron toda clase de latrocinios y saqueos. Apartaban con cuidado los objetos más preciosos, mientras echaban de la ventana y quemaban por las calles los más toscos y los fabricados con madera.
El espectáculo que daban parecía el de una ciudad tomada por los enemigos. Los hermanos trataban de huir y esconderse y acogieron con alegría también el saqueo de sus bienes, semejantes a aquellos de quienes dio testimonio el apóstol Pablo (Heb 10, 34).
No sé si en esa circunstancia hubo alguien, a no ser que se tratara de una persona caída entre las garras de los adversarios, que renegara de Cristo.
Otra nobilísima víctima fue la anciana virgen Apolonia. Los paganos la arrestaron, le hicieron caer todos los dientes dándole puñetazos en las mejillas, y después, encendido un fuego delante de la ciudad, amenazaron con quemarla viva si no pronunciaba con ellos las impías palabras, que eran el mensaje de la blasfemia pagana.
La mujer, en cambio, después de pedir vivamente que le dejaran disponer de un breve tiempo, apenas se vio libre saltó inmediatamente sobre el fuego y quedó abrasada.
Serapión fue arrestado en su casa; lo sometieron a duros tormentos, le quebraron los huesos y finalmente lo arrojaron con la cabeza hacia abajo desde el piso superior.
No podían recorrer ninguna calle, ni ancha ni angosta, ni de noche ni de día, sin oír siempre y en todas partes los gritos de la multitud que, si alguien no entonaba en coro con ellos palabras impías, lo arrastraban y luego lo quemaban vivo.
Por mucho tiempo la persecución se mantuvo con este tono de violencia, hasta que la sedición y la guerra civil, que remplazaron a las anteriores desventuras, indujeron a los paganos a dirigir el uno contra el otro la crueldad que antes habían descargado sobre nosotros. Vivimos tranquilos por algún tiempo, mientras los paganos habían puesto una tregua al odio contra nosotros, pero muy pronto nos fue anunciada la noticia del cambio del poder imperial, antes tan benévolo, y se encendió nuevamente con la máxima intensidad el terror de una nueva amenaza contra nuestra comunidad.
Fue promulgado el edicto, que fue casi el más terrible entre todos aquellos que predijera nuestro Señor, y tal como para hacer sufrir escándalo, de ser posible, también a los elegidos. Por cierto, todos quedaron profundamente turbados. Entre las personas más conocidas en la ciudad, algunas adhirieron a las órdenes del edicto por miedo, otras, que ocupan cargos públicos, fueron empujadas a obedecer al edicto por su misma posición, otras más fueron impulsadas por sus familiares.
Llamados por su nombre, algunos se acercaban pálidos y temblorosos a los sacrificios impíos y sacrílegos, como si no fueran a sacrificar, sino que ellos mismos fueran las víctimas destinadas a los ídolos; entre tanto el gentío que merodeaba alrededor de los altares paganos se burlaba de ellos, porque mostraban claramente tener miedo, tanto de la muerte como del sacrificio.
Otros, en cambio, corrían con desenfado a los altares, declarando descaradamente que no eran cristianos y no lo habían sido tampoco en el pasado. Para ellos se cumplirá la predicción del Señor, que difícilmente se salvarán.
De los restantes, quien se agregó al primero y quien al segundo grupo y otros huyeron. Entre los que fueron arrestados, una parte resistieron a la cárcel y a las cadenas, en que fueron tenidos muchos días, pero después, antes de presentarse al tribunal, abjuraron; otra parte soportaron por cierto tiempo también los tormentos, pero al final abjuraron también ellos.
En cambio, otros cristianos, firmes y venturosas columnas del Señor, fortificados por su gracia, sacaron constancia y energías de la fe que los inspiraba y se volvieron maravillosos testigos de su reino” (Eusebio, Historia Eclesiástica, VI, 40, 1 -. 42, 6).

3.10. San Marino centurión bajo Galieno


Puede parecer extraño oír hablar de un mártir bajo el emperador Galieno (260-268) que no persiguió a los cristianos, antes bien los favoreció revocando los edictos y restituyendo los bienes confiscados, como dice Eusebio en un punto del libro VII de la Historia Eclesiástica.
Marino, en efecto, no fue víctima de una persecución organizada , sino de la rivalidad de un competidor en la carrera militar.
Noble, rico, llegado a un alto grado de la jerarquía, tiene quizás un instante de vacilación ante la intimación del juez, pues emplea el tiempo que se le concediera para reflexionar, a diferencia de muchos otros que, en semejantes circunstancias, habían tomado en seguida la resolución de afrontar el martirio, pero, oportunamente orientado por las palabras de su obispo, no tiene más incertidumbre.
El hecho es muy importante, porque hace comprender que, aun cuando no se estuviera llevando a cabo una persecución, quedaban siempre latentes las razones de discrepancia entre la estructura político-moral-religiosa del imperio romano y los principios del cristianismo.

“Durante este tiempo en que la paz reinaba dondequiera en las Iglesias cristianas, en Cesarea de Palestina es decapitado por confesar su fe en Cristo, Marino, quien pertenecía a los altos grados de la jerarquía militar y era ilustre por nobleza y riqueza.
La causa de la condena fue la siguiente: entre los romanos hay una insignia formada por un sarmiento de vid; quien la merece pasa a ser centurión.
Puesto que había un cargo vacante, la promoción por derecho le correspondía a Marino, pero cuando ya estaba por conseguir semejante honor, se presentó ante el tribunal otro, diciendo que, según las antiguas leyes, a aquel no le estaba permitido recibir ninguna condecoración de los romanos, porque era cristiano y no sacrificaba a los dioses; el individuo sostuvo, por lo tanto, que a él, no a Marino, le tocaba ese cargo.
Impresionado por esto, el juez, cuyo nombre era Aqueo, primeramente le preguntó a Marino qué religión seguía y cuando le oyó confesarse constantemente cristiano, le concedió tres horas de tiempo para reflexionar.
Cuando Marino salió del tribunal, llamó a Teotecno, obispo de Cesarea, el cual, una vez entrado en conversación con él, lo tomó de la mano y lo condujo a la iglesia.
Apenas estuvieron en el lugar sagrado, el obispo acompañó a Marino hasta el altar, le levantó un poco la clámide e indicándole la espada que tenía colgada , puso al lado de la misma el libro del Evangelio, imponiéndole elegir entre las dos cosas según su conciencia.
Sin sombra de incertidumbre, Marino extendió la derecha y tomó la divina Escritura.
‘Estáte siempre junto al Señor -le dijo Teotecno- y obtendrás aquello que has elegido. Fortificado por su gracia, vete en paz’.
Mientras Marino salía de la iglesia, el pregonero lo llamaba a voz en cuello delante del tribunal, porque se había acabado el tiempo concedido para la decisión.
Delante del juez, Marino mostró mayor fervor en confesar su propia fe y, conducido al suplicio así como estaba, consumó el martirio.
En la misma circunstancia se recuerdan también la franqueza y el fervor religioso de Astirio, quien pertenecía al orden senatorial, estaba en relaciones de cordial amistad con los soberanos y era conocido de todos por la nobleza y por sus bienes.
Encontrándose presente en el martirio de Marino, apenas fue llevado a cabo, levantó el cadáver, se lo cargó sobre los hombros, sobre su ropa cándida y preciosa, y se lo llevó para hacerle dar una honrosa sepultura, digna de su condición” (Eusebio, Historia Eclesiástica, VII,15 ss.).

3.11. Martirio de san Euplio diácono, bajo Diocleciano, en el año 304


El martirio de Euplio, diácono en Catania, ocurrió en el 304, como se puede inferir de la indicación del consulado de Diocleciano y Maximiano y del hecho de que aquel había sido invitado a sacrificar a los dioses, según la orden del IV edicto imperial, emanado justamente ese año.
Naturalmente estaba todavía en vigor el edicto contra la guarda de los libros sagrados, porque el principal hecho imputable contra Euplio se refiere al evangelio, que el diácono había conservado y mostraba con altivez.
Las Actas nos han llegado en un breve texto latino que une la relación del arresto y de la primera confesión de Euplio y la del interrogatorio padecido entre las torturas.
Una frase del I capítulo “… estando fuera de la tienda del despacho del gobernador el diácono Euplio gritó: Soy cristiano y deseo morir por el nombre de Cristo”, hace pensar que él no había sido arrestado, sino que se había denunciado espontáneamente, tal vez durante el interrogatorio de otros fieles; la hipótesis es confirmada también por las palabras del juez que lo entrega a los esbirros: “Puesto que su confesión es evidente…” (c. I), y parece inducido a proceder por la actitud del cristiano más que por una personal voluntad inquisitoria.

“Durante el noveno consulado de Diocleciano y el octavo de Maximiano, la vigilia de los idus de agosto, en la ciudad de Catania, estando fuera de la tienda del despacho del gobernador, el diácono Euplio gritó: ‘Soy cristiano y deseo morir por el nombre de Cristo’.
Al oír esto, Calvisiano, procurador, dijo: ‘Que entre la persona que ha gritado’.
No bien Euplio entró en el despacho del juez, llevando los evangelios, uno de los amigos de Calvisiano, cuyo nombre era Máximo, dijo: ‘No está permitido guardar tales libros contra la orden imperial’.
Calvisiano preguntó a Euplio: ‘¿De dónde vienen estos libros? ¿Han salido de tu casa?’
Euplio respondió: ‘No tengo casa. Lo sabe también mi Señor, Jesucristo’.
El procurador Calvisiano repuso: ‘¿Tú los has traído acá?’
Euplio respondió: ‘Los he traído yo, como lo ves tú mismo. Me han encontrado con ellos’.
Calvisiano ordenó: ‘Léelos’.
Abriendo el evangelio, Euplio leyó: ‘Bienaventurados los que sufren persecuciones por la justicia, pues de ellos es el reino de los cielos’ y, en otro pasaje: ‘Quien quiere venir en pos de mí, tome su cruz y sígame’.
Mientras leía estos y otros trozos, Calvisiano preguntó: ‘¿Qué es todo esto?’
Euplio respondió: ‘Es la ley de mi Señor, que me ha sido confiada’.
Calvisiano insistió: ‘¿Por quién?’
Euplio respondió: ‘Por Jesucristo, Hijo del Dios viviente’.
Calvisiano intervino nuevamente diciendo: ‘Puesto que tu confesión es evidente, sea entregado a los ministros de la tortura y sea interrogado entre los tormentos’.
Cuando fue entregado a aquellos, comenzó el segundo interrogatorio en medio de las torturas.
Durante el noveno consulado de Diocleciano y el octavo de Maximiano, la vigilia de los idus de agosto, el procurador Calvisiano le dijo a Euplio, que estaba siendo atormentado: ‘¿Qué repites ahora de lo que declaraste en tu confesión?’
Trazándose sobre la frente la señal de la cruz con la mano libre, el mártir respondió: ‘Lo que he dicho antes lo confirmo ahora: yo soy cristiano y leo las divinas Escrituras’.
Calvisiano rebatió: ‘¿Por qué no has entregado estos libros, que los emperadores han prohibido leer, sino que los has tenido contigo?’
Euplio dijo: ‘Porque soy cristiano y no me estaba permitido entregarlos. Para un cristiano es mejor morir que entregarlos; en ellos está la vida eterna. Quien los entrega pierde la vida eterna y yo, para no perderla, ofrezco la mía’.
Calvisiano repuso diciendo: ‘Euplio que, desacatando el edicto de los príncipes, no ha entregado las Escrituras, sino que las lee al pueblo, sea torturado’.
Entre los tormentos Euplio dijo: ‘Te doy gracias, Cristo. ¡Protégeme, porque sufro todo esto por ti!’
Calvisiano lo exhortó con estas palabras: ‘Desiste de esta locura, Euplio. Adora a los dioses y serás liberado’.
Euplio respondió: ‘Adoro a Cristo, detesto a los demonios. Haz de mí lo que quieras; soy cristiano. Por largo tiempo he deseado esto. Haz lo que quieras. Aumenta mis tormentos. Soy cristiano’.
Hacía rato que duraba la tortura cuando Calvisiano ordenó a los verdugos que la suspendieran y dijo al mártir: ‘¡Infeliz, adora a los dioses! ¡Venera a Marte, Apolo y Esculapio!’
Respondió Euplio: ‘Yo adoro al Padre, al Hijo y al Espíritu santo. Adoro a la santísima Trinidad, más allá de la cual no existe ningún Dios. Perezcan los dioses que no han creado el cielo, la tierra y todo lo que en ellos se contiene. Yo soy cristiano’.
El prefecto Calvisiano insistió: ‘¡Sacrifica a los dioses y serás liberado!’
Euplio respondió: ‘Precisamente ahora me ofrezco a mí mismo en sacrificio a Cristo Dios. No existe ningún otro sacrificio que yo deba cumplir. En vano intentas hacerme renegar de la fe. Yo soy cristiano’.
Calvisiano ordenó que fuera torturado más todavía y más violentamente. Mientras era torturado Euplio dijo: ‘Te doy gracias, oh Cristo, socórreme. ¡Cristo, sufro por ti esto, por ti, Cristo!’
Repitió varias veces estas invocaciones y, cuando las fuerzas le iban faltando y estaba ya sin voz, decía tan solo con los labios estas y otras plegarias.
Entrado al interior de la oficina, Calvisiano dictó la sentencia y, salido, leyó el acta que había llevado consigo: ‘Ordeno que Euplio, cristiano, que desprecia los edictos de los príncipes, blasfema contra los dioses y no se arrepiente de todo esto, sea ejecutado. Condúzcanlo al suplicio’.
Al cuello del mártir le fue colgado el evangelio con el cual había sido encontrado en el momento del arresto y el pregonero iba diciendo: ‘Euplio, enemigo de los dioses y de los soberanos’.
Alegre, Euplio repetía constantemente: ‘¡Gracias a Cristo Dios!’
Llegado al lugar de la ejecución, se arrodilló y oró largo rato. Dando después nuevamente gracias al Señor, ofreció su cuello y fue decapitado por el verdugo.
Su cuerpo fue recogido luego por los cristianos, embalsamado con aromas y sepultad (de las Actas del martirio de Euplio, en BHG -Bibliotheca Hagiographica Graeca-, I, p. 192-193).

