Orar por el Prójimo

El canon 1172 del Código de Derecho Canónico declara que a nadie es lícito realizar exorcismo sobre personas posesas, a no ser que el Ordinario del lugar haya concedido licencia peculiar y expresa para ello.
Entre los castigos con los cuales Dios amenazaba al pueblo por su infidelidad, encuentran un amplio espacio las enfermedades (cf. Dt 28, 21-22.27-29.35). El enfermo que implora de Dios la curación confiesa que ha sido justamente castigado por sus pecados (cf. Sal 37[38]; 40[41]; 106[107], 17-21).

La enfermedad, aún teniendo aspectos positivos en cuanto demostración de la fidelidad del justo y medio para compensar la justicia violada por el pecado, y también como ocasión para que el pecador se arrepienta y recorra el camino de la conversión, sigue siendo un mal.
La victoria mesiánica sobre la enfermedad, así como sobre otros sufrimientos humanos, no se da solamente a través de su eliminación por medio de curaciones portentosas, sino también por medio del sufrimiento voluntario e inocente de Cristo en su pasión y dando a cada hombre la posibilidad de asociarse a ella.
1. El exorcismo sólo lo puede realizar el sacerdote con permiso expreso del ordinario del lugar.
2. Los laicos al hacer oraciones de liberación sólo pueden dirigirse a Dios, no al demonio, ni para preguntarle, ni para ordenarle que salga.
En los grupos de oración no se debe orar para expulsar al demonio, salvo que haya alguien debidamente autorizado para orientar la oración.
De todas maneras es necesario observar que, mientras el obispo del lugar no disponga otra cosa, los laicos pueden hacer oración de liberación. Es decir, pueden en sus grupos pedir a Dios que les libere de toda tentación, acción e influencia del demonio. Y eso lo pueden pedir respecto a la diócesis, respecto a una comunidad en concreto o respecto a una persona individual.
No existe un ritual para hacer oración de liberación. En la oración de liberación se pide a Dios que libere a alguien (o un lugar) de la influencia que allí pueda haber del maligno, se pueden leer salmos, cantar cánticos religiosos, rezar el rosario, cuando se reza por una persona presente, la persona siente molestias físicas, ganas de vomitar, opresión sobre la cabeza, etc, los fieles cristianos tienen perfecto derecho a orar a Dios para que libere a sus hermanos de toda atadura del mal, pero dada la complejidad del tema y lo delicado que es, se pide que haya una persona autorizada.
Obsérvese quienes imponían las manos en el Antiguo Testamento: sólo los sacerdotes y los profetas. ¿Por qué? Porque imponer las manos es signo de ejercer un poder que se tiene. Alzar las manos hacia Dios es signo de pedir a Él. Imponer las manos, es símbolo de ejercer un poder. El mismo gesto es elocuente, es poner encima las manos como si de éstas saliera un poder. Imponer las manos siempre ha sido considerado como un gesto eminentemente sacerdotal. Por eso desaconsejo el que los laicos impongan las manos.
Suelo aconsejar que sea toda la comunidad la que imponga las manos, y no sólo una persona, para evitar así protagonismos. Todos desde su sitio pueden extender la mano hacia la persona por la que se va a orar, o bien pueden formar un círculo alrededor de ella, pues lo que sana no es la mano, sino la oración dirigida a Dios.
Los laicos piden a Dios que bendiga, pero ellos mismos no bendicen. Los que han recibido el orden sacerdotal sí que hacen el gesto de la cruz, pues transmiten la bendición en razón del poder que han recibido en el sacramento del orden.
Al murmurador hay que echarlo de cualquier grupo de oración.

Libro: Un Dios Misterioso / 2013

Padre Fortea

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