La Vera Cruz

Hallazgo Cruz

El emperador Constantino se hallaba en grave peligro de ser derrotado por las hordas de bárbaros del Danubio. Entonces, presenció la aparición de una cruz muy brillante, con una inscripción que decía: «Con este signo vencerás» («in hoc signo vinces»). La victoria le favoreció, en efecto. Constantino, después de ser instruido y bautizado por el papa Eusebio en Roma, movido por el agradecimiento, envió a su madre santa Elena a Jerusalén para buscar las reliquias de la Cruz. El papa Eusebio acudió a Jerusalén para consagrarle y, poco después, una luz muy brillante indicó el sitio en que se hallaban los clavos. Santa Elena, después de hacer generosos regalos a los Santos Lugares y a los pobres de Jerusalén, exhaló el último suspiro.

La madre del emperador Constantino I el Grande, Santa Elena, hacia el año 326,  hizo destruir el templo de Venus que el emperador Adriano construyó en el monte Calvario, en Jerusalén.

Su intención era excavar allí para poder encontrar la Santa Cruz, se encontraron tres cruces, la de Jesús de Nazaret y la de los dos ladrones que fueron crucificados junto a él.

En el año 614, el rey persa Cosroes II ocupó Jerusalén llevándose la Santa Cruz y poniéndola bajo los pies de su trono, para mostrar así el desprecio que mostraba frente a la religión de los cristianos.

Quince años después, el emperador bizantino Heraclio lo venció, trayendo la cruz nuevamente a Jerusalén.

Según las narraciones de la época, a finales del siglo IV se empezó a repartir la cruz en diversos fragmentos. Los destinados a las iglesias se colocaban en cajas (estaurotecas) en forma de cruz con la reliquia y una piedra preciosa.

Durante las cruzadas hubo multitud de falsas reliquias de la Santa Cruz que recorrieron toda Europa siendo consideradas por la Iglesia como auténticas solo unas pocas.

-En el palacio de Tau, en Reims (Francia) -actualmente museo nacional Musée de l’Œuvre- se puede encontrar el famoso relicario de Carlomagno, regalo del califa Harún al-Rashid, realizado en oro, esmeraldas, perlas y zafiros, en cuyo interior se encuentra una espina de la Santa Cruz. Este relicario se encontró en el cuello del emperador tras exhumársele en 1166.

-En la Iglesia de San Francisco en Popayán (Colombia) hay una reliquia de la vera Cruz llamada “Santo Cristo de la Veracruz” .

San Cirilo, obispo de Jerusalén, en las instrucciones catequéticas que dio en el año 346, en el sitio en que fue crucificado el Salvador, menciona varias veces el madero de la Cruz, «que fue cortado en minúsculos fragmentos, en este sitio, que fueron distribuidos por todo el mundo». Además, en su carta a Constancio, afirma expresamente que «el madero salvador de la Cruz fue descubierto en Jerusalén, en tiempos de Constantino».

San Ambrosio y san Juan Crisóstomo confirman que las excavaciones comenzaron por iniciativa de santa Elena y dieron por resultado el descubrimiento de tres cruces; los mismos autores añaden que la Cruz del Señor, que estaba entre las otras dos, era imposible de identificar, Macario, el obispo de Jerusalén, ordenó que llevasen al sitio del descubrimiento a una mujer agonizante. La mujer tocó las tres cruces y quedó curada al contacto de la tercera, con lo cual se pudo identificar la Cruz del Salvador.

A partir de mediados del siglo IV, las reliquias de la Cruz se esparcieron por todo el mundo, como lo afirma repetidas veces san Cirilo y lo prueban algunas inscripciones fechadas en Africa y otras regiones, los peregrinos de Jerusalén veneraban con intensa devoción el palo mayor de la Cruz. Eteria, que presenció la ceremonia, dejó escrita una descripción de ella. En la vida de san Porfirio de Gaza, escrita unos doce años más tarde, tenemos otro testimonio de la veneración que se profesaba a la santa reliquia y, casi dos siglos después el peregrino conocido con el nombre, incorrecto, de Antonino de Piacenza, nos dice: «adoramos y besamos» el madero de la Cruz y tocamos la inscripción.

Despues de que el emperador Heraclio recuperó las reliquias de la Vera Cruz de manos de los persas, que se las habían llevado quince años antes, el propio emperador quiso cargar una cruz, como había hecho Cristo, a través de la ciudad, con toda la pompa posible. Pero, tan pronto como el emperador, con el madero al hombro, trató de entrar a un recinto sagrado, no pudo hacerlo y quedó como paralizado incapaz de dar un paso. El patriarca Zacarías, que iba a su lado, le indicó que todo aquel esplendor imperial iba en desacuerdo con el aspecto humilde y doloroso de Cristo cuando iba cargado con la cruz por las calles de Jerusalén. Entonces, el emperador se despojó de su manto de púrpura, se quitó la corona y, con simples vestiduras, descalzo, avanzó sin dificultad seguido por todo el pueblo, hasta dejar la cruz en el sitio donde antes se veneraba la verdadera. Los fragmentos de ésta se encontraban en el cofre de plata dentro del cual se los habían llevado los persas y, cuando el patriarca y los clérigos abrieron el cofre todos veneraron las reliquias con mucho fervor. Los escritores más antiguos siempre se refieren a esta porción de la cruz en plural y la llaman «trozos de madera de la verdadera cruz». Por aquel entonces, la ceremonia revistió gran solemnidad: se hicieron acciones de gracias y las reliquias se sacaron para que los fieles pudiesen besarlas y, se afirma, que en aquella ocasión, muchos enfermos quedaron sanos.

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