NAVIDAD: La hora de la confianza, en la noche del mundo.

Queridos cristianos, la Santa Navidad no es sólo una tradición cultural de Occidente o una simple memoria de un hecho histórico ocurrido en Palestina hace 2.015 años. La Navidad es la época en que el Redentor de la humanidad está presente con nosotros en una cuna, pidiéndonos que le adoremos como Rey y Señor del universo. La Natividad es, en este sentido, uno de los misterios centrales de nuestra fe, la puerta que le permite entrar en todos los misterios de Cristo.

El Papa San León Magno (440-461) dice:

“El que era invisible en su naturaleza se hizo visible en la nuestra. Lo incomprensible quería ser comprendido; Él que Es antes del tiempo, empezó a Ser en el tiempo; el Señor del universo, velando su majestuosidad, ha recibido la condición de esclavo “(Sermo en Nativitate Dominios, II, § 2).

El evento en la historia del Verbo Encarnado fue también el momento de mayor triunfo de los Ángeles. Desde el momento de su creación, en los albores del universo, sabían que Dios se haría hombre y habrían de adorarlo, como segunda persona de la Santísima Trinidad. Esta revelación habría de separar irrevocablemente a los ángeles fieles de los rebeldes, el cielo y la tierra, los hijos de la luz y las tinieblas.

En Belén, para los ángeles, finalmente llega la hora de inclinarse ante el Niño Divino, causa y medio, escribe el Padre Faber, de su perseverancia.

Las armonías del  Gloria in excelsis  inundaron el cielo y la tierra, pero esa noche, fue solo escuchada sólo por las almas que vivían en el desapego del mundo y el amor de Dios. Entre éstos estaban los pastores de Belén.

No pertenecían al círculo de los ricos y poderosos, en las vigilias de la soledad y de la noche alrededor de sus rebaños, conservaron la fe original, eran hombres sencillos, abiertos a las maravillas y no se sorprendieron de la aparición del ángel, que resplandecía sobre ellos envuelto en una luz divina  diciendo: “Escuchad os anuncio una gran alegría que es para todo el pueblo: Os ha nacido hoy un Salvador, que es el Cristo Señor, en la ciudad de David. Esto tendréis por señal: encontraréis al Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Lc  2, 11-12.

Los Pastores obedientemente siguieron las instrucciones del Ángel y fueron conducidos hasta la cueva, donde encontraron al bebé en el pesebre, con María y San José, “Invenerunt Mariam, et Joseph et Infantem positum en praesepio” (Lc  2, 16). Tenían la gracia de ser los primeros, después de María y José, en ofrecer en la tierra, un acto de adoración al Niño de Belén.

Adorándolo, entendieron que en su aparente fragilidad, él era el Mesías prometido, el Rey del universo. La Navidad es la primera declaración de la Realeza de Cristo y el pesebre es su trono. El pesebre fue también el cofre del tesoro de la civilización cristiana que nació y los pastores fueron los primeros profetas. El programa de esta civilización se recogió en las palabras que una multitud de ángeles que al instante se juntó, el ejército celestial, alababa a Dios, diciendo:

“Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.” (Lc  2, 14).

Con gran alegría, los pastores fueron a predicar la buena noticia por todas partes, en los campos y montañas. “Omnes aquí audierunt sunt dirigido” (Lc  2, 18), todos se asombraron, pero no todos se trasladaron al establo de Belén.

Muchos estaban inmersos en sus puestos de trabajo y renunciaron a un esfuerzo que iba a cambiar sus vidas, ahora y en la eternidad. Muchos otros pasaron por la Cueva en esos días, fueron al pesebre, tal vez intrigados y curiosos, pero no entendieron o no pudieron entender, la maravilla del evento.

Sin embargo, el Reinado del Niño Jesús fue reconocido por algunos de los hombres más sabios de la época. Los Reyes Magos de Oriente, eran hombres cuyos ojos estaban absortos en las cosas celestiales, cuando en el cielo se les apareció una estrella. Fue la estrella, para los Magos, lo que el ángel era para los pastores: la voz de Dios que les decía “Ego sum ​​et matutina hermosa estrella” (Apoc.  22, 16).

