La revolución espiritual

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En el año 1884, los padres de la Compañía de Jesús publicaron el libro de Felix Sardà i Salvany, El liberalismo es pecado en 8 idiomas.

Puede un católico ser comunista o de izquierda o  aun liberal?

La iglesia determinó el liberalismo como intrínsecamente malo y excomulgó a los comunistas

San Ezequiel Moreno y Díaz, Obispo de Pasto proclamo que EL LIBERALISMO ES PECADO

“Es un error, y error funesto a la Iglesia y a las almas, transigir con los enemigos de Jesucristo y andar blandos y complacientes con ellos. Mayores estragos ha hecho en la Iglesia de Dios la cobardía velada de prudencia y moderación, que los gritos y golpes furiosos de la impiedad”.

¿hasta qué punto es dado a un católico divisar las fulguraciones
engañosas, el cántico al mismo tiempo siniestro y atrayente,
emoliente y delirante, ateo y fetichistamente crédulo con el que, desde
el fondo de los abismos en que yace eternamente, el príncipe de
las tinieblas atrae a los hombres que negaron a la Iglesia de Cristo?

Pío IX, decía lleno de amargura el 17 de septiembre de 1861: “En estos tiempos de confusión y desorden no es raro ver a cristianos, a católicos – también los hay en el clero- que tienen siempre en boca las palabras de término medio, conciliación y transacción. Pues bien, yo no titubeo en declararlo: estos hombres están en un error, y no los tengo por los enemigos menos peligrosos de la Iglesia”

La aversión al esfuerzo intelectual, en especial a la abstracción,
a teorizar, al pensamiento doctrinario, sólo puede inducir, en último
análisis, a una hipertrofia del papel de los sentidos y de la imaginación,
a esa “civilización de la imagen” acerca de la cual Pablo VI advirtió.

la Revolución  reduce la espiritualidad al tribalismo. Y el modo de hacerlo ya se puede notar claramente en las corrientes de teólogos y canonistas que tienen
en vista transformar la noble y ósea rigidez de la estructura eclesiástica,
tal como Nuestro Señor Jesucristo la instituyó y veinte siglos
de vida religiosa la modelaron magníficamente, en un tejido cartilaginoso,
muelle y amorfo, de diócesis y parroquias sin circunscripciones territoriales definidas, de grupos religiosos en los que la firme autoridad canónica va siendo substituida gradualmente por el ascendiente de los “profetas” más o menos pentecostalistas, congéneres ellos mismos de los hechiceros del estructuralismo-tribalismo, con cuyas figuras acabarán por confundirse. Como también con la tribucélula estructuralista se confundirá, necesariamente, la parroquia o
la diócesis progresista-pentecostalista, dirigida por videntes.

Los imitadores de Lucifer no hubieran llegado adonde han llegado en su obra de destronar a Jesucristo, si no fueran ayudados por esos católicos que llaman intransigencia a la lucha abierta contra el mal, y prefieren entrar en componendas con él. Creen los hombres que así obran, que la manera de amansar la fiera revolucionaria es concederle algo, para que pida más, y no consideran que esa fiera es insaciable.

Ya se nota una indefendible dependencia de toda la Jerarquía eclesiastica con relación al laicado, presunto portavoz necesario de la voluntad de Dios.
“Voluntad de Dios”, que ese laicado tribalista pretende conocer a través de las revelaciones “místicas” de algún vidente, brujo, gurú o hechicero; de modo que, obedeciendo al laicado, la Jerarquía supuestamente cumpliría su misión de obedecer la voluntad del propio Dios.

El Liberalismo es pecado, ya se le considere en el orden de las doctrinas, ya en el orden de los hechos.

En el orden de las doctrinas es pecado grave contra la fe, porque el conjunto de las doctrinas suyas es herejía, aunque no lo sea tal vez en alguna que otra de sus afirmaciones o negaciones aisladas. En el orden de los hechos es pecado contra los diversos Mandamientos de la ley de Dios y de su Iglesia, porque de todos es infracción. Más claro. En el orden de las doctrinas el Liberalismo es la herejía universal y radical, porque las comprende todas: en el orden de los hechos es la infracción radical y universal, porque todas las autoriza y sanciona.

Plinio Correa de Oliveira

 

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