3.12. Los cuarenta mártires de Sebastia (Armenia menor)


Sobre ellos tenemos discursos de los capadocios Basilio y Gregorio de Nisa y otros de Efrén sirio, todos particularmente autorizados por la cercanía entre las regiones de estos informadores y aquella en que ocurrió el martirio. Goza, sin embargo, de escasa confiabilidad el relato de este , mientras que, en cambio, ha de considerarse auténtico el “testamento” colectivo que los mismos mártires redactaron poco antes de morir. El martirio tuvo lugar en el 320, durante la persecución de Licinio.

“Estaban enrolados en una legión de guardia de frontera. Parece cierto que fuera la legión XII ‘Fulminada’, la cual había participado en la expugnación de Jerusalén en el año 70, y posteriormente había sido trasladada al Oriente con asiento en Melitene (Armenia Menor).
Existía una especie de tradición cristiana en el seno de la legión, porque ella había tenido cristianos entre sus filas ya en el siglo III, y quizás antes; otros vínculos con cristianos, mediante amistades y parentescos, debían de haber surgido durante la estancia en Armenia, donde los cristianos eran muchos. El martirio ocurrió bastante más al norte de Melitene, en la ciudad llamada Sebastia (más exactamente que Sebaste), donde tal vez la legión mantenía un fuerte destacamento.
Los cuarenta eran muy jóvenes, de unos veinte años; en su ‘testamento’, donde envían el último saludo a sus seres queridos, uno solo saluda a la mujer con el hijito, otro a la novia, mientras los demás saludan a los padres vivientes. Luego, en general, debían de estar todavía en la primera juventud.
Cuando llegó al campamento la orden de Licinio que los soldados participaran en los sacrificios idolátricos, ellos se rehusaron resueltamente; arrestados en seguida, fueron atados a una sola cadena, muy larga, y después encerrados en la cárcel.
La prisión se prolongó mucho tiempo, probablemente porque se aguardabam órdenes de comandantes superiores o incluso -dada la gravedad del caso- del mismo Licinio. En esta espera los presos, previendo su fin, escribieron su ‘testamento’ colectivo por mano de uno de ellos, cierto Melecio.
En este insigne documento, profundamente cristiano, los que iban a morir exhortan a parientes y amigos a desatender los bienes caducos de la tierra para preferir los bienes ultraterrenos; saludan después a las personas que les son más queridas; finalmente, previendo que por la posesión de sus restos mortales se producirían disputas entre los cristianos -como ya había sucedido en el pasado con respecto a las reliquias de otros mártires- disponen que sus despojos sean sepultados todos juntos en la aldea de Sarein, cerca de la ciudad de Zela. El documento trae, como de costumbre, los nombres de todos los cuarenta mártires, y de ahí los nombres fueron copiados después en otros documentos, con pequeñas divergencias de grafía.
Llegada la sentencia de condenación, los cuarenta fueron destinados a morir de aterimiento: debían estar expuestos desnudos por la noche, en pleno invierno, sobre un estanque helado y ahí aguardar su fin. El lugar elegido para la ejecución parece que fue un amplio patio delante de las termas de Sebastia, donde los condenados serían sustraídos a la curiosidad y a la simpatía del público y a la vez vigilados por los empleados de las termas.
En el patio existía una amplia reserva de aqua, una especie de estanque, que estaba en comunicación con las termas. Basilio dice que el lugar estaba en el medio de la ciudad, y que la ciudad estaba adyacente al estanque: quizás la reserva de agua, para uso de las termas, no era sino una derivación del verdadero estanque externo.
Más tarde sobre el lugar del martirio se construyó una iglesia, y justamente en esta iglesia parece que Gregorio de Nisa pronunció sus discursos en honor de los mártires.
Sobre esa explanada helada, a una temperatura bajísima, los tormentos de esos cuerpos desnudos debieron de ser espantosos. Para aumentar el tormento de las víctimas, había sido dejado abierto de intento el ingreso de las termas, del cual salían juntamente con la luz los chorros de vapor del calidarium: para los martirizados era una visión potentísima, puesto que bastaban pocos pasos para salir de las angustias y recuperar esa vida que se estaba yendo de sus cuerpos minuto a minuto. Pero estaba de por medio una barrera infranqueable: el invisible Cristo, del que ellos hubieran tenido que renegar.
Las horas pasaban terriblemente monótonas: ninguno de los condenados se alejaba de la explanada helada. El vigilante de las termas asistía como estupefacto a la escena. De repente uno de los condenados, extenuado por los espasmos, se arrastró hacia la puerta iluminada; pero ahí, por un hecho fisiológico regular, no bien fue envuelto por los vapores calientes falleció. Al ver esto, el vigilante, en un arranque de entusiasmo, decidió remplazar él mismo al cobarde completando nuevamente el número de cuarenta. Después de quitarse los vestidos, se proclamó cristiano y se tendió sobre el hielo entre los otros condenados.
El alba del día siguiente iluminó un tendal de cadáveres. Uno solo quedaba todavía con vida: era el más joven, un adolescente al que algún documento llama Melitón. Esta tenacidad de vida asustó a su madre, cristiana de fe altamente maravillosa, la cual estaba presente cuando los cadáveres eran cargados sobre el carro para llevarlos a quemar.
Viendo a su hijo dejado de lado porque todavía viviente, ella lo tomó entre los brazos y lo llevó ella misma sobre el carro, a fin de que su creatura no quedara privada de la corona común. Esos brazos que algunos años antes lo habían sostenido como niño de pecho, ahora lo sostenían como atleta triunfador. En ese abrazo materno el adolescente expiró.

El vigilante convertido es llamado Aglaios en algunos documentos. Observaciones hechas confrontando los varios testimonios indujeron a sospechar que el sujeto pusilánime que abandonó el combate y murió en el umbral de las termas, fue justamente Melecio, el escritor del ‘testamento’; pero no es más que una conjetura.
La narración deja paso a dudas sobre ciertos detalles; pero en su conjunto se la puede aceptar con seguridad.
La veneración hacia los Cuarenta Mártires fue muy popular en Oriente. Pero también en Occidente, a fines del mismo siglo, habla de ellos Gaudencio de Brescia, que estaba particularmente informado acerca de Oriente. Además, en Roma escenas de su martirio se conservan todavía en un fresco del siglo VII-VIII, que se halla en un oratorio contiguo a la iglesia de Santa María Antigua en el Foro Romano”
 (Giuseppe Ricciotti, “L’ Era dei Martiri”, p. 268-270).

3.13. Crucificado por más que fuera un anciano de 120 años: martirio de san Simeón


No ya a la aplicación de las disposiciones del emperador Trajano (“rescripto” de Trajano a Plinio), sino a la persecución judaica se debe el martirio en Palestina del obispo de Jerusalén san Simeón. El historiador Egesipo, testigo bien informado sobre las cosas de Palestina, nos informa que, alrededor del 127 d. de J. C., el santo obispo fue acusado como perteneciente a la estirpe de David y como cristiano, por la inquina de herejes judíos. Estos aprovecharon un momento crítico del imperio en lucha contra los partos, explotando el estado de ánimo del emperador contrariado por las veleidades insurreccionales judaicas.
Según el testimonio de Eusebio, la persecución, causada sobre todo por tumultos populares, se abatió sobre Simeón, hijo de Cleofás, cuando tenía ya 120 años. El pariente del Señor -escribe Eusebio- “fue atormentado por muchos días con tormentos sumamente crueles, pero confesó siempre con firmeza la fe de Cristo. Lo hizo con tal fuerza que el mismo procónsul Atico y todos los presentes quedaron admirados al ver cómo un anciano de 120 años podía resistir a tantos tormentos; por sentencia del juez fue finalmente crucificado” (Eusebio, Historia Eclesiástica, III, 32, 1-6).

3.14. “Tengo listas las fieras…” : Martirio de san Policarpo


El martirio de san Policarpo es una de las más antiguas “pasiones epistolares”.
Discípulo del apóstol Juan, Policarpo llegó a ser obispo de Esmirna, una de las más importantes comunidades cristianas.

“En Esmirna (Asia Menor), en el 155, esta intolerancia se manifestó con el martirio del obispo Policarpo, provocado por la multitud enfurecida. El magistrado Herodes procedió al arresto del obispo, que entre tanto se había alejado de la ciudad. Lo hizo conducir después al estadio donde trató de convencerlo para que renegara de la fe:
– Piensa en tu edad y jura por el genio de César, convéncete de una vez que has de gritar muerte a los ateos.
– ¡Sí, que mueran los ateos!
– Jura y te pongo en libertad; maldice a Cristo.
– Hace ya 86 años que lo sirvo, y nunca me hizo agravio alguno. ¿Cómo puedo blasfemar contra mi Rey y Salvador?
– Tengo listas las fieras. Si no cambias de idea, te arrojaré a ellas.
– ¡Llámalas! Nosotros los cristianos no admitimos cambiar pasando del bien al mal; creemos, en cambio, que hemos de convertirnos del pecado a la justicia.
– Si no te importan las fieras y sigues teniendo la misma idea, te haré consumir por el fuego.
– Tú me amenazas con un fuego que quema por un poco de tiempo y luego se apaga; se ve que no conoces el del juicio futuro, de la pena eterna reservada a los impíos. ¿Por qué te detienes? Haz lo que quieras.
Decía esto con coraje y serenidad, irradiando tal gracia de su rostro, que parecía no fuera él quien era procesado, sino el procónsul. Cuando fue preparado para la hoguera, se lo ató con las manos detrás de la espalda como un carnero elegido de una gran grey para el sacrificio, holocausto acepto a Dios. Con los ojos levantados hacia el cielo oró:
-Te bendigo, Señor Dios omnipotente, porque me has hecho digno de este día y de esta hora, de ser contado entre los mártires, de compartir el cáliz de tu Cristo, para resucitar a la vida eterna del alma y del cuerpo en la incorruptibilidad del Espíritu Santo.
Una vez que terminó la oración, fue encendida la hoguera; pero la llama, doblándose en forma de bóveda como una vela hinchada por el viento, circundó el cuerpo del mártir como un muro. Estaba en el medio no como cuerpo que arde, sino como pan que se dora al ser cocinado o como oro y plata que son refinados en el crisol; se sintió un perfume como de incienso u otro precioso aroma. Al final un verdugo lo ultimó con la espada” (del Martyrium Polycarpi -la más antigua de las Acta Martyrum-, 9, 3-21).