Los Reyes Magos, como los pastores, correspondieron perfectamente al impulso de la perfección divina.

No fueron los únicos en ver la estrella, y no fueron los únicos que entendieron su significado, pero fueron los únicos que marcharon hacia occidente. Otros tal vez entendieron, pero no quisieron salir de su país, sus casas o sus negocios.

Los pastores estaban cerca, los Reyes Magos lejos de Belén, pero a ellos se aplica el principio de que, aquellos que buscan a Dios con un corazón puro nunca serán abandonados.

Los pastores y los Reyes Magos llevaban regalos de diferente valor, pero ofrecieron el regalo más grande que tenían. Se le dieron al santo Niño, ojos, oídos, boca, corazón, toda su vida; en una palabra se consagraron con sus cuerpos y almas a la Sabiduría encarnada y lo hicieron a través de las manos de María y José, en presencia de toda la corte celestial.

En Esto imitaron la perfecta sumisión a la Voluntad de Dios del Niño Jesús, que, como Verbo encarnado, se ha anonadado en la forma de siervo a la voluntad divina, y luego se dejó llevar, por todos los pueblos, a la muerte de la cruz y la gloria: no ha escogido su pueblo, pero se ha dejado guiar, momento a momento, por la inspiración de la gracia, como escribió un místico del siglo XVII (Jean-Baptiste Saint-Jure,  Vida Gastón de Renty, tr. él. Gloss , Milano 2007, p. 254).

La devoción al Santo Niño es una devoción en la cual se experimenta el abandono radical a Divina Providencia, porque aquel Niño envuelto en pañales, es Dios-hombre que se ha anonadado para hacer la voluntad de su Padre que está en los cielos, sumiso a la voluntad de dos criaturas sobresalientes, a su ves sumisas a Él: la Santísima Virgen María y San José.

La Santa Navidad no es solo el día del extremo abandono a la Divina Providencia, sino también de la extrema confianza en los planes misteriosos de Dios. Y “El día, -escribe San León Magno- en el que el Hijo de Dios vino a destruir la obra el diablo”  (1 Juan 3: 8),  el día en que se ha unido a nosotros y nos ha unido a Él, por lo que el descenso de Dios a los hombres, a la humanidad, nos levanta hasta Dios “(Sermo en Nativitate En Dominios, VII, § 2).

En ese mismo sermón, San León denuncia el escándalo de los que, en su tiempo, (y aún en estos tiempos) en los escalones de la Basílica de San Pedro, mezclan con las oraciones de la Iglesia, invocaciones a las estrellas y la naturaleza: “Que los fieles  -escribe- rechacen este hábito condenable y perverso. Que el honor debido sólo a Dios, no se mezcle más con los ritos de los que rinden culto a las criaturas. La Sagrada Escritura dice:  “Adorarás al Señor tu Dios y solo a Él servirás”. (enero. 1, 3)

¿Cómo no entender la relevancia de estas palabras, mientras que en la fachada de la Basílica de San Pedro están proyectando actuaciones neopaganas, mientras celebran el culto a la naturaleza panteísta? En un “espectáculo de luces y sonidos”

En estas horas oscuras, los fieles católicos seguimos teniendo la misma confianza que tenían los pastores y los Reyes Magos al acercarse a la cuna a contemplar a Jesús. Llega la Navidad, la oscuridad que rodea el mundo se disipa, y los enemigos de Dios están temblando porque ellos saben que la hora de su derrota se avecina.

Por ello odian a la Santa Navidad y esta santa noche, con confianza contemplemos al niño santo que nace y pidámosle que ilumine nuestras mentes en la oscuridad, para calentar nuestros corazones en el frío, para fortalecer nuestras conciencias perdidas en la noche de nuestro tiempo.

Niño Jesús, venga a nos tu reino¡¡¡

Por  Roberto de Mattei

 

Micos en el vaticano

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