LUCHA DEL ALMA CON DIOS

Cuando un alma se ve en grandes tentaciones y peli –
gros de perderse, Dios la expone a tan terribles combates
para que, consiguiendo victoria, sea coronada y a fin de que
resplandezca en la batalla la bondad de un Dios que da siem –
pre a sus fieles los auxilios oportunos para que no sólo no
sucumban, sino que salgan siempre vencedores. Y así está
obligada en esto a conformarse con la voluntad de Dios.
Mas en cuanto estos combates y tentaciones le son ocasión de
ser vencida y de ofender a Dios, no sólo no debe quererlos
sino que debe luchar con Dios pidiéndole que le salve en la
tempestad, y debe trabajar con todo empeño en verse libre
de ellas.

Cuando una nación peca, le acusa Satanás ante el
tribunal de la divina justicia y presenta en él sus pecados. Si
el Juez supremo le condena conforme a las leyes de su jus –
ticia, estampadas en las maldiciones de la ley, y según ellas
le envía pestes que la consuman, hambres que la devoren,
guerras que la devasten y destruyan, y espantosos terremo –
tos y extraordinarios pedriscos, y si esta nación, lejos de abrir
con ello los ojos y convertirse a Dios, se obstina más en sus
pecados y conculca con ellos la sangre del Testamento, y en
justo castigo es entregada a la disposición de Satanás y de
sus sectas de impiedad quienes, como instrumentos de la
divina justicia, le asesinan sus sacerdotes, le destruyen sus
altares, entregan a las llamas o a la piqueta sus iglesias y sus
santuarios, le privan del don de la predicación, le secan las
fuentes de las gracias que corren por los sacramentos y por
fin le despojan de todos sus bienes espirituales y de la espe –
ranza de los eternos, de modo que la que era antes esposa
del Rey de la gloria se ve convertida en una vil esclava de
Satanás

Dios quiere manifestar su gloria y hacer ostentación
en su Iglesia de las inestimables riquezas de su gracia, quie –
re en el día de su triunfo ceñirle sus sienes con una corona
de infinito precio y hermosura, y por esto quiere también que
pelee legítima y fielmente. «No es coronado, dice el Apóstol,
sino el que peleare legítimamente» (2 Tm 2,5). A este fin, la
expone a terribles combates y desata de vez en cuando las
potestades del abismo; y éstas, formando sectas de impie –
dad, la obligan a avivar su fe, prueban su constancia, su con –
fianza, su caridad y demás virtudes.

Francisco Palau

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