Porque creo que Jesús es Dios?

carl bloch Resurreccion

Porque es el Único que alimenta con cinco panes y dos peces a una multitud de aproximadamente quince mil personas (cinco mil hombres sin contar mujeres y niños); Porque Resucito varios muertos entre otros a Lázaro y lo más importante por su propia Resurrección.

Jesús con sus actos demostró la penetración que tenía de los pensamientos secretos del corazón de los hombres. En innumerables casos en los que hizo milagros y en otros con los que consiguió un milagro aun mayor, el de la conversión de pecadores públicos.

Estos actos se siguen repitiendo a lo largo de los siglos y todos de una u otra forma seguimos sintiendo el llamado de Dios, y se siguen dando conversiones radicales de los cuales la historia esta llena de testimonios.

Algunos auto proclamados “profetas” han llamado a la exclusión de los demás como el caso de Buda, que se encerró, para no ser testigo de la miseria humana y algunos otros han condenado a muerte a quienes no les siguen ciegamente, como Mohamed que llama a matar a los “infieles” constituyéndose en infiel el que no apruebe TODO lo que Él mismo proclamó como palabra de Dios, lo interesante es que TODOS los autoproclamados profetas, han muerto han sido enterrados o cremados y se conoce el lugar donde reposan sus restos, algunos de los cuales son idolatrados, como un diente de Buda.

Por el contrario cristo muere en medio de 800.000 peregrinos que lo vieron en cualquiera de los pasos de su martirio y luego esos mismos testigos lo vieron vivo haciendo milagros, es decir que resucito y luego lo vieron multitudes ascendiendo al cielo, sus palabras son de vida no de muerte y su mensaje es directo e individual de bien y paz para todos los que lo quieran escuchar.
Jesus no es ni un mito, ni una idea abstracta cualquiera; Es un hombre que vivió en un contexto concreto y que murió después de haber llevado su propia existencia dentro de la evolución de la historia. La investigación histórica sobre Él es, pues, una exigencia de la fe cristiana.

La carta de Lentulo a Octavio (Cesar, Emperador Romano) es un documento fidedigno, de los pocos que habla de Jesús, Publio Léntulo, gobernador de Judea,(Prefecto Romano) fue el antecesor de Poncio Pilatos, la carta esta escrita en latín y se conserva en Roma.

“Tengo entendido, oh, César! (…), hay por aquí un hombre que practica grandes virtudes, y se llama Jesucristo, a quien las gentes tienen por un gran Profeta y sus discípulos dicen que es el Hijo de Dios. (…).
“Todos los días se oyen cosas maravillosas de este Cristo; resucita a los muertos y sana a los enfermos con una sola palabra. Es un hombre de buena estatura, hermoso rostro y tanta majestad brilla en su persona que, cuantos le miran, se ven obligados a amarlo. Sus cabellos son de color de avellana no madura, extendidos hasta las orejas y, sobre las espaldas, son del color de la tierra, pero muy resplandecientes. La nariz y los labios no pueden ser tachados de defecto alguno: la barba es espesa y semejante al cabello, algo corta y partida por en medio. (…)
“Tiene los ojos como los rayos del sol, y nadie puede mirarle fijamente al rostro por el resplandor que despide. (…). Tiene las manos y los brazos muy bellos. Su conversación agrada mucho, pero se le ve muy poco y, cuando se presenta, es modestísimo en su aspecto; en fin, es el hombre más bello que se puede ver e imaginar; muy parecido a su madre, que es la mujer más hermosa que se ha visto por estas tierras. Si Vuestra Majestad, ¡Oh César!, desea verlo, como me escribiste en cartas anteriores, dímelo, que no faltará ocasión para enviarlo. En letras asombra a toda la ciudad de Jerusalén. Él nunca. ha estudiado, pero sabe todas las ciencias. Muchos se ríen al verlo, pero en su presencia callan y tiemblan. Dicen que jamás se ha visto ni oído a hombre semejante. (…). Algunos se me quejan de que es contrario a V. Majestad. Me veo molestado por estos malignos hebreos.( …).
“En Jerusalén, (…) séptima, luna undécima.”

Dice el catecismo que: “La Encarnación del Hijo de Dios «no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano. Se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre» (Catecismo, 464)
En el siglo I algunos cristianos de origen judío, los ebionitas, consideraron a Cristo como un simple hombre, aunque muy santo. En el siglo II surge el adopcionismo, que sostenía que Jesús era hijo adoptivo de Dios; Jesús sólo sería un hombre en quien habita la fuerza de Dios; para ellos, Dios era una sola persona. Esta herejía, fue condenada en el 190 por el papa San Víctor, por el Concilio de Antioquía del 268, por el Concilio I de Constantinopla y por el Sínodo Romano del 382. La herejía arriana, al negar la divinidad del Verbo, negaba también que Jesucristo fuera Dios. Arrio fue condenado por el Concilio I de Nicea, en el año 325.

Nestorio, patriarca de Constantinopla, utilizaba un lenguaje en el que daba a entender que en Cristo hay dos sujetos: el sujeto divino y el sujeto humano, unidos entre sí por un vínculo moral, pero no físicamente. Frente a esta herejía, San Cirilo de Alejandría y el Concilio de Éfeso del 431 recordaron que «la humanidad de Cristo no tiene más sujeto que la persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido y hecho suya desde su concepción… Por eso el Concilio de Éfeso proclamó en el año 431 que María llegó a ser con toda verdad Madre de Dios mediante la concepción humana del Hijo de Dios en su seno» (Catecismo, 466; cfr. DS 250 y 251).

Otra prueba es la costumbre de representar a Cristo, en frescos, iconos, bajorrelieves, etc.

Al respecto San Juan Damasceno acota que es la misma Encarnación la que ha circunscrito al Verbo incircunscribible.
«Como el Verbo se hizo carne asumiendo una verdadera humanidad, el cuerpo de Cristo es limitado (…) Por eso se puede “pintar” la faz humana de Jesús (Ga 3, 2)» (Catecismo, 476). En el II Concilio ecuménico de Nicea, del año 787, «la Iglesia reconoció que es legítima su representación en imágenes sagradas» (Catecismo, 476). Es decir que la tradición “sabe” como es Dios porque le ha visto y lo que ha visto es el rostro de Jesús, por lo tanto Jesús es Dios.

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