Curiosidades del Camino de Santiago, el fuego del infierno

Pan de san Antonio

El fuego del infierno es una enfermedad que produce alucinaciones, convulsiones y contracción arterial y cuyas consecuencias resultaban más temibles, incluso que las de la propia lepra.

Hace unos mil años, una rara epidemia de locura azotó Europa. Las víctimas de esta enfermedad sufrían lo indecible. Además de tener alucinaciones terroríficas, sus piernas y brazos se volvían negros y poco después sobrevenía la gangrena. Dichas extremidades gangrenosas podían ser arrancadas del cuerpo sin que se presentara el menor sangrado. La enfermedad fue llamada Fuego de San Antonio debido a que muchos de los síntomas recordaban el martirio que sufrió el santo cuando se fue a orar al desierto.

Los enfermos atormentados por dolores atroces lloraban en los templos y en las plazas públicas; esta enfermedad pestilencial, corroía los pies o las manos y la cara. Comenzaba con un escalofrío en brazos y piernas, seguido de una angustiosa sensación de quemazón. Parecía que las extremidades iban consumiéndose por un fuego interno, se tornaban negras, arrugadas y terminaban por desprenderse, “como si se hubiesen cortado con una hacha”.

La inmensa mayoría sobrevivía, quedando mutilados y deformados enormemente, por la pérdida incluso de los cuatro miembros. Existía otra variante de esta intoxicación en la que el paciente sufría intensos dolores abdominales que finalizaban en una muerte súbita. En las mujeres embarazadas producía invariablemente abortos.

Durante la Edad Media se crearon hospitales donde los frailes de la orden de San Antonio se dedicaban en exclusiva a cuidar de estos enfermos. Estos frailes llevaban hábito oscuro con una gran T azul en el pecho.

El único remedio conocido en la Edad Media consistía en acudir en peregrinación a Santiago de Compostela.
Al peregrinar, pedían a los clérigos de la orden franciscana de San Antonio, que tenían hospitales dedicados por entero a la atención de este mal a lo largo de la ruta, que tocaran sus extremidades con el báculo en forma de Tau, o que les dieran pequeños escapularios llamados Taus, o que los alimentaran con pan y vino bendecidos con el báculo abacial también en forma de Tau. (Tau es la letra hebrea y griega que empleaba san Francisco como su firma, muy utilizada por la iglesia por su semejanza con la cruz).

Poco a poco, mientras recorrían el camino, los enfermos mejoraban. Al llegar ante el Apóstol, estaban totalmente curados.

El también conocido como fuego de san Antón tuvo a dos san Antonio como curanderos milagrosos: san Antonio Abad primero, y san Antonio de Padua después. Los hospitales de esta orden tuvieron tal éxito, que poco a poco fueron extendiéndose por toda Europa. No sólo obraban el milagro de curar el fuego del infierno, sino que llegaron a atender a los enfermos de la peste negra. En el siglo XV se cree que poseían 370 hospitales y encomiendas con más de diez mil monjes,curaban a los enfermos ofreciéndoles pan de trigo candeal. La vida ascética enseña la moderación en todos los aspectos de la vida, ora y labora.

Los frailes pedían limosna para recaudar dinero y posteriormente dar pan bendito a la gente que no tenía posibilidades, este pan de trigo, expulsa al demonio de las alucinaciones y la enfermedad, Dios se vale de la naturaleza para realizar prodigios.

La explicación es sencilla: El ergotismo gangrenoso lo producía el consumo prolongado de pan de centeno contaminado por el hongo cornezuelo. Una de las sustancias producidas por el hongo es la ergotamina, de la cual deriva el ácido lisérgico. LSD. El pan de trigo producido por los monjes no estaba contaminado y su consumo curaba el efecto del hongo.

Segundo Libro de los Reyes 4,42-44.
Llegó un hombre de Baal Salisá, trayendo al hombre de Dios pan de los primeros frutos: veinte panes de cebada y grano recién cortado, en una alforja. Eliseo dijo: “Dáselo a la gente para que coman”.
Pero su servidor respondió: “¿Cómo voy a servir esto a cien personas?”. “Dáselo a la gente para que coman, replicó él, porque así habla el Señor: Comerán y sobrará”.
El servidor se lo sirvió: todos comieron y sobró, conforme a la palabra del Señor.

Evangelio según San Juan 6,1-15.

Felipe le respondió: “Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan”.
Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo:
“Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?”.
Jesús le respondió: “Háganlos sentar”. Había mucho pasto en ese lugar. Todos se sentaron y eran uno cinco mil hombres.
Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron.
Cuando todos quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: “Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada”.
Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada.
Al ver el signo que Jesús acababa de hacer, la gente decía: “Este es, verdaderamente, el Profeta que debe venir al mundo”.
Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña.

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