3.15. “¿Por qué sonríes?” : Martirio de Carpo, Papilo y Agatonice


En la ciudad de Pérgamo (Asia Menor) fueron en ese tiempo martirizados el obispo Carpo, el diácono Papilo y la fiel Agatonice, madre de familia, temerosa de Dios. En el proceso Carpo declaró:
“Soy cristiano, no puedo adherir a las prácticas de ustedes”.
El procónsul dijo: “Sacrifica a los dioses o ¿qué dices?”
Carpo respondió: “Es imposible que yo sacrifique; nunca, en efecto, he sacrificado a los ídolos”.
Inmediatamente el procónsul lo hizo colgar de un palo y desollar. El mártir gritó: “¡Soy cristiano!” Despellejado durante mucho tiempo, quedó sin fuerzas y no pudo hablar más.
Entonces el procónsul pasó al otro. Ante la invitación de sacrificar, Papilo dijo con dignidad:
“Yo siempre serví a Dios desde mi juventud; nunca sacrifiqué a los ídolos porque soy cristiano; no hay para mí cosa más grande y más bella que ofrecerme víctima al Dios vivo y verdadero”.
Los verdugos se turnaban en aplicar los tormentos, pero él no profirió lamento:
“No siento las torturas -dijo-; para mí no existen porque hay alguien que sufre en mí; tú no lo puedes ver”.
Finalmente, tanto el obispo como el diácono fueron condenados a ser quemados vivos. Los siervos del mal despojaron primero a Papilo de sus vestiduras y lo crucificaron ; después enderezaron el palo. La llama comenzó a subir, y el mártir rezando serenamente entregó el alma a Dios. Pasaron luego a Carpo, y los presentes viéndolo sonreír le preguntaron:
– ¿Por qué sonríes?
– He visto la gloria del Señor y estoy lleno de alegría. Bendito seas tú, Señor Jesucristo , Hijo de Dios, porque a mí pecador me has hecho digno de tu suerte.
Entre los espectadores había una mujer de nombre Agatonice, que viendo a Carpo en contemplación de la gloria del Señor, comprendió que era una llamada del cielo y dijo en alta voz:
– Este banquete está preparado también para mí, debo participar también yo, quiero saborear esta comida de gloria.
Se le gritó de todas partes que tuviera piedad del hijo, pero la santa respondió:
– El tiene a Dios que cuidará de él.
Despojándose luego del manto, a cuantos la miraban les impactó su belleza. Se tendió jubilosa sobre el palo. Los presentes no podían retener las lágrimas y decían: “¡Qué terrible juicio y qué injustos decretos!”
Agatonice, lamida por las llamas, por tres veces gritó:
“¡Señor, Señor, Señor, ven en mi ayuda; en ti me he refugiado!”
Después entregó su alma a Dios y consumó el martirio entre los santos. Los cristianos recogieron a escondidas sus restos y los custodiaron para gloria de Cristo y alabanza de los mártires.
En Asia fue también martirizado entonces Sagaris, obispo de Laodicea (Eusebio, Historia Eclesiástica, IV, 26, 3.5).

3.16. “Siento gusto en vivir”: Martirio de Apolonio, “santo y nobilísimo apóstol de Cristo”


Apolonio, senador romano, era conocido entre los cristianos de la Urbe por su elevada condición social y profunda cultura. Denunciado probablemente por un esclavo suyo, el juez invitó a Apolonio a sincerarse frente al senado. El presentó -escribe Eusebio de Cesarea- una elocuentísima defensa de la propia fe, pero igualmente fue condenado a muerte.
El procónsul Perenio, en atención a la nobleza y fama de Apolonio deseaba sinceramente salvarlo, pero se vio obligado a pronunciar la condena por el decreto del emperador Cómodo (alrededor del año 185).
Reproducimos aquí algunos pasajes del proceso, en que el mártir afirma su amor por la vida, recuerda las normas morales de los cristianos recibidas del Señor Jesús, y proclama la esperanza en una vida futura.

Apolonio: Los decretos de los hombres no pueden suprimir el decreto de Dios; más creyentes ustedes maten, y más se multiplicará su número por obra de Dios. Nosotros no encontramos duro el morir por el verdadero Dios, porque por medio de él somos lo que somos; por no morir de una mala muerte, lo soportamos todo con constancia; ya vivos, ya muertos, somos del Señor.
Perenio: ¡Con estas ideas, Apolonio, tú sientes gusto en morir!
Apolonio:Yo experimento gusto en la vida, pero es por amor a la vida que no temo en absoluto la muerte; indudablemente, no hay cosa más preciosa que la vida, pero que la vida eterna, que es inmortalidad del alma que ha vivido bien en esta vida terrena. El Logos (= Palabra) de Dios, nuestro Salvador Jesucristo “nos enseñó a frenar la ira, a moderar el deseo, a mortificar la concupiscencia, a superar los dolores, a estar abiertos y sociables, a incrementar la amistad, a destruir la vanagloria, a no tratar de vengarnos contra aquellos que nos hacen mal, a despreciar la muerte por la ley de Dios, a no devolver ofensa por ofensa, sino a soportarla, a creer en la ley que él nos ha dado, a honrar al soberano, a venerar solamente a Dios inmortal, a creer en el alma inmortal, en el juicio que vendrá después de la muerte, a esperar en el premio de los sacrificios hechos por virtud, que el Señor concederá a quienes hayan vivido santamente.
Cuando el juez pronunció la sentencia de muerte, Apolonio dijo: “Doy gracias a mi Dios, procónsul Perenio, juntamente con todos aquellos que reconocen como Dios al omnipotente y unigénito Hijo suyo Jesucristo y al Espíritu santo, también por esta sentencia tuya que para mí es fuente de salvación”.
Apolonio murió decapitado en Roma el domingo 21 de abril del año 183. Eusebio comenta así la muerte de Apolonio: “El mártir, muy amado por Dios, fue un santísimo luchador de Cristo, que fue al encuentro del martirio con alma pura y corazón fervoroso. Siguiendo su fúlgido ejemplo, vivifiquemos nuestra alma con la fe”.
Sabemos también por el mismo Eusebio que el acusador de Apolonio – como también más tarde el del futuro papa Calixto- fue condenado a tener las piernas quebradas. En efecto, según una disposición imperial, que Tertuliano (Ad Scap. IV, 3) atribuye a Marco Aurelio, los acusadores de los cristianos debían ser condenados a muerte. Las Actas del martirio de Apolonio, descubiertos en el siglo pasado, existen hoy en versión original armenia y griega y en varias traducciones modernas (de las “Actas de los antiguos mártires”, incorporadas en Eusebio,”Historia Eclesiástica”, V, 21).

3.17. Las perlas de la Iglesia pisoteadas por los cerdos : Martirio de Pionio


“En Esmirna (Asia Menor) Pionio fue arrestado mientras celebraba el aniversario de Policarpo, con Sabina, Asclepíades, Macedonia y Lino. Estaban terminando las oraciones y acababan de tomar el pan consagrado, cuando se presentó Polemón, el custodio del templo, con los esbirros encargados de arrestar a los cristianos y de conducirlos a sacrificar a los ídolos y a comer carnes inmoladas.
– Conocen sin duda -así los apostrofó Polemón- el decreto del emperador que les ordena sacrificar a los dioses.
Pionio respondió:
– Nosotros conocemos el mandamiento de Dios que nos ordena adorarlo a él solo. Hombres de Esmirna, que orgullosos de su ciudad se glorían de contar entre sus conciudadanos a Homero, ustedes se ríen de los Apóstoles y escarnecen a los que espontáneamente van a sacrificar o no rehúsan hacerlo porque obligados; deberían , en cambio, seguir el consejo de su Homero que dice ser cosa impía burlarse de quien está por morir. Vivir es dulce, pero nosotros estamos buscando una vida mejor. La luz es bella, pero nosotros deseamos la verdadera luz. Yo sé que la tierra es bella, pero ella es obra de Dios. Nosotros no renunciamos a ella por disgusto o desprecio, sino porque preferimos bienes mejores.
Sabina sonreía, y a la pregunta de Polemón y de su séquito si estaba contenta respondió:
– Sí, por gracia de Dios, somos cristianos; los que creen en Cristo están seguros de ir hacia la eterna felicidad.
Y aquellos: – Las mujeres que rehúsan sacrificar deben esperar para sí el prostíbulo; ¿acaso no te desagrada?
– El Dios de santidad velará sobre mí-, respondió Sabina.
A los que después de apostatar fueron a verlos en la cárcel, Pionio les dijo:
– Siento una pena que me parte el corazón, al ver pisoteadas por los cerdos las perlas de la Iglesia, caídas a la tierra las estrellas del cielo, destruida por el jabalí la viña plantada por la diestra del Señor; Satanás ha obtenido sacudirnos como el trigo en la criba, y el Verbo de Dios tiene en su mano un tridente ardiente para limpiar de nuevo la era, estando pronto en su misericordia a acogerlos nuevamente a ustedes.
Fue llevada leña, y fueron amontonados los atados alrededor de los condenados. Pionio cerró los ojos, y la multitud pensó que había expirado; en cambio, rezaba en silencio; terminada la oración, reabrió los ojos, y la llama subía. Con inmensa alegría en su rostro dijo:
– Amén, Señor, recibe mi alma.
Un leve estertor, y después expiró sin dolor” (Eusebio, Historia Eclesiástica, .IV, 15).

3.18. Mártires sin fin


En Asia menor, durante el mismo año 250, fue martirizado Acacio, obispo de Antioquía de Pisidia, a quien el legado del emperador Decio intentara seducir halagándolo:
– Tú vives bajo la ley romana; quieres por lo tanto a nuestros príncipes.
– Nadie ama al emperador más que nosotros -respondió Acacio- , pues le dirigimos a Dios continuas plegarias para que tenga una larga vida de justo gobierno de los pueblos en la paz; rezamos también por la salvación de los soldados y por la prosperidad del imperio y del mundo, pero el emperador no puede exigir de nosotros que sacrifiquemos.
Máximo, hombre del pueblo que ejercía el pequeño comercio, arrestado y conducido ante el procónsul de Asia, soportó en el nombre del Señor las torturas, considerándolas dulces como bálsamo en comparación con las eternas.
– Si infiel a los mandamientos de mi Señor -decía- no siguiese el Evangelio, perdería mi vida… Yo no siento ni las varas ni las uñas de hierro ni el fuego, porque en mí está la gracia de Cristo.
En Nicomedia (siempre en Asia menor) entre el 250 y el 251 fueron quemados vivos san Luciano, que de “perseguidor” se había hecho “predicador”, y san Marciano, que siendo adorador de los falsos dioses se había convertido al culto del Dios verdadero.
En Egipto, además de los nombrados en el punto 9 (p. 12-13), varios más sufrieron el martirio en la persecución de Decio (249-251). Así, Juliano, quien por la artritis no podía ni caminar ni estar de pie, fue llevado al juicio por otros dos, de los cuales uno apostató en seguida y el otro, cierto Cronio, de sobrenombre Euno, confesó al Señor como lo hiciera el santo anciano Juliano. Un libio por nombre Félix (= feliz), fue hecho feliz también de hecho … ¡por la suerte de ser quemado vivo! Epímaco y Alejandro sufrieron la cárcel, la tortura de las uñas de hierro, los latigazos y mil otros tormentos, hasta que al fin, arrojados a una caldera de cal viva, ahí murieron consumidos por el fuego. Cuatro mujeres cristianas tuvieron la misma suerte.
Fue luego el turno de Erón, Acto e Isidoro, los tres egipcios, y de un joven quinceañero que se llamaba Dióscoro. El juez empezó por este muchacho creyendo que, dada su joven edad, lo vencería pronto con la tortura, pero él se mostró invencible frente a promesas y tormentos. Entonces empezó a flagelar a los dos más ancianos, y después de infligirles toda clase de suplicios, los hizo morir quemándolos. De Dióscoro quedó tan admirado por la sabiduría de sus respuestas y por el vigor de su ánimo, que le devolvió la libertad para darle tiempo -así decía- de recapacitar y recobrar el juicio.
Dionisio, obispo de Alejandría, imitando el ejemplo de Cipriano de Cartago, primeramente se escondió, después fue arrestado, pero liberado a pesar suyo; finalmente regresó a su sede, donde pudo narrar las gestas de los mártires egipcios que hemos referido.
Bajo Decio, fue sometido a tortura y encarcelado también el gran Orígenes, sustraído finalmente a la palma del martirio.
El primer gran intento de destruir a la nueva sociedad cristiana fracasó, no obstante el extraordinario número de quienes cayeron en la apostasía (C. Riggi, Il messaggio dei primi martiri, p. 19-20).

