Sangre de Cristo

Jesus Flagelado por nuestros pecadosLa religión, el sacrificio y la efusión de sangre.

En la conciencia del hombre desgraciado quedó el recuerdo de su felicidad paradisiaca y la amargura de su deslealtad para con el Creador; si en la sangre está la vida —que manchó el pecado—, extirpar la vida, sería borrar el pecado.
El sacrificio es la ofrenda a Dios, de algo útil al hombre, que se destruye en reconocimiento del supremo dominio del Señor sobre todas las cosas como expiación.

Lo hace Abel, a la salida del paraíso Gen. 4, 4
Noé, al abandonar el arca Gen. 8, 20-21.
Abraham, a quien Dios había pedido como sacrificio a su propio hijo. Gen. 15, 10.
Moisés emplea sangre para salvar a los hijos de Israel en Egipto Ex. 12, 13, para adorar a Dios en el desierto Ex. 14, 6 y para purificar a los israelitas Heb. 9, 22.

Así que la sangre es, no solo para el pueblo elegido, sino para todos los pueblos, símbolo de reconciliación con el creador, pero los paganos y los pueblos idólatras ofrecían a los dioses falsos, la sangre caliente de víctimas humanas. Niños, doncellas y hombres fueron inmolados.

Como pueblo elegido, no podían derramar su propia sangre ni la de sus hermanos, como sustituto tomaron la vida de los animales, especialmente la de aquellos que le prestaban mayor utilidad, y los colocaron sobre los altares, sacrificándolos en adoración y en acción de gracias, para impetrar los dones celestes y para que le fueran perdonados los pecados; estos sacrificios ofrecidos por un pueblo que honraba a Dios con los labios, pero cuyo corazón estaba lejos de Él, molestaban a Dios. Mt. 15, 8.

“¡Si todo es mío! ¿Por qué me ofrecéis inútilmente la sangre de animales, si me pertenecen todos los de las selvas? No ofrezcáis más sacrificios en vano” Is. 1, 11-13; 40, 16; Sal. 49, 10.

Para reconciliar al mundo con Dios se necesitaba sangre limpia, incontaminada; sangre humana, porque era el hombre el que había ofendido a Dios; pero sangre de un valor tal que pudiera aceptarla Dios como precio de la redención y de la paz; sangre representativa y sustitutiva de la de todos los hombres, porque todos estaban enemistados con Dios.

¡Ninguna sangre bastaba, pues, sino la de Cristo, Hijo de Dios!

“Sacrificio y ofrenda no quisiste, pero me diste un cuerpo a propósito; holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron; entonces dije: Heme aquí presente” Heb. 10, 5-7.

Y ofreciendo su sacrificio, con una sola oblación, la del Calvario, perfeccionó para siempre a los santificados Heb. 10, 12-14.

La reconciliación estaba hecha por medio de Jesucristo; Dios y el hombre habían sido puestos cerca por la Sangre de Cristo Jesús. Todo había sido reconciliado en el cielo y en la tierra por la Sangre de la Cruz 2 Cor. 5, 18-19; Efes. 2, 16; Col. 1, 20.

La religión, con la que Dios ha querido ser honrado a lo largo de los siglos está basada en un pacto, que regula las relaciones entre Dios y el hombre; pacto sellado con sangre Gen. 17, 9-10,13; Ex. 24, 3-7,8; Mt. 26, 8; Mc. 14, 24: Lc, 22, 20; 1 Cor. 11, 25.
La Sangre purísima de Jesucristo es la Sangre del Pacto nuevo, del Nuevo Testamento, que debe regular las relaciones de la humanidad con Dios hasta el fin del mundo.

“No os pertenecéis a vosotros mismos. Habéis sido comprados a alto precio. Glorificad, pues, y llevad a Dios en vuestro cuerpo”, advierte San Pablo 1 Cor. 6, 19.20

“Sed. Santos, sed santos en toda vuestra conducta, a semejanza del Santo que os ha llamado a la santidad… Conducíos con temor durante el tiempo de nuestra peregrinación en la tierra, sabiendo que no habéis sido rescatados con el valor de cosas perecederas, el oro o la plata, sino con la preciosa Sangre de Cristo, que es como de Cordero incontaminado e inmaculado” 1 Pe. 1, 15-18.

‘Esta copa es la Alianza Nueva sellada con mi sangre, que va a ser derramada por ustedes”. Lc. 22, 19-20.

“El Don de Dios le ha sido confiado a la Iglesia… Porque donde está la Iglesia, allí está también el Espíritu de Dios, y donde está el Espíritu de Dios allí está también la Iglesia. No participan de él los que no se alimentan a los pechos de su Madre para la vida y no beben en la fuente purísima que brota del cuerpo de Cristo sino que se excavan ‘cisternas agrietadas’ y, haciéndose fosas en la tierra, beben el agua putrefacta de los pantanos” (1 IRENEO, Contra las herejías, III, 24,2.)

http://www.mercaba.org/SANTORAL/Vida/07/07-01_Preciosa_sangre.htm

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