Excomunión Papal

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Honorio I Papa Hereje (638)

La amenaza de los persas al Imperio bizantino, a la que después se agregó la de los árabes, movió en el siglo VII a un intento de acercamiento ecuménico con los ya declarados herejes.

La situación era realmente peligrosa. Los persas habían conquistado Capadocia y Egipto. En estas circunstancias, el patriarca Sergio de Constantinopla intentó acudir en ayuda del emperador Heraclio, vencedor de los persas, elaborando un plan de mediación según el cual No se debía hablar precisamente de una doble naturaleza en Cristo, sino más bien de una energía y una voluntad («monon the lema», de ahí el nombre). El monotelismo fue una doctrina religiosa del siglo VII que admitía en Cristo dos naturalezas, la humana y la divina, y una única voluntad.

A esta herejía se le conoce como Camaleónica, ya se camufla en la doctrina auténtica.

Es decir que por buscar darle gusto a todos, un papa terminó así:
“Llegamos a la conclusión de anatematizar a Honorio […] porque encontramos que en los escritos que escribió a Sergio siguió en todo la mente de éste, y confirmó sus impíos dogmas”. En el año 653 el Papa es conducido a la fuerza a Constantinopla por el Emperador, donde se le trata con dureza. Finalmente, es desterrado a Crimea, muriendo ese mismo año. Fué condenado después de su muerte, que tuvo lugar el 12 de octubre de 638.

Se le declaró hereje y fue excomulgado por san León II (682-683), en el concilio de Constantinopla. Hasta donde la definición de infalibilidad papal concierne, invocada en el Concilio Vaticano I de 1870, ésta permite a un Papa ser negligente en el trono Papal pero no, obviamente, pronunciar un error desde ahí.

Esta condenación se ha grabado profundamente en la memoria de la Iglesia, y se comprende que tuviese más tarde un importante papel en la discusión sobre la autoridad dogmática del Papa hasta el Concilio Vaticano. Como revelan las propias declaraciones de Honorio, él entreveía la verdadera doctrina, pero pactar con Herejes lo hizo uno de ellos.
“Había permitido que fuese manchada la Sede Apostólica y la Fe inmaculada, con una traición profana”.

Terrible precedente de excomunión sentado por un Santo Concilio Ecuménico, con la aprobación del Sumo Pontífice, declarado santo (San León), para aquellos Papas que, en lo sucesivo, siguiendo los pasos de Honorio I, “se esfuercen, por una traición sacrílega, en destruir la fe inmaculada”, según las palabras textuales del Papa San León, quien no solamente condenó tales hechos en Honorio, sino también su Iglesia, destinada a enseñar la doctrina de Cristo y preservarla de falsificaciones.
Si los obispos sucesores de los apóstoles, o si los Papas sucesores de Pedro, faltan a sus obligaciones de enseñar y mantener pura la Doctrina de Cristo, traicionan al Divino Maestro y pierden la razón de su investidura como tales.
La traición a la Iglesia o la simple negligencia frente a ataques o falsificaciones de la Doctrina de Cristo, es decir, de la Divina Revelación, si en un seglar es de graves consecuencias, en un obispo, por su autoridad eclesiástica, puede causar a la Iglesia y a los fieles mayor daño y, en un Papa, puede causar daños catastróficos a toda la Santa Iglesia y a todos sus fieles.

Papa Honorio en su conducta, impuso silencio a los defensores de la ortodoxia y dio la razón a Sergio y a sus partidarios herejes.

El papa Agatón, celebra el III Concilio de Constantinopla (sexto ecuménico) cuyas sesiones duraron desde noviembre del 680 a septiembre del 681. El Concilio condena el monotelismo y define que en Cristo han de reconocerse «dos voluntades naturales y dos naturales modos de actuar, indivisos, incambiables, inseparables, inmezclables».

Sobre al Papa Honorio, que no había sido claro en la defensa de la doctrina correcta, el Papa León II dice que «el cual no extinguió como era conveniente a su autoridad apostólica la incipiente llama de la doctrina herética, sino que la favoreció con su negligencia».

Es decir, al Papa Honorio so se le condenó como hereje -cosa que no había sido-, sino como Negligente en la defensa de la fe.

«Predicamos igualmente en Él dos voluntades naturales o quereres, y dos operaciones naturales, sin división, sin conmutación, sin separación, sin confusión, según la enseñanza de los Padres; y dos voluntades, no contrarias -¡Dios nos libre! …- sino que su voluntad humana sigue a su voluntad divina y omnipotente, sin oponérsele ni combatirla, antes bien, enteramente sometida a ella… Porque de igual forma que su carne animada… no por estar divinizada quedó suprimida…, así tampoco su voluntad quedó suprimida por estar divinizada… Glorificamos también dos operaciones naturales sin división, sin conmutación, sin separación, sin confusión… esto es una operación divina y otra operación humana… Porque no vamos, ciertamente, a admitir una misma operación natural de Dios y de la criatura para no levantar lo creado hasta la divina sustancia ni rebajar tampoco la excelencia de la divina naturaleza al puesto que le conviene a las criaturas»

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