3.19. Se hizo la señal de la cruz y entregó el alma a Dios: Martirio de Conón, el hortelano


En Panfilia (Asia menor), durante la misma persecución de Decio fue martirizado el anciano Conón, “siervo de Cristo sin malicia, alma sencilla”. Oriundo de Nazaret, en Galilea, se había trasladado a una localidad de Panfilia cercana a Magidos, donde llevaba una vida muy retirada. Cultivaba una huerta y se alimentaba de las legumbres que allí crecían.

Conón: – Soy de Nazaret de Galilea, pero no tengo parentesco con Cristo, al que nosotros reconocemos como Dios del universo y al que servimos de generación en generación.
El tirano: – Si reconoces a Cristo, ¿por qué no reconoces a nuestros dioses?
Conón: – ¡Que desvergüenza blasfemar así contra el Dios del universo!
El tirano ordenó entonces hacerlo correr con los pies fijados a su carro, y dos soldados lo golpeaban con el látigo; pero él no oponía resistencia, sino que cantaba las palabras del salmo:
– He puesto toda mi esperanza en el Señor que se inclina hacia mí y escucha mi oración.
Una vez perdidas las fuerzas, cayó levantando los ojos hacia el Maestro, mientras rezaba así:
– Señor Jesucristo, recibe mi alma …
Luego se hizo la señal de la cruz y en seguida entregó su alma (de Synaxarium Ecclesiae Constantinopolitanae, coll. 495, 509).

3.20. Martirio de los santos Samonas y Gurias


Diocleciano en los primeros diecinueve años de gobierno no turbó la paz de la Iglesia; pero finalmente por instigación de Galerio decretó depurar al ejército de los cristianos (297), destruir y quemar las iglesias y las Escrituras, eliminar de las públicas dignidades a los nobles cristianos y privar de la libertad a los cristianos plebeyos (303).
Pero hubo mártires ya desde el año 289. Los dos mártires Samonas y Gurias habían debido sincerarse en Edesa (Asia menor). Gurias era un asceta que vivía en lugar próximo a Edesa y Samonas era un cristiano laico. Durante la persecución de Galerio y Maximiano, fueron arrestados y conducidos ante el prefecto Misiano. En el proceso declararon:

“- Nosotros obedeceremos al Rey de reyes que está en los cielos y a su Cristo, y no queremos pecar; no moriremos sino que viviremos, si hacemos la voluntad de Aquel que nos ha creado; si, en cambio, obedeciéramos a tus príncipes precipitaríamos en la muerte …
Pocos días después, en Antioquía, el gobernador Misiano de Urhai transmitió órdenes precisas:
– Nuestros príncipes les ordenan sacrificar a los dioses, quemar incienso y derramar vino delante de Zeus: no se opongan a su voluntad, porque no tendrían la fuerza de resistir a las torturas que les aguardarían.
Pero porque ellos eran tan irreductibles, ordenó a Leoncio que los colgara de los brazos y los estirara cruelmente, dejándolos allí de las nueve a las dos de la tarde.
Su resistencia era sorprendente. Ya que al final los mismos verdugos se cansaron, el gobernador les ordenó que dejaran de vejarlos y los llevaran de nuevo a la cárcel, una cárcel llamada “agujero obscuro”, donde permanecieron desde agosto hasta mediados de noviembre. Entonces el gobernador los hizo comparecer a su presencia, pero aquellos insistían:
– Ya hemos confesado nuestra fe, nosotros somos indoblegables y tú haz tranquilamente cuanto te ha sido ordenado; pero tienes poder sobre nuestros cuerpos, no sobre nuestras almas.
Visto que el gobernador estaba ya dispuesto a condenarlos a muerte, fueron invadidos por la alegría y dijeron:
– Alabado sea Aquel que nos ha juzgado dignos de soportar cada tormento por el nombre de Jesucristo.
Llegados a una colina, el verdugo los hizo bajar del carro. Estaban llenos de alegría al ver finalmente llegado el día de la corona. Pidieron un poco de tiempo para orar, y el verdugo se lo concedió diciendo:
– Recen también por mí, por el mal que hago delante de Dios.
Ambos rezaron, y detrás de ellos imploraban la misericordia del Señor el verdugo y los soldados” (de las Actas de los mártires de Edesa, en BHG -Bibliotheca Hagiographica Graeca-, I, 241).

4. ¿Cuántos fueron los mártires?


    ¿Cuál es el número de los mártires? No es posible precisarlo. Tantos hubo antes como después de Constantino, para que la palabra de Cristo estuviera a salvo o no resultara vana. Estaban por lo demás a las puertas las persecuciones persas, que desde el 309 al 438 causaron tantos mártires más, bajo Sapor II y Bahram V.
A los mártires ya nombrados de los primeros tres siglos podríamos añadir los que en Occidente y en Oriente marcaron de manera particular la historia de la cruz de Cristo, y podrían ser propuestos como modelo de victoria sobre el mundo pagano o inclinado al paganismo: las siete vírgenes de Galacia; Judith, viuda de Capadocia; Zenobio, médico y sacerdote; Pánfilo, docto y santo; Casiano, humilde maestro de escuela; el hombre del pueblo Taraco y el noble Probo; la cortesana convertida Afra y el pobre mesonero Teodoto de Ancira, etc.
Su ejemplo nos sirva de estímulo a vivir cristianamente la vida, buscando los bienes terrenos sin perder de vista los valores celestiales, orando por los perseguidores e irradiando la alegría del Resucitado mientras estamos todavía en el cuerpo mortal. Todos estamos llamados a dar testimonio del Evangelio, sobre el calvario de la enfermedad o entre las otras cruces cotidianas.
En cierto sentido, la persecución está realizándose siempre. Que siempre esté realizándose también nuestro testimonio de fidelidad a Cristo y su Iglesia.

5. Conclusión


    Por último y como comentario de la lectura de las Actas de los Mártires vamos a reproducir algunos pensamientos del Papa Juan Pablo II sobre el significado y el valor del martirio como “perenne testimonio del amor a Cristo y a la Iglesia y como prueba elocuente de la verdad de la fe”, y unas reflexiones del Superior general de los Salesianos de Don Bosco, padre Juan Edmundo Vecchi, sobre la radicalidad y actualidad del martirio en la Iglesia de los orígenes y de nuestro tiempo.

LA MEMORIA DE LOS MÁRTIRES,
perenne testimonio del amor a Cristo y a la Iglesia


    “La Iglesia del primer milenio – escribió el papa Juan Pablo II en la ‘Tertio Millennio Adveniente’ (‘Mientras se acerca el tercer milenio’ – carta apostólica sobre la preparación del Jubileo, 10-11-1994) nació de la sangre de los mártires: ‘Sanguis martyrum, semen christianorum’… Al término del segundo milenio la Iglesia se ha vuelto nuevamente Iglesia de mártires. Es un testimonio que no ha de olvidarse” (n. 43).
En la Bula de indicción del gran Jubileo del año 2000, “Incarnationis mysterium” (“El misterio de la Encarnación”), el Papa recuerda que “la historia de la Iglesia es una historia de santidad y de martirio … por esto la Iglesia en todas partes deberá quedar anclada en el testimonio de los mártires y defender celosamente su memoria”. He aquí el pasaje de la Bula que habla del martirio en la Iglesia de los orígenes y en la de nuestro siglo.

    “Un signo perenne, pero hoy particularmene elocuente, de la verdad del amor cristiano es la memoria de los mártires. Que no se olvide su testimonio. Ellos son aquellos que han anunciado el Evangelio dando la vida por amor. El mártir, sobre todo en nuestros días, es signo de ese amor más grande que compendia todo otro valor. Su existencia refleja la palabra suprema pronunciada por Cristo en la cruz: ‘Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen’ (Lc 23, 34). El creyente que haya tomado en seria consideración la propia vocación cristiana, para la cual el martirio es una posibilidad anunciada ya en la Revelación, no puede excluir esta perspectiva del propio horizonte de vida. Los dos mil años desde el nacimiento de Cristo están marcados por el persistente testimonio de los mártires.
Y este siglo, próximo a su ocaso, ha conocido a numerosísimos mártires sobre todo a causa del nazismo, del comunismo y de las luchas raciales o tribales. Personas de toda categoría social han sufrido por su fe, pagando con la sangre su adhesión a Cristo y a la Iglesia o afrontando con coraje interminables años de cárcel y de privaciones de todo género por no ceder a una ideología que se había transformado en despiadada dictadura. Desde el punto de vista psicológico, el martirio es la prueba más elocuente de la verdad de la fe, que sabe dar un rostro humano también a la más violenta de las muertes y manifiesta su belleza aun en las más atroces persecuciones.
Inundados por la gracia en el próximo año jubilar, podremos con mayor fuerza elevar el himno de agradecimiento al Padre y cantar: Te martyrum candidatus laudat exercitus. Sí, es este el ejército de aquellos que ‘han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del Cordero’ (Ap 7, 14). Por esto la Iglesia en todas partes deberá quedar anclada en su testimonio y defender celosamente su memoria. Pueda el Pueblo de Dios, corroborado en la fe por los ejemplos de estos auténticos campeones de cada edad, lengua y nacionalidad, traspasar con confianza el umbral del tercer milenio Que la admiración por su martirio se conjugue, en el corazón de los fieles, con el deseo de poder, con la gracia de Dios, seguir su ejemplo en caso de que las circunstancias lo exigieran”

(Incarnationis mysterium,n.13)


6. Los mártires, testigos radicales


    “Ser mártir es una vocación. El Espíritu Santo, no el juez o el verdugo, hace a los mártires, es decir, a los grandes testigos. Y como toda vocación, expresa una dimensión de la existencia cristiana que es común a todos”. Es esta la línea ideal de las reflexiones pastorales del padre Juan Edmundo Vecchi sobre el martirio y su fuerza de atracción, sobre todo para los jóvenes de hoy.

“El día de Pascua de 1998, en el mensaje al mundo, el Papa asoció en un único recuerdo a los testigos evangélicos de la resurrección y a los mártires de nuestro tiempo. Una de la iniciativas para el jubileo es el martirologio del siglo XX, es decir, el catálogo de aquellos que desde 1900 hasta nuestros días fueron muertos por la fe. Los Sínodos de Africa, América y Asia incluyeron el martirio y la memoria de los mártires entre los puntos más importantes de la vida cristiana de hoy y de la nueva evangelización. ¡De la vida y no solo de la historia cristiana! Los mártires no son solamente ‘glorias’ o ‘ejemplos’, sino vivaz revelación de una dimensión del ser cristiano: el testimonio de Cristo y de la verdadera vida.
Martirio, en el significado original del término, indicaba la deposición de un testigo, por escrito y bajo juramento, con valor de prueba: luego el máximo de credibilidad, de garantía de la verdad, que se podía pedir.
El Evangelio aplica la palabra a Jesús que da testimonio del Padre y de la vida verdadera con la palabra y las obras; sobre todo con su pasión y muerte. El es el testigo, el mártir por excelencia.
La aplica después a aquellos que contaron la resurrección de Jesus o, sucesivamente, la anunciaban. Esto implicaba exponerse al fracaso y a la irrisión y aun al riesgo de muerte, como se verificó ya al comienzo de la Iglesia con el martirio de san Esteban.
El mismo Jesús asocia esta confesión de sus discípulos a una asistencia del Espíritu Santo. ‘Los entregarán a los tribunales y los azotarán en las sinagogas. A causa de mí, serán llevados ante gobernadores y reyes, para dar testimonio delante de ellos y de los paganos. Cuando los entreguen, no se preocupen de cómo van a hablar o qué van a decir: lo que deban decir se les dará a conocer en ese momento, porque no serán ustedes los que hablarán, sino que el Espíritu de su Padre hablará en ustedes’ (Mt 10, 17-20).
Pronto y para siempre en la historia, martirio tomó el sentido de ofrecimiento de la vida en una muerte cruenta dando testimonio de la fe. El mártir no se defendía con argumentos para demostrar su inocencia frente a aquello de que era acusado. Antes bien, aprovechaba para hablar de Jesús, declaraba cuánto la fe en Cristo era importante para él, confesaba su pertenencia al grupo cristiano. Hasta tenía el coraje de exhortar a jueces y verdugos a retractarse y enmendarse.
Hoy se mata todavía por motivo de fe. Prueba de esto son los siete monjes de Argelia y tantos otros, religiosos, religiosas y fieles laicos, caídos donde arrecian el integralismo o formas mágicas de religiosidad. Otros murieron y mueren en el ejercicio de la caridad o en el esfuerzo de reconciliación durante conflictos étnicos, guerras civiles y situaciones de inseguridad general.
Pero es más frecuente una razon ‘humana’, ligada profundamente a la fe… Así los regímenes ideológicos del siglo XX hicieron estragos de creyentes, católicos, protestantes, ortodoxos bajo la acusación de oposición al bien del pueblo, de subversión, de favorecer a los enemigos del Estado. No preguntaban siquiera si el acusado quería renunciar a la fe. Lo eliminaban sin proceso. A menudo lo difamaban a través de una prensa poderosa y armaban tribunales títere.
Es interesante ver cómo se cumple la palabra de Jesús: de las pomposas armazones acusatorias nos hemos olvidado. En cambio, nos acordamos y beneficiamos de lo que los mártires han proclamado con su sufrimiento y con su silencio: el valor de la vida, la dignidad de la persona llamada a la comunión con Dios y a la responsabilidad frente a él, la libertad de conciencia, la crítica contra trágicas desviaciones como el racismo, el integralismo, el poder absoluto del Estado, la discriminación, la explotación de los pobres.

