La justicia original, que perdimos con el pecado

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“Aunque propio de cada uno, el pecado original no tiene, en ningún descendiente de Adán, un carácter de falta personal. Es la privación de la santidad y de la justicia originales, pero la naturaleza humana no está totalmente corrompida: está herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte e inclinada al pecado. El Bautismo, dando la vida de la gracia de Cristo, borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios, pero las consecuencias para la naturaleza, debilitada e inclinada al mal, persisten en el hombre y lo llaman al combate espiritual”

«Si alguno no confiesa que el primer hombre Adán habiendo transgredido en el paraíso el mandato de Dios, inmediatamente perdió la santidad y la justicia, en la cual había sido constituido, …sea anatema» C.Tridentino (D 788)

El estado de justicia original es uno de los estados históricos de la naturaleza humana, en el que el hombre existió antes del pecado original. En este estado, el destino del hombre era sobrenatural (visión beatífica), tenía la gracia santificante y los dones preternaturales de inmortalidad, inmunidad de concupiscencia e impasibilidad.

La elevación del hombre al estado sobrenatural la realizó Dios constituyendo al primer hombre en santidad y justicia originales. Esta “santidad y justicia” equivale a gracia santificante y los dones preternaturales.
Es coherente pensar, en efecto, que el hombre fue plenamente elevado en el mismo momento de la creación. El hombre nunca ha existido, por lo tanto, sin estar llamado a la comunión con Dios.

A la luz de la Biblia, el estado del hombre antes del pecado se presentaba como una condición de perfección original, expresada, en cierto modo, en la imagen del «paraíso» que nos ofrece el Génesis.

Si nos preguntamos cuál era la fuente de dicha perfección, la respuesta es que ésta se hallaba sobre todo en la amistad con Dios mediante la gracia santificante y en aquellos dones, llamados en lenguaje teológico «preternaturales», y que el hombre perdió por el pecado.

El árbol de la ciencia del bien y del mal evoca simbólicamente el límite insuperable que el hombre, en cuanto criatura, debe reconocer y respetar. El hombre depende del Creador y se halla sujeto a las leyes sobre cuya base el Creador ha constituido el orden del mundo creado por Él, el orden esencial de la existencia (ordo rerum); y, por consiguiente, también se halla sujeto a las normas morales que regulan el uso de la libertad. La prueba primordial se dirige, por tanto, a la voluntad libre del hombre, a su libertad”. Juan P. II

Para acceder a Su Misericordia nuevamente, vivimos, esto es, la vida es una prueba, para confirmarnos al Paraíso, abierto de nuevo por Jesús con su sacrificio, o condenarnos al infierno.

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