Reflexiones Semana Santa: Mistica Ciudad de Dios

Sor Maria de Jesus de Agreda: Mistica Ciudad de Dios

Lucifer con sus demonios intentaron desviarse de Cristo nuestro Salvador y arrojarse al infierno, luego que Su Majestad recibió la cruz sobre sus
sagrados hombros, porque en aquel punto sintieron contra sí el poder divino, que con mayor fuerza los comenzaba a
oprimir. Con este nuevo tormento reconocieron, permitiéndolo así el Señor, que les amenazaba gran ruina con la
muerte de aquel Hombre inocente que ellos habían maquinado, y que no era puro hombre. Y deseaban retirarse y no
asistir más a los judíos y ministros de justicia, como lo habían hecho hasta aquella hora. Pero el poder divino los
detuvo y encadenó como a dragones ferocísimos, compeliéndolos, por medio del imperio de María santísima, para que
no huyesen, sino que fuesen siguiendo a Cristo hasta el Calvario. El extremo de esta cadena se le dio a la gran Reina,
para que con las virtudes de su Hijo santísimo los sujetase y argollase y, aunque muchas veces forcejaban
intentando la fuga y despedazándose de furor, no pudieron vencer la fuerza con que la divina Señora los detenía y
obligaba a llegar al Calvario y rodearse a la Cruz, donde les mandó estuviesen inmóviles hasta el fin de tan altos
misterios como allí se obraban, de remedio para los hombres y ruina para los demonios.
1415. Con este imperio estuvo Lucifer con sus cuadrillas infernales tan oprimidos de la pena y temor que sentían con
la presencia de Cristo nuestro Señor y su Madre santísima y de lo que les amenazaba, que les fuera alivio arrojarse en
las tinieblas del infierno. Y como no les era permitido, se pegaban y revolcaban unos con otros como un hormiguero
alterado y como sabandijas que temerosas se procuran esconder en algún abrigo, aunque el furor rabioso que padecían
no era de animales, sino de demonios más crueles que dragones. Allí se vio de todo punto humillado el soberbio
orgullo de Lucifer y desvanecidos sus pensamientos altivos de levantar su silla sobre las estrellas del cielo (Is 14, 13) y
beberse las aguas puras del Río Jordán (Job 40, 18). ¡Qué desvalido y debilitado estaba el que en tantas ocasiones
presumió trasegar a todo el orbe!, ¡qué abatido y confuso el que a tantas almas ha engañado con promesas falsas o
amenazas!, ¡qué turbado estaba el infeliz Amán a la vista del patíbulo donde procuró poner a su enemigo Mardoqueo!,
¡qué ignominia recibió cuando vio a la verdadera Ester María santísima, que pedía el rescate de su pueblo y al traidor
le derribasen de su antigua grandeza y castigasen con la pena de su gran soberbia! Allí le oprimió y degolló nuestra
invencible Judit, allí le quebrantó su altiva cerviz. Desde hoy conoceré ¡oh Lucifer! que tu soberbia y arrogancia es
más que tus fuerzas, en vez de resplandores te visten ya gusanos, ya tu cadáver le consume y rodea la carcoma. Tú, que
vulnerabas a las gentes, estás herido más que todas, atado y oprimido, ya no temeré tus fingidas amenazas, no
escucharé tus dolos, porque te veo rendido, debilitado y sin poder alguno (Is 16, 6; Jer 48, 29).


1416. Ya era el tiempo de que esta antigua serpiente fuese vencida por el Maestro de la vida. Y porque había de ser con el desengaño y no le había de valer a este venenoso áspid taparse los oídos (Sal 57, 5) al encantador, comenzó el Señor
a hablar en la Cruz las siete palabras dando permiso a Lucifer y a sus demonios para que oyéndolas entendiesen los
misterios que encerraban; porque con esta inteligencia quería Su Majestad triunfar de ellos, del pecado y de la muerte,
y despojarlos de la tiranía con que tenían sujeto a todo el linaje humano. Pronunció Su Majestad la primera palabra:
Padre, perdónalos, que no saben lo que hacen (Lc 23, 34). En estas razones conocieron los príncipes de las tinieblas
con certeza que Cristo nuestro Señor hablaba con el Eterno Padre y que era su Hijo natural y verdadero Dios con Él y
con el Espíritu Santo y divino; y que en su humanidad santísima de perfecto hombre unida a la divinidad admitía la
muerte de su propia voluntad para redimir a todo el linaje humano, y que por sus merecimientos de infinito valor
ofrecía el perdón general de todos los pecados a los hijos de Adán que se valieran de su redención y la aplicaran para
su remedio sin exceptuar a los mismos reos que le crucificaban; De este desengaño concibieron tanta ira y despecho
Lucifer y sus demonios, que al punto se quisieron lanzar impetuosamente en el profundo del infierno y forcejaban con
todas sus fuerzas para hacerlo, pero la poderosa Reina los detenía.

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