Se dice que ninguna causa avanza sin sus mártires, es decir, sin aquellos que creen en ella hasta dar la vida por ella. La fe implica siempre cierta violencia. Jesús enseña que a la vida plena se llega a través de la muerte. El llegó a la gloria a través de la pasión. Quien quiere la corona, dice san Pablo, debe sostener la lucha y quien quiere la meta debe aguantar la carrera; y entrenarse con sacrificio.
Hoy este pensamiento sintoniza poco con nuestra idiosincrasia. Es un don del Espíritu Santo el que nos lo hace entender y asumir: la fortaleza. Todos tenemos necesidad de ella. Quizás nadie quiera matarnos a causa de nuestra creencia religiosa. Pero hay toda una concepción cristiana de la existencia que debe sostenerse y opciones de vida que requieren lucidez y resistencia. Y hay circunstancias personales, enfermedades, situaciones de familia y trabajo, que exigen un firme anclaje en la esperanza.
Ser mártir es una vocación. El Espíritu, no el juez o el verdugo, hace a los mártires, es decir, a los grandes testigos. Y como toda vocación, expresa una dimensión de la existencia cristiana que es común a todos. En Roma el recuerdo de los mártires es familiar. Lo tienen vivo muchas iglesias, pero sobre todo las catacumbas que nos hacen volver a las condiciones precarias de la comunidad cristiana en tiempos de persecución y a las vicisitudes en que se vieron implicados cristianos por acusaciones que se referían a su religión.
Pinturas, dibujos, grabados, sarcófagos y ambientes son una verdadera catequesis, una reflexión sobre la fe hecha en ‘tiempos’ de martirio: tiempos de minoría, de significatividad provocadora, de pruebas, de adhesión y amor.
En otros contextos, es una realidad actual, pero no siempre se encuentra la meditación intensa, rica y articulada que nos impresiona en los lugares clásicos.
Los presupuestos, las implicaciones, lo que subyace al martirio, es parte imprescindible de la formación en la fe. Esta es fuente de alegría y de luz, pero no se ofrece a ‘buen precio’. Las parábolas del ‘tesoro escondido’, por el cual el comprador debe vender cuanto posee, nos lo recuerdan.
El martirio está enlazado con una de las notas sin las cuales el Evangelio pierde su color, su sabor, su cohesión: la radicalidad. Es una especie de dinamismo interno por el cual se apunta hacia el máximo posible y es típico de la fe. No es integralismo, que es adhesión ciega a la materialidad de las proposiciones; no es maximalismo, que es pretensión y alarde de coherencia en las ideas y en las exigencias. Es ‘gusto’ y conocimiento de la verdad, adhesión de amor a la persona de Cristo.
Juan Pablo II apoyaba su discurso sobre una constatación: nuestro tiempo escucha más a los testigos que a los ‘maestros’. En los jóvenes hay una fibra que acoge la invitación a la radicalidad. ¡Hagámosla vibrar! ” (J. E. Vecchi, Dire Dio ai giovani, p. 84-87).

Referencias bibliográficas

  1. Los nos. 1-11 de las Actas de los mártires han sido extraídos, por gentil concesión del Editor, de “Atti dei Martiri”, al cuidado de Giuliana Caldarelli, Edizioni Paoline, 2ª ed. , reimpr., 1996.
  2. El n° 12 está extraído de Giuseppe Ricciotti, “L’ Era dei Martiri”, Coletti Editore, Roma, 1953.
  3. La premisa y los nos. 13-20 están extraídos de Calogero Riggi, “Il messaggio dei primi martiri”, Elledici, Leumann-Torino, 1978.
  4. El texto “La memoria de los mártires” está extraído de “Incarnationis Mysterium”, Librería Editrice Vaticana, Città del Vaticano, 1998.
  5. El texto “Los mártires, testigos radicales” está extraído de Juan Edmundo Vecchi, “Dire Dio ai giovani”, Elledici, Leumann-Torino, 1999.


LAS ACTAS DE LOS MÁRTIRES

La autoridad civil y los cristianos

El ambiente de desconfianza que rodeaba a los cristianos, fruto en buena parte de la persecución de Nerón en Roma y de los rumores y acusaciones oficiales que la acompañaron, sentó un precedente de gobierno y fue el inicio de lo que sería durante los tres primeros siglos la actitud romana oficial: no era lícito ser cristiano. La existencia de esta prohibición consta por una carta del gobernador de Bitinia al emperador Trajano, de la que ya hemos dicho algo, y por su contestación: no hay que buscar de oficio a los cristianos, ni admitir denuncias anónimas; pero si son denunciados en debida forma y no abandonan su superstición, deben ser castigados conforme a la ley.

Los textos incluidos al final del capítulo precedente y algunos de los recogidos más adelante, muestran la clara conciencia que tenían los cristianos de la injusticia criminal de este proceder, en verdad sorprendente entre gentes como los romanos, que tenían una alta estima de la justicia.

De todas maneras, y como atestigua esa misma correspondencia entre Plinio el Joven y Trajano, la proscripción del cristianismo no fue sistemáticamente impuesta más que en unas pocas ocasiones, y aun con intensidad diferente en las diversas partes del Imperio. Pero como consecuencia de ella y de las calumnias fácilmente creídas que flotaban en el ambiente, la situación de los cristianos era, en el mejor de los casos, precaria. Como mucho, eran tolerados; en cualquier momento, el celo de una autoridad local o su debilidad frente a una explosión de malhumor popular, como la de aquel alboroto de Éfeso contra San Pablo del que se nos habla con tanta viveza en el capítulo 19 de los Hechos de los Apóstoles, podía engendrar una persecución local, de las que, con gran probabilidad, muchas no han dejado ningún rastro en la historia.

En cualquier caso, bastaba aplicar las leyes existentes para que los cristianos se encontraran ante el dilema de la apostasía o de la muerte. Un ejemplo bien documentado de lo que podía ocurrir, y probablemente ocurrió muchas veces, lo tenemos en el caso de San Justino; Crescente, el filósofo cínico que tenía también una escuela en Roma, se encontró en una posición poco airosa después de unas disputas filosóficas con Justino, y como debía de ser un hombre rencoroso, hizo que alguien denunciara a la autoridad romana su condición de cristiano; Justino murió mártir, junto con otros a los que probablemente había arrastrado aquella misma denuncia.

Hubo también un par de persecuciones esporádicas, una poco después del año 202 (Septimio Severo) y otra en el 235 (Maximino el Tracio). Pero hubo sobre todo dos períodos de persecución sistemática y organizada, una a mitad del siglo bajo Decio y, tras un breve intervalo, bajo Valeriano; otra, la última y más terrible, iniciada por Diocleciano a comienzos del siglo iv, poco antes de que por fin se concediera la paz a la Iglesia.

Decio había publicado (250) un edicto por el que se mandaba que todos los habitantes del Imperio sacrificasen a los dioses; la autoridad llevaría una cuenta exacta de las personas a medida que lo iban haciendo. Muchos cristianos ofrecieron estos sacrificios (lapsi, caídos), y otros consiguieron de alguna manera un certificado o «libelo» como si lo hubieran hecho (libelatici). Junto a ellos hubo también mártires (testigos) que dieron su vida y «confesores», que aunque no la perdieron, sufrieron grandes penalidades por su fidelidad.

Poco después (257), Valeriano prohibió, bajo pena de muerte, cualquier acto de culto cristiano, y exigió del clero un acto de culto a los dioses; muy pronto, se extendía la pena de muerte a los miembros del clero que se negaran a sacrificar, se degradaba a los cristianos que pertenecían a los niveles superiores de la sociedad y se dimitía de sus cargos a los funcionarios públicos, con pena de la vida si persistían después en su fe. Pero todo acabó con la muerte pronta de este emperador. Las cartas de San Cipriano que publicamos al final del capítulo 8 dan una idea del ambiente que debía de reinar en Africa durante estas dos persecuciones.

Diocleciano, a partir del 303 y en el espacio de unos 13 meses, promulgó cuatro edictos sucesivos; exigió primero la destrucción de los lugares de culto y de los libros de las Sagradas Escrituras (los que los entregaron fueron llamados traditores) y privó a los cristianos de sus derechos civiles; siguió son el encarcelamiento del clero, al que luego se impuso, bajo pena de la vida, la obligación de sacrificar a los dioses; esto último, en el cuarto decreto, se hizo extensivo a todos los cristianos. El número de mártires, tanto en esta persecución, la gran persecución, como en la de Valeriano, fue muy grande, y pequeño el de deserciones.

 

Las narraciones de martirios

No es de extrañar que, desde el principio, el ejemplo de los mártires, de los testigos que con su vida habían dado testimonio de su fe en Cristo, estuviera muy presente entre los cristianos; que su memoria se venerara, que se les buscara como intercesores poderosos ante Dios y se les diera culto, y que se dedicaran escritos a ensalzar el martirio y a animar a los perseguidos y encarcelados para que no desfallecieran.

Tampoco es de extrañar que hubiera gran interés por los detalles de su martirio, de su detención, interrogatorio y muerte; y que estos detalles se escribieran alguna vez, ya sea para darlos a conocer por medio de una carta a cristianos que vivían en otros lugares, ya sea introduciendo su relato en una obra que se escribía tal vez muchos años más tarde, etc.; de hecho, nos han llegado algunos de estos documentos, aunque a primera vista puede sorprender su escaso número.

El proceso judicial estaba siempre debidamente registrado en los libros oficiales de los tribunales, y las actas de éstos podían ser consultadas. Pero los cristianos del lugar rara vez tendrían deseo de copiarlas, si no era para enviarlas a otros, pues conocían los hechos mucho mejor y con más viveza, ya sea directamente ya sea a través del relato de otros que habían estado presentes. Cuando desaparecieron estas personas, muchas veces quedó sólo un recuerdo cada vez más desfigurado, o ninguno, y las actas oficiales, como la inmensa mayoría de los documentos de la administración romana, desaparecieron también.

Ésta podría ser la explicación de que sea relativamente rara la información de primera mano que poseemos sobre los martirios. Mucho de lo escrito sobre ellos es muy posterior, con relatos embellecidos o casi enteramente inventados; pero incluso en este caso pueden encerrar un núcleo de verdad, aunque a veces sólo sea el nombre del mártir o al menos la existencia de un mártir: porque había quedado el recuerdo, se hizo después la leyenda. Por otra parte, es evidente que puede haber leyendas que sean enteramente una falsificación, como el caso bien conocido de las invenciones de los «patrañeros» que abundaron en el siglo xvu en España, y que falsificaban incluso las reliquias.

De todas maneras, lo que ahora nos interesa no es la literatura existente sobre los mártires (a la que luego siguió otra sobre los monjes y los obispos santos) y su valor histórico; todo esto forma de por sí otra disciplina, la hagiografía, que tiene que manejar un volumen considerable de información y que desde luego tiene también mucho interés. Aquí nos hemos de limitar a dar una visión resumida de los relatos que tenemos de los martirios. En general se pueden clasificar tres grandes grupos.

El primer grupo, al que en sentido estricto habría que reservar la denominación de actas, está formado por copias literales de los escritos del proceso judicial, al que a veces se añade algún comentario del que trasladó los documentos; se suelen incluir en este grupo las Actas de San Justino y compañeros mártires (en Roma, hacia el 165), las Actas de los mártires de Scily (en Numidia, 180) y las Actas proconsulares de San Cipriano (en Cartago, 258), formadas en realidad estas últimas por tres documentos que narran su primer juicio y condena al destierro, su segunda detención y nuevo juicio, y su ejecución.

