Santa Juana de Arco

Muchos empleados de la corte del rey tenían celos de que ella llegara a ser demasiado importante y empezaron a hacerle la guerra.

Faltaba algo muy importante en aquella guerra nacional: conquistar a París, la capital, que estaba en poder del enemigo. Y hacia allá se dirigió Juana con sus valientes. Pero el rey Carlos VII, por envidias y por componendas con los enemigos, le retiró sus tropas y Juana fue herida en la batalla y hecha prisionera por los Borgoñones.

Los franceses la habían abandonado, pero los ingleses estaban supremamente interesados en tenerla en la cárcel, y así pagaron más de mil monedas de oro a los duques de Borgoña para que se la entregaran y la sentenciaron a cadena perpetua.

Los ingleses la hicieron sufrir muchísimo en la cárcel. Las humillaciones y los insultos eran todos los días y a todas horas, hasta el punto que Juana llegó a exclamar: “Esta cárcel ha sido para mí un martirio tan cruel, como nunca me había imaginado que pudiera serlo”. Pero seguía rezando con fe y proclamando que sí había oído las voces del cielo y que la campaña que había hecho por salvar a su patria, había sido por voluntad de Dios.

En ese tiempo estaba muy de moda acusar de brujería a toda mujer que uno quisiera hacer desaparecer. Y así fue que los enemigos acusaron a Juana de brujería, diciendo que las victorias que había obtenido era porque les había hecho brujerías a los ingleses para poderlos derrotar. Ella apeló al Sumo Pontífice, pidiéndole que fuera el Papa de Roma el que la juzgara, pero nadie quiso llevarle al Santo Padre esta noticia, y el tribunal estuvo compuesto exclusivamente por enemigos de la santa. Y aunque Juana declaró muchas veces que nunca había empleado brujerías y que era totalmente creyente y buena católica, sin embargo la sentenciaron a la más terrible de las muertes de ese entonces: ser quemada viva.

Encendieron una gran hoguera y la amarraron a un poste y la quemaron lentamente. Murió rezando y su mayor consuelo era mirar el crucifijo que un religioso le presentaba y encomendarse a Nuestro Señor. Invocaba al Arcángel San Miguel, al cual siempre le había tenido gran devoción y pronunciando por tres veces el nombre de Jesús, entregó su espíritu. Era el 29 de mayo del año 1431. Tenía apenas 19 años. Varios volvieron a sus casas diciendo: “Hoy hemos quemado a una santa”. 23 años después su madre y sus hermanos pidieron que se reabriera otra vez aquel juicio que se había hecho contra ella. Y el Papa Calixto III nombró una comisión de juristas, los cuales declararon que la sentencia de Juana fue una injusticia. El rey de Francia la declaró inocente y el Papa Benedicto XV la proclamó santa.

¿Por qué un proceso eclesiástico contra Juana de Arco?

— Por necesidad política. Si se conseguía demostrar que Juana era una bruja, o una hereje, la consagración del rey Carlos celebrada en la Catedral de Reims perdía su sentido sagrado. Asi que un Verdadero “pirata” pagado por los ingleses y nombrado por ellos hizo la parodia de un juicio.

Y al mismo tiempo se derrumbaba la consideración que los franceses tenían de su nuevo rey.

Pero este proceso, en el que participaron seis profesores universitarios parisinos que desempeñarán un papel muy activo, prelados procedentes de Normandía e Inglaterra, canónigos de Rouen y abogados del tribunal eclesiástico, obtuvo en realidad un resultado diametralmente opuesto.(En aquel tiempo todos estos sitios eran posesion de los Ingleses)

— ¿Cuál?

— El de entregarnos las actas de una especie de proceso de santidad.

El obispo Cauchon tuvo que pensar que iba a ser fácil, para un tribunal formado por universitarios de alto nivel, expertos en teología, en derecho civil y en derecho canónico, hacer que una joven campesina se confundiera e hiciera afirmaciones heréticas o hacerla caer en contradicción consigo misma o con la Iglesia. Los Ingleses no podían condenarla a muerte por haberlos derrotado, pero podían sentenciarla como una bruja o una hereje. Por otra parte, ellos tenían entre sus manos una herramienta lista en Pierre Cauchon, el Obispo de Beauvais. Pago por ellos.

En cambio, sucedió lo contrario. Y ahora las actas de aquel proceso son algo precioso.

En un momento determinado exclama: “Vosotros no sois la Iglesia”.

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