El segundo grupo, cuyos escritos a menudo llevan en el título la indicación de pasión o martirio, está formado por relatos de testigos inmediatos o de contemporáneos. A este grupo pertenecen, por ejemplo, el Martirio de Policarpo (en Esmirna, 156), la Carta de las Iglesias de Viena y Lyon a las Iglesias de Asia y Frigia (sobre los mártires de Lyon en 177 y 178), la Pasión de las Santas Perpetua y Felicidad (en Cartago, el 202, probablemente escritas por Tertuliano y traducidas por él mismo al griego), las Actas de los santos Carpo, Papilo y Agatónica (en Pérgamo, Asia, entre 161 y 169), las Actas de Apolonio (en Roma, entre 180 y 185) y, casi en las mismas fechas del martirio de San Cipriano, el Martirio de San Fructuoso obispo y de Augurio y Eulogio diáconos (en Tarragona, 259), que parece incluir el acta auténtica del interrogatorio.

Con su sobriedad, los relatos de estos dos grupos de documentos, de los que ofrecemos alguna muestra al final del capítulo, son suficientes para ilustrar, si aún no lo conociéramos, el valor del martirio como testimonio de la fe y del amor a Cristo de aquellos hombres y mujeres. Por otra parte, no parece ilegítimo considerar estos relativamente pocos relatos que nos han llegado, como representativos de los numerosísimos casos que sin duda se dieron y de los que no sabemos casi nada o nada en absoluto, con lo que se acrecienta aún más el valor del testimonio que dieron los mártires de la antigüedad.

El tercer grupo es el de las leyendas, compuestas mucho después con fines de edificación, y cuyo valor histórico es dispar. En algunas se puede adivinar un núcleo auténtico, puesto que se sabe de la existencia de actas perdidas o se tienen datos independientes que coinciden; es el caso, por dar un ejemplo, de las Actas tardías de San Vicente, diácono de Zaragoza que murió mártir en la persecución de Diocleciano. Otras carecen de valor histórico, lo cual, como ya hemos dicho, no demuestra que los mártires aludidos no han existido, o que no pueda haber también un núcleo de verdad en la leyenda, sino que el documento como tal no es utilizable; de este último estilo son las actas de algúnos mártires romanos como Santa Inés, Santa Cecilia, Santa Felicidad y sus siete hijos, San Hipólito, San Lorenzo, San Sebastián, los Santos Juan y Pablo y los Santos Cosme y Damián, así como el martirio de San Clemente Romano y el martirio de San Ignacio de Antioquía.

Con esas leyendas pasa también algo parecido a lo que más adelante diremos de los escritos apócrifos del Nuevo Testamento: independientemente del núcleo de verdad histórica que puedan contener, nos sirven para conocer aspectos de la piedad popular de la época en que se escribieron y del arte religioso posterior.

Ya en tiempos viejos se intentó recoger datos fidedignos sobre los mártires. Eusebio de Cesarea nos ha dejado un relato sobre Los mártires de Palestina, martirizados en las persecuciones del 303 al 311 que él mismo sufrió, junto con una investigación Sobre los mártires antiguos, que se perdió pero que nos ha llegado recogida en parte en su Historia Eclesiástica. Otras dos colecciones son las Actas de los mártires de Persia, que corresponden a la persecución de Sapor II (339-379) y están recogidas por un autor desconocido, y la de las Actas de los mártires coptos, es decir, egipcios.

TEXTOS

D. Ruiz BUENO ha reunido una abundante información literaria sobre los mártires antiguos; recoge muchas actas de martirios con la correspondiente versión castellana, en su libro Actas de los mártires, BAC n. 75, Madrid 1951, de donde proceden los textos que siguen.

Martirio de San Justino y de sus compañeros Roma, año 165

Martirio de los santos mártires Justino, Caritón, Caridad, Evelpisto, Hierax, Peón y Liberiano.

En tiempo de los inicuos defensores de la idolatría, publicábanse, por ciudades y lugares, impíos edictos contra los piadosos cristianos, con el fin de obligarles a sacrificar a los ídolos vanos. Prendidos, pues, los santos arriba citados, fueron presentados al prefecto de Roma, por nombre Rústico.

Venidos ante el tribunal, el prefecto Rústico dijo a Justino: —En primer lugar, cree en los dioses y obedece a los emperadores.

Justino respondió:

—Lo irreprochable, y que no admite condenación, es obedecer a los mandatos de nuestro Salvador Jesucristo.

El prefecto Rústico dijo:

—¿Qué doctrina profesas?

Justino respondió:

—He procurado tener noticia de todo linaje de doctrinas; pero sólo me he adherido a las doctrinas de los cristianos, que

son las verdaderas, por más que no sean gratas a quienes siguen falsas opiniones.

El prefecto Rústico dijo:

    -¿Conque semejantes doctrinas te son gratas, miserable? Justino respondió:

-Sí, puesto que las sigo conforme al dogma recto. El prefecto Rústico dijo:

—¿Qué dogma es ése?

Justino respondió:

El dogma que nos enseña a dar culto al Dios de los cristianos, al que tenemos por Dios único, el que desde el principio es hacedor y artífice de toda la creación, visible e invisible; y al Se-ñor Jesucristo, por hijo de Dios, el que de antemano predicaron los profetas que había de venir al género humano, como pregonero de salvación y maestro de bellas enseñanzas.

Y yo, hombrecillo que soy, pienso que digo bien poca cosa para lo que merece la divinidad infinita, confesando que para hablar de ella fuera menester virtud profética, pues profética-mente fue predicho acerca de éste de quien acabo de decirte que es hijo de Dios. Porque has de saber que los profetas, divina-mente inspirados, hablaron anticipadamente de la venida de Él entre los hombres.

El prefecto Rústico dijo:

¿Dónde os reunís?

Justino respondió:

Donde cada uno prefiere y puede, pues sin duda te imaginas que todos nosotros nos juntamos en un mismo lugar. Pero no es así, pues el Dios de los cristianos no está circunscrito a lugar alguno, sino que, siendo invisible, llena el cielo y la tierra Y en todas partes es adorado y glorificado por sus fieles.

El prefecto Rústico dijo:

—Dime donde os reunís, quiero decir, en qué lugar juntas a tus discípulos.

Justino respondió:

—Yo vivo junto a cierto Martín, en el baño de Timiolino, Y ésa ha sido mi residencia todo el tiempo que he estado esta segunda vez en Roma. No conozco otro lugar de reuniones sino ése. Allí, si alguien quería venir a verme, yo le comunicaba las palabras de la verdad.

El prefecto Rústico dijo:

  • Luego, en definitiva, ¿eres cristiano?

Justino respondió:

  • Sí, soy cristiano. El prefecto Rústico dijo a Caritón:

—Di tú ahora, Caritón, ¿también tú eres cristiano?

Caritón respondió:

  • Soy cristiano por impulso de Dios.

El prefecto Rústico dijo a Caridad:

  • ¿Tú qué dices, Caridad?

Caridad respondió:

  • Soy cristiana por don de Dios.

El prefecto Rústico dijo a Evelpisto:

  • ¿Y tú quién eres, Evelpisto?

Evelpisto, esclavo del César, respondió:

   —También yo soy cristiano, libertado por Cristo, y, por la gracia de Cristo, participo de la misma esperanza que éstos.

El prefecto Rústico dijo a Hierax:

—¿También tú eres cristiano?

Hierax respondió:

  • Sí, también yo soy cristiano, pues doy culto y adoro al

mismo Dios que éstos.

El prefecto Rústico dijo:

  • ¿Ha sido Justino quien os ha hecho cristianos?

Hierax respondió:

  • Yo soy de antiguo cristiano, y cristiano seguiré siendo. Mas Peón, poniéndose en pie, dijo:

—También yo soy cristiano.

El prefecto Rústico dijo:

  • ¿Quién te ha enseñado?

Peón respondió:

—Esta hermosa confesión la recibimos de nuestros padres. Evelpisto dijo:

—De Justino, yo tenía gusto en oír los discursos: pero el ser cristiano, también a mí me viene de mis padres.

El prefecto Rústico dijo:

—¿Dónde están tus padres?

Evelpisto respondió: —En Capadocia.

LAS ACTAS DE LOS MÁRTIRES

El prefecto Rústico le dijo a Hierax:

  • Y tus padres, ¿dónde están?

Y Hierax respondió diciendo:

—Nuestro verdadero padre es Cristo, y nuestra madre la fe en Él; en cuanto a mis padres terrenos, han muerto, y yo vine aquí sacado a la fuerza de Iconio de Frigia.

El prefecto Rústico dijo a Liberiano:

  • ¿Y tú qué dices? ¿También tú eres cristiano? ¿Tampoco tú tienes religión?

Liberiano respondió:

—También yo soy cristiano; en cuanto a mi religión, adoro al solo Dios verdadero.

El prefecto dijo a Justino:

  • Escucha tú, que pasas por hombre culto y crees conocer las verdaderas doctrinas. Si después de azotado te mando cortar la cabeza, ¿estás cierto que has de subir al cielo?

Justino respondió:

  • Si sufro eso que tú dices, espero alcanzar los dones de Dios; y sé, además, que a todos los que hayan vivido rectamente, les espera la dádiva divina hasta la conflagración de todo el mundo.

El prefecto Rústico dijo:

—Así, pues, en resumidas cuentas, te imaginas que has de subir a los cielos a recibir allí no sé qué buenas recompensas. Justino respondió:

  • No me lo imagino, sino que lo sé a ciencia cierta, y de ello tengo plena certeza.

El prefecto Rústico dijo:

  • Vengamos ya al asunto propuesto, a la cuestión necesaria y urgente. Poneos, pues, juntos, y unánimemente sacrificad a los dioses.

Justino dijo:

—Nadie que esté en su cabal juicio se pasa de la piedad a la impiedad.

El prefecto Rústico dijo:

  • Si no obedecéis, seréis inexorablemente castigados. Justino dijo:

—Nuestro más ardiente deseo es sufrir por amor de nuestro Señor Jesucristo para salvarnos, pues este sufrimiento se nos convertirá en motivo de salvación y confianza ante el tremendo y universal tribunal de nuestro Señor y Salvador.

En el mismo sentido hablaron los demás mártires:

—Haz lo que tú quieras; porque nosotros somos cristianos y no sacrificamos a los ídolos.

El prefecto Rústico pronunció la sentencia, diciendo:

«Los que no han querido sacrificar a los dioses ni obedecer al mandato del emperador, sean, después de azotados, conducidos al suplicio, sufriendo la pena capital, conforme a las leyes».

Los santos mártires, glorificando a Dios, salieron al lugar acostumbrado, y, cortándoles allí las cabezas, consumaron su martirio en la confesión de nuestro Salvador. Mas algunos de los fieles tomaron a escondidas los cuerpos de ellos y los depositaron en lugar conveniente, cooperando con ellos la gracia de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea gloria por los siglos de los siglos. Amén.

(BAC 75, 311-316)

 

Martirio de los santos escilitanos

En Scillium, pequeña localidad de Africa, año 180

Siendo cónsules Presente, por segunda vez, y Claudiano, dieciséis días antes de las calendas de agosto, en Cartago, lleva-dos al despacho oficial del procónsul Esperato, Nartzalo y Citino, Donata, Segunda y Vestia, el procónsul Saturnino les dijo:

—Podéis alcanzar el perdón de nuestro señor, el emperador, con solo que volváis a buen discurso.

Esperato dijo:

—Jamás hemos hecho mal a nadie; jamás hemos cometido una iniquidad, jamás hablamos mal de nadie, sino que hemos dado gracias del mal recibido; por lo cual obedecemos a nuestro Emperador.

El procónsul Saturnino dijo:

—También nosotros somos religiosos y nuestra religión es sencilla. Juramos por el genio de nuestro señor, el emperador, y hacemos oración por su salud, cosas que también debéis hacer vosotros.

Esperato dijo:

—Si quisieras prestarme tranquilamente oído, yo te explica-ría el misterio de la sencillez.

Saturnino dijo:

—En esa iniciación que consiste en vilipendiar nuestra religión, yo no te puedo prestar oídos; más bien, jurad por el genio de nuestro señor, el emperador.

Esperato dijo:

—Yo no conozco el Imperio de este mundo, sino que sirvo a aquel Dios a quien ningún hombre vio ni puede ver con estos ojos de carne. Por lo demás, yo no he hurtado jamás: si algún comercio ejercito, pago puntualmente los impuestos, pues conozco a mi Señor, Rey de reyes y Emperador de todas las naciones.

El procónsul Saturnino dijo a los demás:

—Dejaos de semejante persuasión.

Esperato dijo:

Mala persuasión es la de cometer un homicidio y la de levantar un falso testimonio.

El procónsul Saturnino dijo:

—No queráis tener parte en esta locura.

Citino dijo:

  • Nosotros no tenemos a quien temer, sino a nuestro Señor que está en los cielos.

Donata dijo:

—Nosotros tributamos honor al César como a César; mas temer, sólo tememos a Dios.

Vestia dijo:

  • Soy cristiana.

Segunda dijo:

  • Lo que soy, eso quiero ser.

Saturnino procónsul dijo a Esperato:

—¿Sigues siendo cristiano?

Esperato dijo:

  • Soy cristiano.

Y todos lo repitieron a una con él.

El procónsul Saturnino dijo:

—¿No queréis un plazo para deliberar?

Esperato dijo:

  • En cosa tan justa, huelga toda deliberación.

El procónsul Saturnino dijo:

—¿Qué lleváis en esa caja?

Esperato dijo:

— Unos libros y las cartas de Pablo, varón justo.

El procónsul Saturnino dijo:

—Os concedo un plazo de treinta días, para que reflexionéis.

Esperato dijo de nuevo:

—Soy cristiano.

Y todos asintieron con él.

El procónsul Saturnino leyó de la tablilla la sentencia:

  • Esperato, Nartzalo, Citino, Donata, Vestia, Segunda y los demás que han declarado vivir conforme a la religión cristiana, puesto que habiéndoseles ofrecido facilidad de volver a la costumbre romana se han negado obstinadamente, sentencio que sean pasados a espada.

Esperato dijo:

—Damos gracias a Dios.

Nartzalo dijo:

—Hoy estaremos como mártires en el cielo. ¡Gracias a Dios! El procónsul Saturnino dio orden al heraldo que pregonara: —Esperato, Nartzalo, Citino, Veturio, Félix, Aquilino, Letancio, Jenaro, Generosa, Vestia, Donata, Segunda, están condenados al último suplico.

Todos, a una voz, dijeron:

  • ¡Gracias a Dios!

Y en seguida fueron degollados por el nombre de Cristo.

(BAC 75, 352-355)

Martirio de San Cipriano

En Cartago; destierro, año 257; muerte, año 258

Siendo el emperador Valeriano por cuarta vez cónsul y por tercera Galieno, tres días antes de las calendas de septiembre (el 30 de agosto), en Cartago, dentro de su despacho, el procónsul Paterno dijo al obispo Cipriano:

—Los sacratísimos emperadores Valeriano y Galieno se han dignado mandarme letras por las que han ordenado que quienes no practican el culto de la religión romana deben reconocer los ritos romanos. Por eso te he mandado llamar nominalmente. ¿Qué me respondes?

El obispo Cripriano dijo:

—Yo soy cristiano y obispo, y no conozco otros dioses sino al soloy verdadero Dios, que hizo el cielo y la tierra y cuanto en ellos se contiene. A este Dios servimos nosotros los cristianos; a éste dirigimos día y noche nuestras súplicas por nosotros mismos, por todos los hombres y, señaladamente, por la salud de los mismos emperadores.

El procónsul Paterno dijo:

  • Luego ¿perseveras en esa voluntad?

El obispo Cipriano contestó:

  • Una voluntad buena que conoce a Dios, no puede cambiarse.

EL PROCÓNSUL.— ¿Podrás, pues, marchar desterrado a la ciudad de Curubis, conforme al mandato de Valeriano y Gali^ino?

CIPRIANO.— Marcharé.

EL PROCÓNSUL.— Los emperadores no se han dignado sólo escribirme acerca de los obispos, sino también sobre los presbíteros. Quiero, pues saber de ti quiénes son los presbíteros que residen en esta ciudad.

CIPRIANO.—Con buen acuerdo y en común utilidad habéis prohibido en vuestras leyes la delación; por lo tanto, yo no puedo descubrirlos ni delatarlos. Sin embargo, cada uno estará en su propia ciudad.

PATERNO.— Yo los busco hoy en esta ciudad.

CiPRIANO.— Como nuestra disciplina prohibe presentarse espontáneamente y ello desagrada a tu misma ordenación, ni aun ellos pueden presentarse; mas por ti buscados, serán descubiertos.

PATERNO.— Sí, yo los descubriré.

Y añadió: — Han mandado también los emperadores que no se tengan en ninguna parte reuniones ni entre nadie en los cementerios. Ahora, si alguno no observare este tan saludable mandato, sufrirá pena capital.

CIPRIANO.— Haz lo que se te ha mandado.

Entonces el procónsul Paterno mandó que el bienaventurado Cipriano obispo fuera llevado al destierro. Y habiendo pasa-do allí largo tiempo, al procónsul Aspasio Paterno le sucedió el procónsul Galerio Máximo, quien mandó llamar del destierro al santo obispo Cipriano y que le fuera a él presentado.

Volvió, pues, San Cipriano, mártir electo de Dios, de la ciudad de Curubis, donde, por mandato de Aspasio Paterno, a la sazón cónsul, había estado desterrado, y se le mandó por sacro mandato habitar sus propias posesiones, donde diariamente es-taba esperando que vinieran por él para el martirio, según le había sido revelado.

Morando, pues, allí, de pronto, en los idus de septiembre (el 13), siendo cónsules Tusco y Baso, vinieron dos oficiales, uno escudero o alguacil del officium o audiencia de Galerio Máximo, sucesor de Aspasio Paterno, y otro sobreintendente de la guardia de la misma audiencia. Los dos oficiales montaron a Cipria-no en un coche y le pusieron en medio y le condujeron a la Villa de Sexto, donde el procónsul Galerio Máximo se había retirado por motivo de salud. El procónsul Galerio Máximo mandó que se le guardara a Cipriano hasta el día siguiente. Entre tanto, el bienaventurado Cipriano fue conducido a la casa del alguacil del varón clarísimo Galerio Máximo, procónsul, y en ella estuvo hospedado, en la calle de Saturno, situada entre la de Venus y la de la Salud. Allí afluyó toda la muchedumbre de los hermanos, lo que sabido por San Cipriano, mandó que las vírgenes fueran puestas a buen recaudo, pues todos se habían quedado en la calle, ante la puerta del oficial, donde el obispo se hospedaba.

Al día siguiente, decimoctavo de las calendas de octubre (14 de septiembre), una enorme muchedumbre se reunió en la Villa Sexti, conforme al mandato del procónsul Galerio Máximo. Y sentado en su tribunal en el atrio llamado Sauciolo, el procónsul Galerio Máximo dio orden, aquel mismo día, de que le presentaran a Cipriano.

Habiéndole sido presentado, el procónsul Galerio Máximo dijo al obispo Cipriano:

—¿Eres tú Tascio Cipriano?

El obispo Cipriano respondió: —Yo lo soy.

GALERIO MÁXIMO.— ¿Tú te has hecho padre de los hombres sacrílegos?

CIPRIANO OBISPO.— Sí.

GALERIO MÁXIMO.— Los sacratísimos emperadores han mandado que sacrifiques.

CIPRIANO OBISPO.— No sacrifico.

GALERIO MÁXIMO.— Reflexiona y mira por ti.

CIPRIANO OBISPO.— Haz lo que se te ha mandado. En cosa tan justa no hace falta reflexión alguna.

Galerio Máximo, después de deliberar con su consejo, a duras penas y de mala gana, pronunció la sentencia con estos considerandos:

—Durante mucho tiempo has vivido sacrílegamente y has juntado contigo en criminal conspiración a muchísima gente, constituyéndote enemigo de los dioses romanos y de sus sacros ritos, sin que los piadosos y sacratísimos príncipes Valeriano y Galieno, Augustos, y Valeriano, nobilísimo César, hayan logrado hacerte volver a su religión. Por tanto, convicto de haber sido cabeza y abanderado de hombres reos de los más abominables crímenes, tú servirás de escarmiento a quienes juntaste para tu maldad, y con tu sangre quedará sancionada la ley.

Y dicho esto, leyó en alta voz la sentencia en la tablilla: —Mandamos que Tascio Cipriano sea pasado a filo de espada.

El obispo Cipriano dijo: —Gracias a Dios.

Oída esta sentencia, la muchedumbre de los hermanos decía:

—También nosotros queremos ser degollados con él.

Con ello se levantó un alboroto entre los hermanos, y mucha turba de gentes le siguió hasta el lugar del suplicio. Fue, pues, conducido Cipriano al campo o Villa de Sexto y, llegado allí, se quitó su sobreveste y capa, dobló sus rodillas en tierra y se prosternó rostro en el polvo para hacer oración al Señor. Luego se despojó de la dalmática y la entregó a los diáconos y, que-dándose en su túnica interior de lino, estaba esperando al verdugo. Venido éste, el obispo dio orden a los suyos que le entregaran veinticinco monedas de oro. Los hermanos, por su parte, tendían delante de él lienzos y pañuelos. Seguidamente, el bienaventurado Cipriano se vendó con su propia mano los ojos; mas como no pudiera atarse las puntas del pañuelo, se las ata-ron el presbítero Juliano y el subdiácono del mismo nombre.

Así sufrió el martirio el bienaventurado Cipriano. Su cuerpo, para evitar la curiosidad de los gentiles, fue retirado a un lugar próximo. Luego, por la noche, sacado de allí, fue conducido entre cirios y antorchas, con gran veneración y triunfalmente, al cementerio del procurador Macrobio Candidiano, sito en el ca-mino de Mapala, junto a los depósitos de agua de Cartago. Después de pocos días murió el procónsul Galerio Máximo.

El beatísimo mártir Cipriano sufrió el martirio el día decimoctavo de las calendas de octubre (el 14 de septiembre), sien-do emperadores Valeriano y Galieno y reinando nuestro Señor Jesucristo, a quien es honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén .

(BAC 75, 756-761)

 

Martirio de San Fructuoso, obispo, y de Augurio y Eulogio, diáconos

En Tarragona, año 259

Siendo emperadores Valeriano y Galieno, y Emiliano y Baso cónsules, el diecisiete de las calendas de febrero (el 16 de ene-ro), un domingo, fueron prendidos Fructuoso, obispo, Augurio y Eulogio, diáconos. Cuando el obispo Fructuoso estaba ya acostado, se dirigieron a su casa un pelotón de soldados de los llamados beneficiarios, cuyos nombres son: Aurelio, Festucio, Elio, Polencio, Donato y Máximo. Cuando el obispo oyó sus pisadas, se levantó apresuradamente y salió a su encuentro en chinelas. Los soldados le dijeron:

—Ven con nosotros, pues el presidente te manda llamar junto con tus diáconos.

Respondióles el obispo Fructuoso:

—Vamos, pues; o si me lo permitís, me calzaré antes. Replicaron los soldados:

—Cálzate tranquilamente.

Apenas llegaron, los metieron en la cárcel. Allí, Fructuoso, cierto y alegre de la corona del Señor a que era llamado, oraba sin interrupción. La comunidad de hermanos estaba también con él, asistiéndole y rogándole que se acordara de ellos.

Otro día bautizó en la cárcel a un hermano nuestro, por nombre Rogaciano.

En la cárcel pasaron seis días, y el viernes, el doce de las calendas de febrero (21 de enero), fueron llevados ante el tribunal y se celebró el juicio.

El presidente Emiliano dijo:

—Que pasen Fructuoso, obispo, Augurio y Eulogio. Los oficiales del tribunal contestaron:

—Aquí están.

El presidente Emiliano dijo al obispo Fructuoso:

—¿Te has enterado de lo que han mandado los emperadores?

FRUCTUOSO.— Ignoro qué hayan mandado; pero, en todo caso, yo soy cristiano.

EMILIANO.— Han mandado que se adore a los dioses. FRUCTUOSO.— Yo adoro a un solo Dios, el que hizo el cielo y la tierra, el mar y cuanto en ellos se contiene.

EMILIANO.— ¿Es que no sabes que hay dioses?

FRUCTUOSO.— No lo sé.

EMILIANO.— Pues pronto lo vas a saber.

El obispo Fructuoso recogió su mirada en el Señor y se puso a orar dentro de sí.

El presidente Emiliano concluyó:

—¿Quiénes son obedecidos, quiénes temidos, quiénes adorados, si no se da culto a los dioses ni se adoran las estatuas de los emperadores?

El presidente Emiliano se volvió al diácono Augurio y le dijo: —No hagas caso de las palabras de Fructuoso.

Augurio, diácono repuso:

—Yo doy culto al Dios omnipotente.

El presidente Emiliano dijo al diácono Eulogio:

—¿También tú adoras a Fructuoso?

Eulogio, diácono, dijo:

—Yo no adoro a Fructuoso, sino que adoro al mismo a quien adora Frutuoso.

El presidente Emiliano dijo al obispo Fructuoso:

—¿Eres obispo?

FRUCTUOSO.— Lo soy.

EMILIANO.— Pues has terminado de serlo.

Y dio sentencia de que fueran quemados vivos.

Cuando el obispo Fructuoso, acompañado de sus diáconos, era conducido al anfiteatro, el pueblo se condolía del obispo Fructuoso, pues se había captado el cariño, no sólo de parte de los hermanos, sino hasta de los gentiles. En efecto, él era tal como el Espíritu Santo declaró debe ser el obispo por boca de aquel vaso de elección, el bienaventurado Pablo, doctor de las naciones. De ahí que los hermanos que sabían caminaba su obispo a tan grande gloria, más bien se alegraban que se dolían.

De camino, muchos, movidos de fraterna caridad, ofrecían a los mártires que tomaran un vaso de una mixtura expresa-mente preparada; mas el obispo lo rechazó, diciendo:

  • Todavía no es hora de romper el ayuno. Era, en efecto, la hora cuarta del día; es decir, las diez de la mañana. Por cierto que ya el miércoles, en la cárcel, habían solemnemente celebra-do la estación. Y ahora, el viernes, se apresuraba, alegre y seguro, a romper el ayuno con los mártires y profetas en el paraíso, que el Señor tiene preparado para los que le aman.

Llegados que fueron al anfiteatro, acercósele al obispo un lector suyo, por nombre Augustal, y, entre lágrimas, le suplicó le permitiera descalzarle. El bienaventurado mártir contestó:

  • Déjalo, hijo; yo me descalzaré por mí mismo, pues me siento fuerte y me inunda la alegría por la certeza de la promesa del Señor.

Apenas se hubo descalzado, un camarada de milicia, hermano nuestro, por nombre Félix, se le acercó también y, tomándole la mano derecha, le rogó que se acordara de él. El santo varón Fructuoso, con clara voz que todos oyeron, le contestó:

  • Yo tengo que acordarme de la Iglesia católica, extendida de Oriente a Occidente.

Puesto, pues, en el centro del anfiteatro, como se llegara ya el momento, digamos más bien de alcanzar la corona inmarcesible que de sufrir la pena, a pesar de que le estaban observando los soldados beneficiarios de la guardia del pretorio, cuyos nombres antes recordamos, el obispo Fructuoso, por aviso juntamente e inspiración del Espíritu Santo, dijo de manera que lo pudieron oír nuestros hermanos:

  • No os ha de faltar pastor ni es posible falte la caridad y promesa del Señor, aquí lo mismo que en lo por venir. Esto que estáis viendo, no es sino sufrimiento de un momento.

Habiendo así consolado a los hermanos, entraron en su salvación, dignos y dichosos en su mismo martirio, pues merecieron sentir, según la promesa, el fruto de las Santas Escrituras. Y, en efecto, fueron semejantes a Ananías, Azarías y Misael, a fin de que también en ellos se pudiera contemplar una imagen de la Trinidad divina. Y fue así que, puestos los tres en medio de la hoguera, no les faltó la asistencia del Padre ni la ayuda del Hijo ni la compañía del Espíritu Santo, que andaba en medio del fuego.

Apenas las llamas quemaron los lazos con que les habían atado las manos, acordándose ellos de la oración divina y de su ordinaria costumbre, llenos de gozo, dobladas las rodillas, seguros de la resurrección, puestos en la figura del trofeo del Señor, estuvieron suplicando al Señor hasta el momento en que juntos exhalaron sus almas.

Después de esto, no faltaron los acostumbrados prodigios del Señor, y dos de nuestros hermanos, Babilán y Migdonio, que pertenecían a la casa del presidente Emiliano, vieron cómo se abría el cielo y mostraron a la propia hija de Emiliano cómo subían coronados al cielo Fructuoso y sus diáconos, cuando aún estaban clavadas en tierra las estacas a que los habían atado. Llamaron también a Emiliano diciéndole:

—Ven y ve a los que hoy condenaste, cómo son restituidos a su cielo y a su esperanza.

Acudió, efectivamente, Emiliano, pero no fue digno de verlos.

Los hermanos, por su parte, abandonados como ovejas sin pastor, se sentían angustiados, no porque hicieran duelo de Fructuoso, sino porque le echaban de menos, recordando la fe y combate de cada uno de los mártires.

Venida la noche, se apresuraron a volver al anfiteatro, llevando vino consigo para apagar los huesos medio encendidos. Después de esto, reuniendo las cenizas de los mártires, cada cual tomaba para sí lo que podía haber a las manos.

Mas ni aun en esto faltaron los prodigios del Señor y Salvador nuestro, a fin de aumentar la fe de los creyentes y mostrar un ejemplo a los débiles. Convenía, en efecto, que lo que enseñando en el mundo había, por la misericordia de Dios, prometido en el Señor y Salvador nuestro el mártir Fructuoso, lo comprobara luego en su martirio y en la resurrección de la carne.

Así, pues, después de su martirio se apareció a los hermanos y les avisó restituyeran sin tardanza lo que cada uno, llevado de su caridad, había recogido de entre las cenizas, y cuidaran de que todo se pusiera en lugar conveniente.

También a Emiliano, que los había condenado a muerte, se apareció Fructuoso, acompañado de sus diáconos, vestidos de ornamentos del cielo, increpándole y echándole en cara que de nada le había servido su crueldad, pues en vano creía que estaban en la tierra despojados de su cuerpo los que veía gloriosos en el cielo.

¡Oh bienaventurados mártires, que fueron probados por el fuego, como oro precioso, vestidos de la loriga de la fe y del yelmo de la salvación; que fueron coronados con diadema y corona inmarcesible, porque pisotearon la cabeza del diablo! ¡Oh bienaventurados mártires, que merecieron morada digna en el cielo, de pie a la derecha de Cristo, bendiciendo a Dios Padre omnipotente y a nuestro Señor Jesucristo, hijo suyo!

Recibió el Señor a sus mártires en paz por su buena confesión, a quien es honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

(BAC 75, 788-794)

 

Martirio de Santa Crispina

En Theveste, África, hacia fines del 304

Siendo cónsules Diocleciano por novena vez y Maximiano por octava, el día de las nonas de diciembre (5 de diciembre), en la colonia de Theveste, sentado dentro de su despacho en el tribunal el procónsul Anulino, el secretario de la audiencia dijo:

  • Si das sobre ello orden, Crispina, natural de Tagura, por haber despreciado la ley de nuestros señores los emperadores, pasará a ser oída.

El procónsul Anulino dijo:

  • Que pase.

Entrado, pues, que hubo Crispina, Anulino dijo:

  • ¿Conoces, Crispina, el tenor del mandato sagrado? CRISPINA.— Ignoro de qué mandato se trate.

ANULINO.— Que tienes que sacrificar a todos los dioses por la salud de los príncipes, conforme a ley dada por nuestros señores Diocleciano y Maximiano, píos augustos, y Constancio y Máximo, nobilísimos césares.

CRISPINA.- Yo no he sacrificado jamás ni sacrifico, sino al solo y verdadero Dios y a nuestro Señor Jesucristo, Hijo suyo, que nació y padeció.

ANULINO.- Corta esa superstición y dobla tu cabeza al culto de los dioses de Roma.

CRISPINA.- Todos los días adoro a mi Dios omnipotente; fuera de Él, a ningún otro Dios conozco.

ANULINO.— Eres mujer dura y desdeñosa; pero pronto vas a sentir, bien contra tu gusto, la fuerza de las leyes.

CRISPINA.— Cuanto pudiere sucederme lo he de sufrir con gusto por mantener la fe que profeso.

ANULINO.— Tan grande es tu vanidad, que ya no quieres abandonar tu superstición y venerar a los dioses.

CRISPINA.- Diariamente venero, pero al Dios vivo y verdadero, que es mi Señor, fuera del cual ningún otro conozco.

ANULINO.— Mi deber es presentarte el sagrado mandato para que lo observes.

CRISPINA.- Un sagrado mandato he de observar, pero es el de mi Señor Jesucristo.

ANULINO.— Voy a dar sentencia de que se te corte la cabeza si no obedeces a los mandatos de los emperadores, nuestros se-ñores, a quienes se te forzará a servir, obligándote a doblar el cuello bajo el yugo de la ley. Toda el África ha sacrificado, como de ello no te cabe a ti misma duda.

CRISPINA.- Jamás se ufanarán ellos de hacerme sacrificar a los demonios; sino que sacrifico al Señor que hizo el cielo y la tierra, el mar y cuanto hay en ellos.

ANULINO.— ¿Luego no son para ti aceptos estos dioses, a quienes se te obliga que rindas servicio, a fin de llegar sana y salva a la devoción?

CRISPINA.— No hay devoción alguna donde interviene fuerza que violenta.

ANULINO.—Mas lo que nosotros buscamos es que tú seas ya voluntariamente devota, y en los sagrados templos, doblada tu cabeza, ofrezcas incienso a los dioses de los romanos.

CRISPINA.— Eso yo no lo he hecho jamás desde que nací, ni sé lo que es, ni pienso hacerlo mientras viviere.

ANULINO.- Pues tienes que hacerlo, si quieres escapar a la severidad de las leyes.

CRISPINA.— No me dan miedo tus palabras; esas leyes nada son. Mas si consintiera en ser sacrílega, el Dios que está en los cielos me perdería, y yo no aparecería en el día venidero.

ANULINO.— Sacrílega no puedes ser cuando, en realidad, vas a obedecer sagradas órdenes.

CRISPINA.— ¡Perezcan los dioses que no han hecho el cielo y la tierra! Yo sacrifico al Dios eterno que permanece por los siglos de los siglos, que es Dios verdadero y temible, que hizo el mar, la verde hierba y la tierra seca. Mas los hombres que Él mismo hizo ¿que pueden darme?

ANULINO.— Practica la religión romana, que observan nuestros señores los césares invictos y nosotros mismos guardamos.

CRISPINA.— Ya te he dicho varias veces que estoy dispuesta a sufrir los tormentos a que quieras someterme, antes que manchar mi alma en esos ídolos, que son pura piedra, obras de mano de hombre.

ANULINO.— Estás blasfemando y no haces lo que conviene a tu salud.

Y añadió Anulino a los oficiales del tribunal:

—Hay que dejar a esta mujer totalmente fea, y así empezad por raerle a navaja la cabeza, para que la fealdad comienze por la cara.

CRISPINA.— Que hablen los dioses mismos, y creo. Si yo no buscara mi propia salud, no estaría ahora delante de tu tribunal.

ANULINO.— ¿Deseas prolongar tu vida o morir entre tormentos, como tus otras compañeras?

CRISPINA.— Si quisiera morir y entregar mi alma a la perdición en el fuego eterno, ya hubiera rendido mi voluntad a tus demonios.

ANULINO.— Mandaré que se te corte la cabeza si te niegas a adorar a los dioses venerables.

CRISPINA.— Si tanta dicha lograre, yo daré gracias a mi Dios. Lo que yo deseo es perder mi cabeza por mi Dios, pues a tus vanísimos ídolos, mudos y sordos, yo no sacrifico.

ANULINO.— ¿Conque te obstinas de todo punto en ese necio propósito?

CRISPINA.- Mi Dios, que es y permanece para siempre, Él me mandó nacer, Él me dio la salud por el agua saludable del bautismo, Él está en mí, ayudándome y confortando a su esclava, a fin de que no corneta yo el sacrilegio de adorar a los ídolos.

ANULINO.— ¿A qué aguantar por más tiempo a esta impía cristiana? Léanse las actas del códice con todo el interrogatorio.

Leídas que fueron, el procónsul Anulino, leyó de la tablilla la sentencia:

—Crispina, que se obstina en una indigna superstición, que no ha querido sacrificar a nuestros dioses, conforme a los celestiales mandatos de la ley de los augustos, he mandado sea pasa-da a filo de espada.

Crispina respondió:

—Bendigo a Dios que así se ha dignado librarme de tus manos. ¡Gracias a Dios!

Y, signándose la frente, fue degollada por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

(BAC 75, 1142-1146)

ENRIQUE MOLINÉ
LOS PADRES DE LA IGLESIA

 

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